Una ciudad desolada

El movimiento de autos en Calle 50 era casi nulo durante el juego. El movimiento de autos en Calle 50 era casi nulo durante el juego.
El movimiento de autos en Calle 50 era casi nulo durante el juego.

Es un placer solo posible cada ocho años. Según la frecuencia de la selección de Panamá en la final de la Copa de Oro, hasta el momento en dos oportunidades, en 2005 y en la tarde de ayer, quienes detesten el fútbol se pueden dar el lujo de salir por las calles capitalinas y recorrer su silencio sin tranques, para disfrutar de una ciudad fantasma a la que nadie presta atención.

El equipo nacional jugaba en Chicago, y la vía Veneto tan solo era una calle mansa, casi apropiada para menores de 18 años. Escasas eran las mujeres de ropa reducida y carnes suculentas, pocos los centinelas de ellas y cliente a la vista.

La Calle 50 tenía un aspecto solitario, un tanto lúgubre y se podía recorrer en siete minutos contados a partir de las oficinas de KPMG hasta las instalaciones de la BMW.

Nada que ver con esa otra vía congestionada en la que palpitan los hoteles y empresas afines a la industria financiera, donde se toman decisiones atinentes a los 90 mil y tantos millones de dólares que pertenecen al sector bancario. El recorrido suele durar más de una hora.

La vía España, por fin, estaba sin grúas o camiones polvorientos. Incluso una adolescente tomaba clases de conducción en un Kia Cerato, con su abuela de copiloto comiéndose un helado de frutos rojos.

El único ruido fue provocado por el motor de una camioneta Ford Raptor, blanca, que marchaba hacia la Caja de Ahorros.

Por la vía Brasil circulaban tan pocos carros y había tan pocas personas, ninguna mejor dicho, que fue posible hacer un giro por lo visto indebido, imposible entre semana, a unos cuantos metros de la Transístmica. No había patrullas a la vista.

Camino a la vía Argentina, en la esquina donde forma una L con la vía España, dos fumadores con el suéter de la selección agotaban su cigarro. Apenas si atinaban a escuchar el murmullo de la narración de algún restaurante cercano. Por lo demás, la soledad de un despechado se tomó la vía Argentina.

Se la podía considerar apta para personas con afecciones cardiacas. Un viejito estaba tomando su refresco, sentado en una de las bancas del parque de esa calle considerada mundana y visitada cotidianamente por artistas bohemios y periodistas flemáticos que pasan horas escuchando música tropical.

Un pequeño montaba su bicicleta y su madre yacía en el pasto boca arriba, con los ojos cerrados y los brazos abiertos.

Panamá nada que metía un gol. Estados Unidos menos. Empate a cero. Y el narrador del partido hablaba por la radio de un encuentro cerrado, táctico en extremo, como una mujer posible pero que luce un anillo de compromiso.

El centro comercial Albrook tenía dos lotes enteros de parqueaderos vacíos. De sus tiendas solo salían madres con niños y entraban extranjeros y personas de más de 70 años. Parecía un hogar geriátrico.

El causeway asustaba. El cielo destilaba tinta gris y parecía ideal para una película de Tim Burton. Desde el Figali Convention Center hasta isla Perico, el recorrido tomó nueve minutos en un carro Hyundai. La garita de un hotel cercano carecía de guardia, aspecto grave por la seguridad del sitio, pero comprensible si se tiene en cuenta la nacionalidad del encargado.

Más allá del hotel, sobre un caminito recto, había una pareja “romanceando” a la que en nada le importaba el partido y su empate sin goles.

De vuelta de la isla Perico, después del museo sin fin de la Biodiversidad, había una manifestación en contra de la estatua próxima a erigirse en la calzada de Amador. Bonito día y bonita hora eligieron Alexandra Shelderhub y Celia Moreno y un puñado más de acompañantes para expresar su punto de vista.

En El Chorrillo se aburrían de tedio en las tiendas donde venden pescado frito. Pese a tener su televisor encendido, con el partido en vivo y en directo, dos o máximo tres personas comían mojarra acompañada de una cerveza. Sobraban las sillas. Los chorrilleros estaban en su casa desesperados con un segundo tiempo sin anotaciones.

La gente estaba en la cinta costera. Pero tampoco tanta como para hacer la comparación obvia con los visitantes durante los carnavales. Los adultos caminaban con sus casacas rojas y blancas y delante de ellos los chiquillos a pie, en patines o en bicicleta. Relajados y sonrientes, los agentes de policía mostraban la cara perfecta para una cuña de campaña del Gobierno.

Al final de la cinta costera, antes de llegar a Multicentro, se encontraban las megapantallas de televisión, con cientos de personas angustiadas con el partido.

Estados Unidos marcó el gol, el de la victoria y el del campeonato, y entonces el cielo se desteñía de escarlata pero anunciando un aguacero que al final se quedó en veremos.

Entonces doblamos por la vía Porras para alcanzar la Transístmica, ausente esta vez de autos y conductores neuróticos. Terminó el partido. Subcampeón Panamá.

Felices los borrachos a quienes el presente les importa un comino. Y quién sabe si habrá que esperar otros ocho años para poder disfrutar de unas horas de paz en la ciudad de la furia.

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