VIVENCIAS DE UN ALPINISTA

En la cumbre del mundo

El 23 de mayo de 2009, Michael Morales se convirtió en apenas el primer panameño en escalar el monte Everest, localizado en Nepal.

A pesar de los pocos metros que separaban a Michael Morales de la cima del monte Everest, su cuerpo lo comenzaba a traicionar. La falta de oxígeno en el fuerte y gélido viento que lo golpeaba lo hizo pensar constantemente en desistir de la empresa para la que se había preparado por casi un año. Además, una infección pulmonar se había convertido en su peor enemigo, y en cada paso que daba, le recordaba su proximidad con la muerte. “Me sentía muy enfermo, y ni siquiera sabía si iba a salir. Al final, me ayudó un amigo sherpa a alistarme y comencé la subida hacia la cumbre. No hubo un solo momento en el que pensé que lo iba lograr”.

El idilio entre Morales y el alpinismo surgió luego que el también empresario viajara hacia el área del Khumbu, Nepal, en donde comenzaría a estudiar y practicar el budismo. Durante su aprendizaje espiritual, Morales entabló buenas relaciones culturales con los sherpas, grupo étnico que habita en la región de los Himalayas.

Su primera experiencia fue en Imja Tse, una montaña al sureste del Everest con una altitud de 6 mil 160 metros sobre el mar. “La primera vez fue terrible. Hay muchas caminatas largas, hay que cuidar el aseo, hay que limpiarse bien, no hay agua potable y hay que comer muy bien”, recuerda Morales. “En mi primera vez me dio una bacteria intestinal que me estaba acabando. Me deshidraté y no podía retener la comida”.

Sin embargo, a pesar del sabor agridulce de aquel primer experimento en las frías montañas nepalíes, Morales se propuso regresar para escalar el monte Everest, una montaña de 8 mil 848 metros de altura.

CUESTIÓN DE EXPERIENCIA

El cansancio, el frío y la enfermedad continuaban mermando el avance de Morales hacia la cima. Cuando llegó a los 8 mil 400 metros, en lo que se denomina como la Zona de la Muerte, el alpinista panameño tomó un pequeño descanso en el área conocida como El Balcón. Allí, recobró fuerzas, y ante la amenaza del clima, decidió seguir antes que empeoraran las condiciones. “Estaba saliendo de El Balcón cuando vi un cuerpo sin vida en el camino. Las dudas sobre llegar volvieron a mi mente”.

Para poder aspirar a escalar la montaña más alta del mundo, se necesita experiencia. “Comencé a escalar en Sudamérica, varios volcanes en Ecuador, incluyendo el Cotopaxi”, señala.

Siendo el Everest una de las siete montañas que forman parte del famoso recorrido alpinista denominado “Las siete cimas”, en la que se deben escalar los puntos más altos de cada continente, Morales necesitaba trabajar en alguna de ellas antes de pensar viajar al gigante de Nepal. Su primera prueba en este circuito: el Aconcagua, en Argentina, el que tiene una altura de 6 mil 962 metros. “Fue muy difícil, mucho viento y mucho frío”.

Su siguiente parada importante fue el monte McKinley, en Alaska, con una altura de 6 mil 196 metros sobre el nivel del mar. “Esta es una buena prueba antes del Everest, ya que es una de las montañas más frías del mundo y tienen condiciones climáticas muy similares”.

“Solo cuando subí el McKinley fue que me sentí listo para el Everest. Esas experiencias son las que realmente te preparan para una montaña como el Everest”, indica el alpinista panameño. “Es importante haber tenido muchos obstáculos para luego poder tener éxito en pruebas más difíciles”.

HACIA EL OBJETIVO

La cima del Everest estaba cada vez más cerca, pero el cuerpo de Morales seguía siendo su principal freno para poder llegar. En esos momentos, comenzó a buscar fuerzas en lugares que nunca pensó. “Como dicen, uno saca inspiración en esos momentos de donde uno menos piensa. Pensé en un panameño, Alexander Chen, que murió en una montaña cerca del Everest, que dio todo lo que tenía y dejó todo allí. Eso me dio fuerza”. Con ese pensamiento, el 23 de mayo de 2009 a las 9:00 a.m., Morales se convirtió en el primer panameño en haber alcanzado la cima del monte Everest.

Tras conquistar la cima del McKinley, en Alaska, Morales envió sus datos a una empresa que organiza expediciones al Everest. Mientras esperaba noticias, comenzó su entrenamiento. Largas corridas y ejercicios con grandes pesos en su espalda se convirtieron en su rutina diaria. “El esfuerzo que uno tiene que hacer es muy importante y uno necesita una capacidad de resistencia muy importante”, explica Morales, quien señala que en una ascensión de este tipo, uno puede cargar hasta 100 libras.

Luego de ser aceptado para una expedición hacia la montaña de Nepal, Morales intensificó sus entrenamientos hasta marzo de 2009, cuando comenzó su jornada hacia el país asiático. Al llegar a Lukla, el cual es el punto más cercano del Valle del Khumbu al que se puede llegar en avión, el panameño, junto con sus compañeros de equipo, a quienes tenía apenas horas de haberlos conocido, comenzaron el camino de lo que sería la aventura de sus vidas.

