PLANO URBANO

PLANO URBANO: Un descanso y un precioso pueblo

OPINIÓN

La semana pasada viajé con mi hermana Stella de Spadafora a Pereira, capital de Risaralda en el eje cafetero de Colombia, valle situado entre dos cordilleras que enlaza varias regiones.

Teníamos un compromiso con nuestro padre, muerto en 1978, en cuya memoria la editorial de la Universidad Tecnológica de Pereira editó un precioso libro crítico sobre las dos versiones de su misma novela Rosas de Francia, editada en París y premiada en el concurso de novelistas de habla española, celebrado en París, y un distinguido homenaje como escritor insigne y primer novelista de la ciudad, destacada actividad literaria para celebrar 150 años de fundación de la ciudad.

En 1917 cuando Alfonso Mejía Robledo –periodista, poeta y escritor colombiano de solo 20 años– llegó a Panamá para esperar un barco que lo llevara a Francia buscó contacto con periodistas locales e hizo rápidas migas con el periodista Gil Blas Tejeira.

Este futuro famoso periodista lo invitó a un festival literario que se celebraría en Penonomé, cuya presentadora de ceremonias era la maestra Rita Andrión Jaén, educada en Nueva York y la Bélgica de habla francesa, donde pulió su lengua castellana con filólogos españoles. El colombiano quedó prendado de la maestra y a los pocos días le hizo los primeros versos llamándola reina del Zaratí.

Mejía Robledo traía buen bagaje. A los 13 años funda su primer periódico Minerva de solo 100 ejemplares que vendía a condiscípulos y amigos; a los 14 años en Bogotá gana un concurso nacional de poesía cuyo tema “el sapo” fue escogido para probar ingenio y capacidad.

De 16 años publica su primer libro de poesías y de 19, su segundo libro.

Como el barco no aparece, pide a sus padres permiso para casarse, pero previendo negación, cuando la carta llega, estaba casado. De esa unión nace su hija Colombia. Viajan allá para presentarlos y nace otra hija. Mi madre añora a Panamá y acá nace la tercera hija, mi padre añora Colombia y nace otra niña allá.

Entonces mi padre recuerda su viaje a Europa y viajan a Alemania en misión del Gobierno colombiano, instalándose en Leipzig, centro de las mejores litografías de Europa, para investigar quién falsificaba pesos colombianos –entonces a la par del dólar– mucho más valiosos que el devaluado marco alemán con las compensaciones a los países aliados por el inicio de la Primera Guerra Mundial. Allá viven dos años, época en que mi padre estudia en la universidad y en su círculo políglota da conferencias pagas sobre su país, Panamá y su Canal. Con muestras de papel sellado, timbres y estampillas pide cotizaciones para descubrir el engaño, pero aunque intenta “sobornar” a empleados de las tipografías, es la Policía alemana la que descubre a colombianos “de bien”, que con alemanes, producen esos billetes. Avisado por amigos alemanes logra salir con su familia y mucha prisa hacia Francia, donde mi padre vuelve a la universidad para obtener su título en Filosofía y Letras.

Mi madre pide volver a Panamá pues viene ese hijo, que según cuentas, le corresponde nacer en el istmo, pero al llegar al primer puerto colombiano deciden quedarse y nace mi hermano mayor. Finalmente mi hermana Stella y yo nacemos en Pereira, pero a mis tres años, otra vez Panamá. Dos veces más viviríamos en Colombia y al final Panamá.

Pereira es una ciudad grande, de medio millón de habitantes, con áreas viejas y feas, otras muy hermosas. Envidio el buen estado de sus calles, su absoluta limpieza, sus edificios de mediana altura, su falta de cables aéreos, sus parques, pago de todos los servicios públicos en una sola factura, estupenda nomenclatura numérica, más excelentes carreteras a pueblos cercanos.

También envidio que frente a cada edificio de cierta prestancia exista obligatoriamente una fuente, un parquecito o una escultura.

Pero más llamó mi atención visitar Salento, pequeño pueblo cercano lleno de turistas. Su amplísima plaza llena de comercio dominical, con una larga calle peatonal y comercios pequeños de artesanías, donde se conjugan cómodas bancas y basureros múltiples. Al final de la calle unas escaleras conducen a un mirador con preciosos paisajes. En los alrededores del río docenas de restaurantes donde encontramos a un Juan Valdez, el hombre de la mula cargada que la descarga y vuelve a cargar sin ayuda.

También explica cómo era la vida de los arrieros. Todo limpio. Poco “añoré” nuestros fragantes pataconcitos.

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