PLANO URBANO

Chatarras en todas partes, un potencial

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Chatarras en todas partes, un potencial

Rodrigo Mejía-Andrión mejia.andrion@gmail.com economia@prensa.com

OPINIÓN

Llama la atención de los extranjeros y también de los ciudadanos pensantes de nuestra sociedad civil la acumulación de chatarras de todo tipo en todas las dependencias estatales, ya que los panameños en vez de cuidar y reparar, preferimos botar y comprar nuevamente los artículos que creemos viejos. Tiramos a un patio cosas que aún tienen mucho valor.

Lo que acabamos de ver en las televisoras sobre los muebles desechados en los colegios, amontonados, listos para ser recogidos y tirados afuera, me ha hecho recordar lo que he visto en otros países. Estudié por cinco años en varias ciudades colombianas, Bogotá, Cali y Pereira.

En todas ellas logré aprender que nada se botaba si aún tenía posibilidades de ser utilizada. Como me dijo una vez un empresario colombiano: Nosotros tenemos una gran ventaja, siempre hemos sabido que somos pobres.

Cuando mi hermano mayor estrelló en Bogotá el carro de la familia contra un autobús, nuestro elegante sedán de siete puestos, pensé que el auto “había muerto” para siempre, pero no fue así. Cuando volví a verlo, juraba que era un carro nuevo y luego concluí que Dios había hecho otro milagro.

Me explicaba otro empresario: nosotros podemos mantener el mismo carro toda la vida, porque sabemos cómo reconstruir hasta un motor ya gastado, sin ningún problema.

Varias décadas después, en unos días que pasé en Uruguay en reuniones del gremio, además de recorrer la ciudad y un par de museo y, por supuesto, conocer Punta del Este y comer excelente carne con buenos vinos, me llamó muchísimo la atención ver una serie de carros muy antiguos en perfectas condiciones, que ellos llamaban “cachilas”.

Tanto me gustaron que quise comprarme uno de ellos y, cuando mis colegas vieron tanto entusiasmo de mi parte, uno de ellos me llevó a un taller donde tenían tres o cuatro vehículos que estaban siendo rescatados. Acá en Panamá hace buenos años vi con envidia morbosa cómo mi amigo y colega Samuel Gutiérrez salía a pasear en un bello carro de la primera mitad del siglo pasado, que alguien reconstruyó. Me pregunto dónde estará hoy ese lindo vehículo.

No puedo dejar de referirme a los carros que vi en Cuba en noviembre pasado. Sentarse en el malecón de La Habana es gozar gratis un interesante e instructivo espectáculo de cómo, con determinación y empeño, los cubanos han logrado mantener una interesantísima flota de vehículos que sirven para transporte privado y también público. Los amigos que nos atendieron con cariño, nos consiguieron un amistoso chofer que en su carro Chrysler de 1951, con timón y otras piezas de diferentes marcas, nos llevó por todas partes en la semana de nuestra visita.

Igualmente conseguimos un automóvil descapotado con piezas de muchas marcas que no se parecía a modelo alguno, según su mismo dueño nos explicó.

Dándole seguimiento a tanta chatarra de carros, camiones, ambulancias, buses, sillas, pupitres, mesas y otros desechos, he llegado a la conclusión de que bien podríamos organizar una empresa con estudiantes del Arte y Oficios para reparar una buena parte de esa inmensa masa de desperdicios. En ocasiones pasadas propuse que autobuses descartados bien pudieran ser utilizados como inicio de una vivienda para gente desamparada que arma una choza con desechos. Así tendría unas paredes, un piso levantado de la tierra y un techo.

El Ministerio de Educación bien podría tomar la iniciativa de contactar al director del Arte y Oficios para proponerles una labor conjunta, tomando en cuenta que podría pagar al colegio una cierta suma por cada silla o pupitre rehabilitado. El solo hecho de extinguir tantos cementerios de chatarra serviría para suprimir millones de mosquitos que estamos produciendo por nuestra indolencia.

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