Morales y su brigada caminaron entre las colinas contiguas a los Himalayas por cuatro días, hasta que llegaron al Valle del Khumbu. Luego de una noche de descanso y recuperación, el grupo volvió a partir, esta vez por casi 10 días hacia el campamento base del Everest, el cual está a una altura de 5 mil 364 metros.

Allí, el equipo de Morales comienza nuevos ejercicios y aprende técnicas de supervivencia a la vez que se aclimata al duro clima. “Uno llega al campamento base y se queda ahí un par de días aclimatándose. Luego comenzamos a entrenar en operativos de precaución sobre el hielo y uno espera que el clima se abra para poder pasar”, dice Morales.

En el campamento, el cual no es más que un terreno de tierra firme en el que todos los equipos de excursión montan sus tiendas, Morales permaneció por cinco días preparándose para iniciar el ascenso hacia el Everest.

EL COMIENZO DE LA TRAVESÍA

En la cima, el sol todavía no alcanzaba su máxima altura. El viento continuaba soplando a la misma intensidad que durante toda la mañana, pero Morales lo sentía más fuerte que nunca. Realizado con haber conseguido su objetivo, el panameño sacó de su abrigo una bandera de Panamá, la que tuvo que guardar rápidamente luego que viera cómo se deshilachaba. Con movimientos lentos, Morales sacó de su maleta una cámara fotográfica, la que tampoco pudo utilizar, ya que presentó daños. “No entendía lo que estaba pasando, ya que a esa altura, uno tiene la atención de un niño de siete años por la falta de oxígeno. Pierdes la capacidad de razonar y resolver temas que son sumamente lógicos”. El cansancio seguía manifestándose. Morales había utilizado toda su energía para subir. Todavía faltaba el descenso.

Cinco días de aclimatación fueron suficientes para el equipo de Morales para decidir que comenzaría su ascenso a la montaña.

El camino del sureste, el cual es el tradicional, requiere de varias medidas de adecuación y trabajo. Hasta llegar a la cima, hay cuatro campamentos (espacios para descansar) a lo largo del recorrido. El primero está a 6 mil 065 metros, el segundo a 6 mil 500 metros, el tercero a 7 mil 470 metros y el cuarto a 7 mil 920 metros. Los integrantes de su equipo, junto con su guía, decidieron hacer tres rotaciones antes de llegar a la cima. Las rotaciones consisten en llegar a un campamento, dormir una o dos noches para que el cuerpo se acostumbre y volver a bajar al campamento base para recuperarse.

“Del base al campamento 1 es un trayecto como de 12 horas de trabajo promedio. Este es el tramo más peligroso de toda la expedición, ya que están las Cascadas del Khumbu, que es donde se juntan todas las avalanchas de las montañas contiguas al Everest”, explica Morales. “Es como un embalse lleno de hielo. Los cubos se mueven entre sí, y para pasar entre uno al otro es mucha distancia y hay que pasar por una escalera. Ahí se reportan muchas muertes, ya que es una cuestión de probabilidades. Solo es esperar que no caiga una avalancha mientras uno cruza”, señala Morales, quien indicó que debido a la mecánica de las rotaciones, tuvo que pasar seis veces por dicha área.

Tras pasar por primera vez por las Cascadas del Khumbu, el equipo de Morales atravesó varias otras grietas en el camino hasta llegar al campamento 1, donde durmieron dos noches. De allí, siguieron por una zona conocida como el Valle del Silencio, en el que tienen que atravesar un gran agujero con una escalera para poder llegar al campamento 2, donde también permanecieron por dos noches para que el cuerpo se aclimatara antes de volver a bajar al campamento base para recargar energías.

Pasando de nuevo por el campamento 1 y el 2, el grupo se dirigió hacia el tercero. Antes, tenía que pasar por la Pared de Lhotse, uno de los puntos más difíciles del recorrido. El ascenso en esta región es bastante complicado, ya que la Pared de Lhotse es un punto casi vertical en el que los escaladores utilizan una soga puesta allí por los sherpas para poder llegar hasta el final de la misma.

Luego de 12 horas de arduo trabajo, Morales llegó al tercer campamento, el que consiste en una pequeña plataforma hecha por los sherpas, y en el que el panameño pasó la noche antes de volver a bajar. “Hay mucho frío allí, ya que es la cara de la montaña y te golpea el viento muy fuerte”.

De vuelta en el campamento base, el equipo decidió bajar aún más, hasta los 4 mil metros, para poder tener un mayor descanso antes de ir hacia la cima de la montaña. En el caso del panameño, mientras varios de sus compañeros se estaban recuperando de infecciones en las vías respiratorias, Morales apenas comenzaba a padecer los síntomas, por lo que su estado llegaría al punto más crítico cerca de la cima de la montaña.

Allí, los alpinistas esperaron recuperarse y también a que se abriera una “ventana” en el clima. “Durante el año, los vientos soplan a 100 kilómetros por hora, y en mayo y junio de cada año se abre un espacio de algunos días de paz en la cumbre”, explicó el panameño.

