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Carta al maestro

El deporte oficial de Panamá se llama béisbol. Este deporte continúa en su pedestal, pese a la andanada de los últimos 25 años orquestada por los organizadores de la Liga Panameña de Fútbol con el apoyo millonario de los patrocinadores, el empoderamiento de los clubes y la propagación virulenta del deporte rey en los medios de comunicación. Y así y todo el béisbol sigue invicto.

El periodista Campo Elías Estrada intenta desde la nostalgia trazar un paralelo de cómo se hizo fanático del Deportivo Cali (Colombia), para decir que su amor por ese equipo es superior al que siente por la selección Colombia. “He vivido primero con mi club y luego he gozado con la selección”, escribió.

Campo, con todo respeto mi querido Campo, esos argumentos suyos carecen de plena validez en Panamá, donde la supremacía le pertenece al béisbol. Y no se trata esta de una descalificación de Estrada, maestro a quien la FIFA y el periodismo le reconocen su opinión y su trayectoria de décadas. Acá admiramos su manera de formular críticas elegantes.

Pero es que el intento del periodista es infructuoso, vano, pues fuerzas poderosas blindan al béisbol. La liga de este deporte se juega durante el verano, y tal vez existan pocos placeres semejantes al de asistir a una cita deportiva en una tarde soleada o en una noche de estrellas. El calor que se calma con una cerveza helada, el hot dog acompañado con una soda repleta de hielo, los niños en las tribunas sin temor a un resfriado. En cambio, buena parte de las dos liguillas de la Anaprof se juegan bajo la lluvia, en estadios bien acondicionados, pero todavía desprovistos de techos sobre las graderías, sin transporte público dispuesto a llevar y traer a los hinchas, y en fin, una serie de señales de un torneo que en otro país equivaldría a una segunda división.

El panameño es un ganador nato y a la larga siempre impone sus condiciones. Así logró el dominio absoluto del Canal, sacó a los estadounidenses, se pelea con la OCDE, posicionó a Copa y al Centro Bancario. Es extraña la decisión de hacerse fanático del Real Madrid o del Barcelona. Quizás para evitar la fatiga de amar al equipo por sobre todas las cosas; tal vez para tener un motivo extra de tantos para destapar una cerveza. Nadie sabe explicar por qué el país se dividió entre el Madrid y el Barça, como si Panamá fuera un islote español al otro lado del Atlántico. Entonces, apreciar a Messi o a Ronaldo y al rato ver a los jugadores de la Anaprof, pues es casi como salir a comerse un helado en compañía de Justin Pacek y más tarde ir a cenar con La Charlotte.

Y por último, mi querido Campo, usted se hizo fanático del Cali cuando este era el club imbatible del rentado colombiano en los años de 1970, y el campeonato de ese país llevaba 30 años. Y con esto no le decimos viejo a Campo ni nada por el estilo. Pero sucede que en la adolescencia suelen asumirse decisiones que marcan para siempre: la religión, la sexualidad, el partido político y el equipo de fútbol. La liga panameña solo tiene 25 años, acaba de hacerse adulta y hasta ahora cosecha sus fanáticos. Lamentos para después.

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