LUNES CON EL PIE DERECHO

Menos como un aeropuerto y más como un avión

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Menos como un aeropuerto y más como un avión

La semana pasada estuve en Islandia. Este país apenas logró su independencia en 1944 y logró algo de notoriedad global en 2010 con la erupción del volcán Eyjafallajokull.

Fue la erupción de ese volcán y el hecho de que colapsó el transporte aéreo de Norteamérica y Europa por tres semanas, lo que hizo que yo me “enterara” de que ese país existía. Una vez había llegado, decir “Panamá” para responder a la pregunta de mi país de origen, incitaba una sonrisa en la mayoría de la gente. Todos los islandeses sabían de la firma panameña Mossack & Fonseca y de la investigación global conducida por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación sobre las estructuras offshore creadas por la firma para ocultar dineros y evadir regulaciones.

Esto estremeció a nuestro pequeño país y provocó la renuncia del primer ministro en el suyo. Y así, dos pequeños países tan distantes y diferentes quedan en alguna medida conectados.

La vida es menos como un aeropuerto y más como un avión. En un aeropuerto, el resto de las personas allí adentro son o tu aliado o tu obstáculo. El joven de la aerolínea que te anuncia que has sido ascendido a los puestos de clase ejecutiva: aliado. La joven delante tuyo en el control de seguridad que activa varias veces el detector de metales: obstáculo.

Dentro de esa perspectiva, todo pasa para acelerar o detener nuestro avance. Todo pasa a nuestro favor o en nuestra contra. En cambio, en un avión, todos estamos yendo hacia el mismo destino. El estar confinados a un espacio tan pequeño nos recuerda que todos estamos en las mismas. Se nos puede olvidar, pero dentro de un avión compartimos los mismos baños, la misma cantidad limitada de comida y, hasta el mismo aire. Usualmente se nos olvida que compartimos el mismo aire hasta que alguien empieza a toser y estés relativamente cerca o relativamente lejos, temes correr peligro de infección.

Ethan Zuckerman, profesor de Massachusetts Institute of Technology (MIT), inicia su libro Rewire con un recuento de la epidemia de SARS en 2002. Zuckerman cuenta cómo una enfermedad que empezó en China se fue regando rápidamente por casi todo el mundo, porque solo una persona era capaz de infectar a otras 126 en un vuelo. Y esas 126 personas a otras 15 mil 876 y así consecutivamente. “Con un largo período de incubación y facilidad de transmisión, el SARS parecía haber sido diseñado para un mundo conectado”, explica Zuckerman. La historia del virus del SARS es una referencia de las infecciones promovidas por la conexión, pero también es una historia de infección detenida por el tipo de colaboración que solo es posible por la conexión.

A diferencia de otras epidemias, el SARS fue contenido como parte de un operativo global. Médicos de todo el mundo compartieron información y pudieron identificar, mapear, rastrear y contener la enfermedad. Solo en el mundo hiperconectado en el que vivimos podía una enfermedad tan virulenta como esta regarse del tal manera. Pero al mismo tiempo, solo en un mundo hiperconectado podía una enfermedad tan virulenta como esta contenerse en un período de tan solo ocho meses.

Actualmente, discursos políticos alrededor del mundo están ganando seguidores al hablar de cerrar las puertas, construir más muros, dejar afuera al extranjero - y allá ellos que resuelvan.

Estos discursos pueden responder a algunos eventos específicos, a riesgos metafóricos de “infección”.

El miedo a la conexión hace que las personas, líderes (¿?), países quieran operar en estatus aeropuerto. Todos con la misma meta, pero cada quien velando por lo suyo. Sálvese quien pueda. El problema con esta mentalidad es que queramos o no, el mundo es un avión; directa o indirectamente lo que pasa en un país termina afectando a sus países vecinos. A veces, hasta países que no tienen nada que ver.

Sean temas de inmigración, derechos humanos de refugiados o cambio climático, nos toca a nosotros darnos cuenta de que hoy en día todas las barreras que existen son impuestas - son políticas, son culturales, son prejuicios humanos. Las subimos por miedo, pero al subirlas nos negamos de todas las posibilidades de aprender, compartir y colaborar. Es hora de empezar a reconsiderar cómo construimos nuestros negocios, gobernamos nuestros países y educamos a nuestra juventud para vivir en un mundo verdaderamente conectado, por el bien de todos.

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