Hace falta una revolución educativa

Los egresados de las universidades temen enfrentarse al mundo laboral; se sienten incapaces de ejercer su profesión, debido a que sus profesores no los prepararon para un mercado competente.

28 DE SEPTIEMBRE

El término educación proviene del latín educere o educare, que significa sacar lo que está adentro; esto es desarrollar las habilidades propias del individuo. Por otra parte, la palabra formación es moldear a alguien como se cree que esa persona debe ser, según el pedagogo Pablo Lipnizky. Esta última no brinda la opción de analizar y cuestionar lo que sucede en el mundo. Esta acción es contraria a la naturaleza del ser humano, porque somos seres racionales, cualidad que nos distingue de las plantas y animales.

Lo anterior me conduce a una interrogante: ¿el sistema educativo actual educa o forma? La respuesta es sencilla: forma.

Soy estudiante universitario y he sido testigo de las críticas que hacen mis compañeros al sistema. Una de ellas es que los contenidos temáticos están enfocados en el qué y no en el cómo. El resultado de esta enseñanza es el miedo que acompaña a un egresado cuando se enfrenta al mundo laboral; se siente incapaz de ejercer su profesión, ya sea porque durante su vida universitaria se dedicó a la vagancia o en este caso los catedráticos solo repitieron los textos de memoria, sin encomendar una vivencia práctica lo más cercana posible a la realidad que nos tenemos que enfrentar en un mercado laboral competente.

Mucho se habla de educación y de su importancia, pero poco de sus fallas. Incluso se hace alusión a la frase de Nelson Mandela: “La educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo”. Los gobiernos se comprometen a brindar una educación de calidad. Pero, ¿realmente la están dando? ¿Qué es educación de calidad? ¿Cuál es el objetivo de educar?

Según el documental La educación prohibida, algunas de las faltas del sistema actual son las siguientes:

1. Se educa para la competencia, no para la paz: las leyes de la docencia hablan de desarrollo humano, libertad, paz e igualdad, pero se promueve todo lo contrario: el individualismo, el condicionamiento, la rivalidad, la discriminación, el materialismo y la violencia emocional. La competencia divide entre ganadores y perdedores, lo que genera un conflicto cognitivo. Por ello, se constituye como el principio de cualquier guerra.

2. Un sistema de evaluación cuantitativo. Según el experto en educación, Roger Schank, “el objetivo de la educación no deberían ser las notas de los exámenes, sino la felicidad, que proviene de una vida emocionante, que incorpora habilidades laborales, capacidad de razonamiento, capacidades personales…” La evaluación actual compara al sujeto y sus aprendizajes con una escala estandarizada que son las calificaciones, convirtiendo a la persona en números y estadísticas. El sistema deshumaniza.

3. Un aprendizaje de memoria: aprender es un proceso, en el que se crean relaciones entre la persona y su entorno. Por ello, el aprendizaje debe estar fundado en la curiosidad, el interés y la voluntad. Aristóteles dijo: “lo que tenemos que aprender, lo aprendemos haciendo”.

Estas y otras más son las fallas del sistema. El siglo XXI nos invita a redefinirlo, nos reta a transformarlo ¿Para quién es el llamado? Para todos. El estudiante no fracasa, es el sistema, porque la escuela de hoy es una concepción de cómo se creó a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX en Prusia, pensada en una fábrica de ciudadanos obedientes, consumistas y eficaces.

Los objetivos educativos de esta era de la tecnología de la información y la comunicación nos llaman. “Los humanos nos comunicamos y aprendemos a través de historias. Se trata de aprender de la experiencia, del conocimiento compartido…”, según Schank.

Hagamos de la educación una aventura, para que ir a la universidad o escuelas no sea aburrido, sino una oportunidad para encontrarse consigo mismo y el mundo del conocimiento. Para que esto suceda, debemos iniciar con una revolución. “¡Bienvenidos!”

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