PLANO URBANO

Maestro de maestros

OPINIÓN

Fuimos afortunados por haber tenido por tantos años a Octavio Méndez Guardia. Cumplió 93 y seguía tan campante. En el XII Congreso Nacional de Arquitectos celebrado a fines del pasado mes de junio (40 días antes de su muerte) recibió un homenaje por su brillante trayectoria profesional. Llamado a la tarima para recibir su reconocimiento, subió raudo, sin ayuda, agradeció la distinción, y finalizando dijo: “voy a cantarles un tango”. Era su hermosa costumbre. Acto seguido escuchamos un sentido tango, hermoso recuerdo de su notable personalidad y su permanente alegría de vivir.

“Tavo”, como todos lo llamábamos, digno hijo de Don Octavio Méndez Pereira, se recibió como arquitecto en el año 1940 en la Universidad de Illinois, y luego obtuvo una Maestría en la Universidad de Harvard en 1943. Poco tiempo después ya era profesor en la Facultad de Ingeniería y Arquitectura, y uno de los diseñadores del conjunto de edificios del actual campus.

Como arquitecto con una formación muy completa y variada, recibió muchos premios por sus obras. Dictaba sus clases en esos años mientras coordinaba sus estadías en Estados Unidos donde, con el famoso arquitecto Edward D. Stone, adelantaba los diseños del Hotel El Panamá, obra calificada internacionalmente como la más atinada muestra de arquitectura tropical. (Hoy casi destruida por desalmadas adiciones).

Recuerdo claramente cuando por 1953 dijo un día en nuestra clase: “Necesito un par de estudiantes que vayan a ayudarme en la oficina. No les voy a cobrar”.

Entusiasmado de trabajar para él, corrí a aceptar. Es verdad que “no nos cobró”, pero sí nos pagó con enseñanzas directas, adicionales a las de sus clases, interesándonos además en la actividad gremial, haciéndonos asistentes en todas las actividades de la Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos, de la cual era el presidente. Desde ese momento un buen grupo de alumnos quedamos “fichados para siempre”.

Tavo fue un hombre internacional, trabajó en Nicaragua, Honduras y El Salvador, con singular acierto. Sus anécdotas sobre esas experiencias eran fascinantes.

Cuando me correspondió promover la legislación reguladora de las profesiones de arquitectos e ingenieros, Tavo estuvo para animarme y proponer la comisión que se formó para preparar la tan necesitada Ley, finalmente obtenida el 26 de enero de 1959. En su preparación fue invaluable consejero.

Amigo de conocer otros países, era viajero incansable. En representación de Panamá asistió a los congresos de la Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos (FPAA) por toda América. Por una década fue Secretario de la Región Centroamericana y del Caribe de la FPAA y fue presidente del XVII Congreso Panamericano de Arquitectos en Panamá. Recibió la más alta distinción de la FPAA, el premio Juan Torres Higueras. Tuve la suerte de ser su compañero de viaje en numerosas reuniones internacionales, donde siempre fue recibido con honores.

A mediados de la década de 1990, por mi conducto le llegó el ofrecimiento de ser elegido presidente de la Federación Panamericana, posición que declinó para mi pesar. Era incansable, asistía todavía a reuniones del Colegio de Arquitectos y este año estuvo allí para anunciar sus 93 años.

Él se interesaba por todo. Guardaba y compartía recetas de cocina de su señora madre, y mi esposa tuvo la suerte de intercambiar algunas con él y recibir como regalo un ejemplar del libro de su señora madre.

Tavo fue todo un personaje. Su despedida fue grandiosa.

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