ENFOQUE

Gestión del Gobierno y los empresarios

Lo que caracteriza a la función empresarial es la búsqueda de oportunidades: satisfacer los deseos de los consumidores asumiendo el riesgo de ganancia o pérdida. El Estado se desentiende por completo de lo que los consumidores quieren porque les extrae dinero compulsivamente y no corre ningún riesgo porque sus ingresos no dependen de sus aciertos; menos lo corren sus administradores que apuestan recursos que no les pertenecen.

De hecho, el presidente en su empresa no despliega proyectos faraónicos. Ahí mide con la mayor precisión en qué momento hacer mantenimiento, cuándo invertir pensando en crecer y a qué ritmo. Porque es su dinero. Su comportamiento como empresario y como administrador de bienes ajenos es bien distinto como para que crea que aportó al Estado parámetros empresariales. Mal que le pese, un empresario que gobierna es un político.

Proveedores del Estado y contratistas se consiguen fáciles en cualquier lado. Desde Gaddafi hasta Fidel Castro, otro “beneficiario” de “inversiones” españolas, sobre todo en turismo, consiguen empresarios que se pongan a sus pies.

Pero el asunto es que haya empresarios a los pies de los consumidores. Esos a los que hay que conquistar con instituciones sanas y normas generales, en los que el capricho de un mandamás no pueda convertir en rico o pobre a nadie. El desafío es conseguir inversiones de gente que no conoce a ningún político, ni tiene por qué conocerlo, porque lo que rige no es la voluntad de nadie sino la ley y los bajos impuestos, sin la amenaza latente de que suban a cada rato porque alguien canalice sus sueños de grandeza en el lugar equivocado, es decir, el sector público.

En las sociedades prósperas, los empresarios extranjeros no se reúnen con los gobiernos para que estos los convenzan de acercarse a su país. Los empresarios encuentran las oportunidades y el propio sector privado se ocupa de promocionarlas, pasan lo menos posible por las oficinas públicas y hacen el negocio, demandan trabajo, ofrecen productos y cambian de verdad la vida de la gente sin contar con ningún favor especial.

Si un presidente habla con contratistas del Estado, actuales o potenciales, al menos que se ponga en posición de lo que es frente a ellos: un cliente. Y entonces les mande el mensaje que corresponde, que es que más vale que cumplan con los compromisos que tienen con el Estado panameño, teniendo claro quién tiene que agradecer a quién.

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