ESCALADA FINAL

En la cima, el descenso preocupaba la mente de Morales, y es que según las estadísticas, en el monte Everest se registran más muertes bajando que subiendo. El viento seguía golpeando los diminutos rincones de la cara del panameño que no estaban cubiertos por su traje grueso. El agotamiento nubló el razonamiento del alpinista y analizó opciones que no había tomado en cuenta antes de subir. “Uno como escalador conoce que cuando el cuerpo llega a un punto de cansancio y te sientas sobre el hielo, es que ya te rendiste. A esa altura, siempre tienes en la mente no sentarse, porque cuando lo haces, es que ya renunciaste”, explica Morales. “Yo estaba dispuesto a dejarlo todo allí”.

Luego de una semana de descanso, el equipo de Morales regresó al campamento base para realizar su última escalada en la montaña de Nepal. Esta vez, con el cuerpo en un mejor estado, los alpinistas volvieron a atravesar los difíciles tramos que antes habían hecho con temor en un menor tiempo y no fue hasta el campamento 2 cuando se detuvieron a descansar por dos noches. Tras subir la Pared de Lhotse, descansaron una noche en el campamento 3, ahora con tanques de oxígeno para una mejor recuperación, y partieron hacia el campamento 4, el que se encontraba ya en la Zona de la Muerte. Al llegar, los alpinistas volvieron a descansar una noche y se prepararon para el ascenso final.

A pesar del envión que realizó el grupo para llegar hasta el último campamento, las condiciones de Morales empeoraban, y por su mente pasaba la idea de no poder culminar la difícil faena. Además, las condiciones del tiempo conspiraban contra el equipo, y el viento cada vez era más fuerte y más frío.

El último tramo siguió complicándose. Los dos guías tuvieron problemas y tuvieron que regresar al campamento 4. Uno de ellos se fracturó una costilla, mientras que el otro sufrió otro edema pulmonar. Sin embargo, el grupo siguió empujando para llegar a la cima. “Si uno de los guías hubiese quedado en la expedición, nos hubiera regresado por las condiciones. Pero ninguno de nosotros podía tomar esa decisión”, apunta Morales.

Aparte del físico, la mente ahora comenzaba a flaquear. Cuerpos de fallecidos alpinistas que no pudieron ser movidos por la dificultad a esta altura yacían en el recorrido. “Tu pasas y miras a una persona que se ve bien mantenida por el frío y piensas que ese hombre estaba igual de preparado que tú, que tenía las mismas ganas de llegar a la cumbre que tú, y que tenía todas las razones por qué llegar. Y no llegó. Eso comienza jugar con tu mente”, recuerda Morales.

“Tú no sabes si vas a poder lograr bajar. Si dejas todo en la subida, no tienes energía para bajar. Esto siempre se discute entre alpinistas: cuándo eres responsable y cuándo no. Cuándo empujaste demasiado y provocaste un fallecimiento propio o de otro. En tu mente, piensas que no puedes más pero quieres seguir: tengo 50 días en esta montaña y solo me faltan dos horas más, piensas. Subes, y luego no tienes cómo bajar”, afirma el panameño.

DE VUELTA A LA REALIDAD

En la soledad de la cima, Morales había decidido sentarse. El viento seguía recordándole la altura y el frío en la que el panameño tomaría esta difícil decisión. Sin embargo, cuando esta opción parecía la más lógica, un sherpa que también venía en la expedición de Morales subió y cambió las cosas. “Vino un sherpa amigo mío y me pidió que no me sentara. Le contesté que lo iba a hacer para descansar un poco. Él me dijo: si te sientas, yo me siento contigo. Conversamos un rato y retomamos la bajada. Pocas horas después, llegamos al campamento 4”, evoca.

De vuelta en el campamento 4, Morales y el sherpa que lo había convencido de volver a descender ayudaron al resto del equipo que por problemas físicos no había podido subir, y tras un descanso de algunas horas, siguieron bajando hasta la falda de la imponente montaña.

Morales se había convertido en el primer panameño de las 5 mil 100 personas que han llegado a la cima del Everest a lo largo de la historia del alpinismo.

“Subir te da mucha experiencia que aplicas a tu vida, ya que la misma está llena de obstáculos”, afirma Morales. “Es una lucha entre mente y cuerpo. Esta es una forma intensa de aprender estas cosas. No conozco a nadie que haya subido el Everest que sea la misma persona que antes”, agrega. “Quiero regresar. Me gustaría hacerlo otra vez”.

A su regreso a Panamá después de su aventura asiática, Morales ha comenzado a incursionar en otra disciplina de altas dosis físicas: el triatlón. “Los resultados son producto de tu disciplina y tu trabajo. Me gusta la intensidad. Es bonito que no es una competencia con nadie, salvo que seas un atleta de alta categoría, pero la mayoría de los atletas en un triatlón están ahí para saber hasta dónde llega uno mismo”, explica el alpinista. “Me gusta del triatlón que tú le sacas lo que le metes. Uno depende de uno mismo y de su entrenamiento. Si uno quiere llegar a la cima, hay que hacer el esfuerzo”, finalizó.

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