ENFOQUE

Cultura del pago; cultura del cobro

OPINIÓN

En una economía de mercado se paga por los bienes que se obtienen y los servicios que se reciben, porque los bienes son objetos que cuesta producir, y los servicios son actividades que cuesta brindar. Esto es apenas justo. En la producción de la ciudad de Panamá, que como cualquier urbe es un producto colectivo, nos hemos acostumbrado, sin embargo, a pedir y a recibir sin dar nada a cambio, como si lo recibido cayera del cielo, fuera producto del azar y no tuviera un costo. Así, nos parece normal que las obras públicas como calles, drenajes y acueductos se construyan y se mantengan a la altura de las demandas, simplemente porque estamos ahí, para ser servidos, creyendo tal vez que la propiedad de la tierra que ocupamos nos da ese derecho.

Pero la cosa no funciona así. En realidad, el derecho de propiedad se adquiere con un título registrado y el derecho de construir se obtiene con una norma del Miviot. Las obras públicas cuestan, ciertamente, mucho más de lo que pagamos en impuestos a la propiedad y además tienen que responder a demandas constantes de mantenimiento y expansión derivados del crecimiento urbano. Pero las obras públicas tienen también un efecto enormemente valorizador en su entorno inmediato, con lo que la tierra –privada– pasa casi mágicamente a valer 10, 20 o más veces que cuando se encuentra en estado natural.

Solo hay que comparar el precio por hectárea de la mejor tierra agrícola con el precio equivalente por metro cuadrado del peor terreno urbano para ver la diferencia. Y si esto lo llevamos al interior de la ciudad, las avenidas, los parques, el soterramiento de cables, la cinta costera, producen una valorización diferencial en las zonas que tocan. ¿Por qué no somos entonces más equitativos con la ciudad, si todo esto hace que nuestras propiedades valgan más? Ahora que estamos comprometidos con los proyectos del Metro y el Metro Bus, el diseño de las áreas de acceso y el espacio de circulación a pie deben tener un tratamiento especial, con una opción preferencial por los peatones. Esto valoriza de tal manera el área inmediata y su entorno, que podemos pensar en formas más creativas de financiar este tipo de inversiones. Las tasas sobre el soterramiento de cables se pueden plantear al usuario (el que contamina paga) o al propietario, como una limpieza de la basura ambiental.

Las modificaciones de códigos de uso de suelo, que permiten mayores densidades y mayores alturas, pueden permutarse por algo (espacio abierto, tratamiento de aceras y circulación, retiros, etc.) y no darse gratuitamente, como podría ocurrir con los nuevos cambios en Bella Vista y San Francisco (¡qué regalazo, gracias!) cediendo a las presiones de promotores y propietarios. Se trata de aprender a pagar, pero también de aprender a cobrar, por la ciudad y por nosotros.

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