La grandeza de Blas Pérez

Tarde difícil la de Blas Pérez el domingo 14 de julio contra Canadá por la Copa Oro. Goleador máximo de la selección de Panamá, con un peregrinaje por 15 clubes de tres continentes, es algo así como un emisario de los progresos ciertos de nuestro fútbol. Sus días de gloria se redujeron casi a la nada en ese aburrido encuentro frente a los norteamericanos.

El resultado fue un empate a cero y en Pérez una derrota. El delantero se vio reducido a la frustración por haber perdido varias oportunidades de gol, en especial una de cabeza a los 17 minutos, y otra más a los 65, tras un pase de Jairo Jiménez. Y quizás lo más difícil de sobrellevar, casi una pena secreta, fue el haber jugado un encuentro de consolación con una Panamá clasificada de antemano a la siguiente ronda.

El equipo realizó seis cambios respecto de las dos alineaciones anteriores y algunos movimientos tácticos. En la banca se quedó sentado Gabriel Gaby Torres, el goleador de moda, al parecer el relevo esperado por el país.

Profesional a ultranza, tan ejemplar como siempre, pese a los resultados, Blas Pérez corrió a fondo y solitario en ese partido bajo un sol canicular de 30 grados centígrados. El equipo panameño fue un conjunto sin circuitos, a veces torpe y en otras un somnífero. El delantero, en cambio, fue la actitud sobre la gloria acumulada, la lucha con todo por la nada. El marcador revalidaba el presente de Gaby Torres.

En cuartos de final, frente a Cuba, el inteligente y zorro viejo de Julio Dely Valdés decidió compartir el frente de ataque entre Torres y Pérez, tal cual había sucedido en la primera ronda contra Martinica. La sabiduría del técnico panameño fue consolidar un solo ariete con ambos delanteros. Dos goles cada uno, felicitaciones mutuas, pases generosos, marcador final de 6 a 1. Los demás tantos panameños fueron de Carlos Rodríguez y Jairo Jiménez.

Pero el inicio de esa fusión empezó a fraguarse en la humildad de Pérez en el encuentro contra Martinica una vez anotó Torres de penalti el gol de la victoria 1 a 0. Con su sonrisa de frenillos de adolescente fue a festejar delante de la cámara. Detrás de él iba Blas Pérez corriendo con un gesto de alivio que volvió de alegría cuando abrazó a su compañero. Es la cara de la grandeza, porque reconoce la gloria de los otros, fortalece al equipo y gana campeonatos.

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