Bolillo, ¡bienvenido a Panamá¡

La Federación Panameña de Fútbol (Fepafut) eligió como director técnico de la selección nacional a Hernán Darío Bolillo Gómez y eso quiere decir que busca a un guía en el proceso actual de recambio generacional de futbolistas. Y esta es la especialidad de Bolillo, quien tiene el plus extra de saber clasificar a una selección a un Mundial. Tenemos la impresión de que fue Bolillo el responsable de armar al mejor combinado colombiano de todos los tiempos, hace 26 años, para la Copa América de Argentina, y de ensamblar al gran Atlético Nacional campeón de la Copa Libertadores.

El técnico titular de ambos equipos era Francisco Maturana, pero detrás de su serenidad quirúrgica estaba siempre el Bolillo con su temperamento para domar purasangres, con su ojo para detectar diamantes y con ese don que muy pocos estrategas tienen y que es el de ir formando equipos con resultados a favor.

El tipo tiene su carácter frentero, no traga entero, pero es un hombre noble, leal a la causa y defiende a sus jugadores. Recordamos la vez de Faustino Asprilla y su renuncia a la selección Colombia en el Mundial de Francia 1998, en un impasse semejante al de Daniel Pasarella cuando abandonó a Argentina en el Mundial de México. Ante semejante desplante, repentino, de la figura del equipo colombiano, Bolillo guardó silencio.

El reto en Panamá consiste en recuperar la moral combativa tras la eliminación del Mundial de Brasil. Tratar de estirar la vida útil de Blas Pérez y de los otros compañeros que ya superaron los 30 y tantos años. Incluir a los nuevos talentos, entre ellos a Richard Rodríguez del SanFra. Ganar la Copa Oro. Y una meta subjetiva, la más difícil: aportar para que la fanaticada deje a un lado el rollito ese del Barça–Madrid y el cuentico de las ligas europeas, para concentrarse en la selección y el fútbol nacional.

Alberto León, hombre de radio y de fútbol, me describió hace unas semanas al técnico ideal mientras nos tomábamos un café veranero en el Minimax de la vía España. Según León, debía ser alguien de temperamento, cercano a los 60, sin arrogancias, porque acá hay estadios a medias y hasta hace poco los futbolistas se ganaban la vida con un taxi. ¿Una persona de barrio?, le pregunté yo. Más que eso, una persona sabia, un padre, contestó.

Sin saberlo ni él ni yo, estábamos hablando del Bolillo Gómez.

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