Los líos de Amador

El Cementerio Amador es el más viejo y el segundo más lleno de la ciudad

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Casiano Pinzón, supervisor del cementerio, no tarda en ahuyentarlos. Claro, entre muertos no se juega, pero en El Chorrillo es imposible encontrar un buen parque y el cementerio se convierte en una buena opción.

El Cementerio Amador es el más viejo de la ciudad y allí se encuentran, fácilmente, tumbas que datan de mil ochocientos. También están los elegantes mausoleos de las familias de buen apellido, de los Soldados de la Independencia, de Victoriano Lorenzo y hasta el espacio que ocupan los restos de Panama Al Brown o de Rommel Fernández. Pero hasta la tumba de reciente construcción de Rommel, muerto en un accidente de tránsito hace solo un par de años, está abandonada, dice Pinzón.

Allí también resaltan los "viejos estilos": tumbas confeccionadas en mármol acompañadas de ángeles solos o de pesebres enteros. "Son una belleza", dice Pinzón. Las de hoy, solo las acompaña una cruz.

Amador es solo uno de los nueve cementerios que el Municipio de Panamá tiene a su cargo. Los más nuevos -Pacora, Utivé y Corozal- han venido a aliviar la congestión que sufrían los cementerios municipales hace un par de años, cuando las autoridades se dieron cuenta de que la ciudad se estaba quedando sin espacio para enterrar a sus muertos. Entonces comenzó la búsqueda de terrenos. La tarea no resultó fácil porque nadie quería un cementerio cerca de su casa. Al Municipio le tocó entonces irse hasta Pacora, a un terreno desprovisto de vecinos, y pagar un dólar por metro cuadrado en un terreno de 10 hectáreas.

Las estadísticas de Empresas Municipales revelan que, durante el 2003, se efectuaron 2,077 entierros en todos los camposantos. El cementerio de Juan Díaz lidera la tasa de ocupación: 598 casos. En Amador, por su parte, fueron enterradas 418 personas, lo que lo convierte en el segundo cementerio más ocupado.

Pero en Amador hay más que muertos. Para empezar, trabajan allí 10 funcionarios de la Alcaldía que se hacen cargo de la limpieza, que empieza con la recolección de la basura que los residentes de los edificios contiguos arrojan sobre los osarios, sobre las tumbas y las aceras. Una "tropa" de unos 30 hombres ayuda en la labor; son cuidadores particulares contratados por familias que quieren mantener limpia la última morada de su familiar, y también diariamente se les ve en el cementerio quitando hojas, cortando hierba, dándole una mano de pintura a la tumba cuando la necesitan.

Nicolás González lleva nueve años en este oficio. Su padre le enseñó a hacer las lápidas y las cruces de granito que debe pulir de vez en cuando, y por el trabajo en cada una de las tumbas cobra 10 dólares. No dice cuántas tiene a su cargo pero sí sabe que Abraham es el que más contratos tiene en Amador.

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