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El ocaso de un coloso

La vieja infraestructura sirve de dormitorio para el Cabo, un indigente que a veces se pinta de color verde y recorre las inmediaciones.
Así luce actualmente el cuadro de béisbol principal del estadio Juan Demóstenes Arosemena. Así luce actualmente el cuadro de béisbol principal del estadio Juan Demóstenes Arosemena.

Así luce actualmente el cuadro de béisbol principal del estadio Juan Demóstenes Arosemena. Foto por: Ricardo Iturriaga

Parte inferior de la infraestructura principal. Parte inferior de la infraestructura principal.

Parte inferior de la infraestructura principal. Foto por: Ricardo Iturriaga

Al fondo, aficionados al dominó juegan una partida. Al fondo, aficionados al dominó juegan una partida.

Al fondo, aficionados al dominó juegan una partida. Foto por: Ricardo Iturriaga

Boquetes en el cemento.LA Boquetes en el cemento.LA

Boquetes en el cemento.LA Foto por: Ricardo Iturriaga

El Juan Demóstenes Arosemena murió hace años. De un santuario donde se respiraba béisbol pasó a ser un lugar sometido al aroma de la orina de perros, ratas y gente. Hay basura, muchos herbazales, y también culebras.

Su resurrección depende de la voluntad política de quienes gobiernan el país. Tan solo se necesita una firma que apruebe $12 millones para que lo derriben y construyan una versión mejorada de sí en el mismo lugar. Atrás ya quedó el Coloso de Cabo Verde, construido en 1938 y que costó menos de medio millón de dólares.

Atrás también quedó su majestuosidad, declarada en 2004 como monumento histórico. Ahora da miedo, pues su fachada simula una casa embrujada que socorre a indigentes por las noches. Es común erizarse antes de entrar al estadio, como si fuera una advertencia de que algo malo puede pasar.

ELIGIO Y EL CABO

Con razón decía Eligio Cedeño Chong que ha visto ratas, perros y culebras que se pasean por el coliseo que pisó en una ocasión Derek Jeter, donde probaron a Mariano Rivera y se coronaron por muchos años los metropolitanos, que se jactaban de la inmensidad del Coloso de Cabo Verde.

Cedeño es guardia de seguridad nocturno desde hace dos años en una de las estaciones de gasolina cercanas al estadio y residente en Calidonia. Desde su área de trabajo observa cómo pasan los “piedreros”, como él nombra a las personas que cartón bajo el brazo buscan un lugar para guarecerse de la noche y la lluvia.

Cuenta Cedeño que allí vive el Cabo, un expolicía que se pinta de verde y recorre a diario las calles del Juan Demóstenes Arosemena. “Él supuestamente asesinó a su esposa y hermana, fue un caso muy famoso”, recuerda el chiricano de 85 años de edad, mientras espera su turno dominical.

El hombre sonríe al preguntar que si por fin van a arreglar el estadio. “Vea, todo esto se inunda cuando llueve, no cambia nada”, agregó.

Cedeño cuida desde las 10:00 p.m. a las 6:00 a.m. y dice que el Coloso de Cabo Verde se convierte en un centro de corrupción de noche y que de día ya los niños no juegan allí.

Por todos lados hay entradas, o mejor dicho boquetes en el cemento para penetrar a una selva casi intransitable que ha crecido donde antes jugaron los Yankees, los Dodgers de Brooklyn, donde peleó Ismael Laguna y se montaron algunos espectáculos musicales.

El corazón palpita rápido y los pasos se aceleran: un mal lugar para estar solo. En algunas partes huele mal, la humedad y la orina se mezclan y emana un aroma que sale de pequeños charcos de agua empozada alrededor de algunos cartones que probablemente sirven de cama.

CALOR Y DOBLE CENA

En su entrada principal, donde se hace alarde de que fue la sede de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1938, hay personas que duermen y se beben unos tragos, a pico de botella del popular seis letras. Otros escapan del calor de verano bajo un pequeño árbol que disimula la desidia que hay adentro.

En el extremo izquierdo de esa fachada hay un club de dominó llamado Los Veteranos. Pasa casi inadvertido por la oscuridad que lo envuelve en la tarde, y por la rapidez de mis ojos que temen por su seguridad de entrar y preguntar si en verdad la doble cena se traquea o simplemente el juego está cerrado.

Afuera lo rodea un barrio calificado como área roja, donde hay personas que no olvidan los atardeceres y el brillo cegador de las torres -aún en pie y con sus transformadores- que alumbraban el mejor estadio de béisbol de Panamá, donde existió también la liga infantil más reconocida del país, Curundú.

Sin embargo, no todo es malo. Unos pasos dentro de la fachada principal, donde la humedad golpea el olfato, las hormiguitas de la limpieza hacen bien su trabajo, es una batalla entre el bien y el mal donde pernocta el Cabo.

El Cabo es todo un personaje. “Siempre está haciendo algo y duerme aquí”, asegura Félix Antonio Mosquera, residente de Curundú, que espera con ansias la construcción del nuevo coliseo.

Mosquera está desempleado y se refugia del calor sofocante de la mañana debajo de unos árboles en la entrada principal. Su aliento lo delata mientras cuenta que el Cabo no solo se pinta de verde, también lo hace de rojo y lo describe como un hombre de mediana estatura, sin cabello, que a veces viste con overall y que “no le hace daño a nadie”.

La realidad del estadio es que se mantiene así desde 2003, cuando se acondicionó para el torneo Preolímpico, rumbo a los Juegos de Atenas 2004. Después de eso se han dado desesperados intentos por resucitarlo, pero con agua, jabón y machete no es suficiente.

12 MILLONES DE DÓLARES

Mario Pérez, subdirector del Instituto Panameño de Deportes, informó que el nuevo proyecto está en refrendo en Contraloría y que en las próximas semanas pudiera estar aprobado para que comiencen los trabajos.

El proyecto consiste en la restauración, diseño y construcción del estadio Juan Demóstenes Arosemena, con medidas que recomiendan las Grandes Ligas.

“Hay que levantar el terreno para el nuevo drenaje y el cuadro tendrá un giro para que el sol no afecte a los peloteros, otra de las sugerencias del béisbol estadounidense”, reveló Pérez.

La capacidad de butacas solicitadas es para 7 mil personas y contará con dos dormitorios, salones de entretenimiento, oficinas y sala de reuniones, entre otras especificaciones. La grama será natural y llevará un tablero electrónico.

La obra, ubicada en el corregimiento de Curundú, también tendrá un cuadro de béisbol infantil.

Pérez explicó que el proyecto, valorado en 12 millones de dólares se retrasó debido a que estaba ubicado en lotes de terreno que le pertenecían a diferentes instituciones del Estado.

“Esto ya se arregló y ahora estamos a la espera del refrendo de Contraloría”, agregó el directivo.

El terreno donde se construirá es de 3.2 hectáreas y además contempla estacionamientos; rampas para discapacitados; acceso directo de ambulancias; un nuevo tablero con pantalla gigante; cubículos para la prensa; escaleras y ascensores en graderías y rampas; salón de conferencias; salón de la fama; dormitorios para jugadores, torres de iluminación con especificaciones de Grandes Ligas y un campo de juego demarcado con grama sintética.

Nada mal para un coliseo que espanta y que en la actualidad se ha convertido en cueva para las “demencias de los ‘piedreros’ por las noches”, como asegura Cedeño, que certifica que la doble cena sí se traquea.

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Cortesía/Sinaproc

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