“Los humanos creamos arte, pero el arte es el que nos hace humanos”.

Ave de mal agüero

En su más reciente obra, Donna Tartt habla sobre lo que perdemos, desde seres queridos hasta nuestro rumbo, pero entre laboriosas descripciones y reflexiones existenciales, la trama parece perderse tanto como su protagonista.

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Ave de mal agüero

Vanessa Crooks • vcrooks@prensa.com

Después de 11 años de su última novela, es comprensible que los lectores hayan recibido la publicación de una nueva obra de Donna Tartt con bombos y platillos. Reconocida por su estilo neorromántico, su tan esperado The Goldfinch (El jilguero, Little Brown & Co., 2013) parecía destinado a convertirse en un clásico moderno; sin embargo, los críticos están bastante divididos.

The Goldfinch se enfoca en Theo Decker, un chico neoyorquino de 13 años cuyo mundo es violentamente transformado cuando explota una bomba durante su visita al Museo de Arte Metropolitano, matando a varias personas, entre ellas, a su madre. En su afán por hallarla entre los escombros, se encuentra a un hombre moribundo, quien le pide que rescate una pintura, “El Jilguero”, la obra maestra de 1654 del pintor holandés Carel Fabritius. Por los próximos 15 años de la vida de Theo, la pintura se convierte tanto en una carga física y emocional como en la última conexión con su madre.

Tartt no se molesta en condensar nada; su habilidad para describir ambientes, personajes y emociones es admirable, aunque a veces es abrumadora. Cada parte del viaje es detallado a profundidad, desde las calles de Nueva York, el lujoso apartamento de los Barbour, la familia adinerada que adopta a Theo, una tienda y taller de restauración de antigüedades, hasta las desérticas áreas residenciales de Las Vegas donde Theo vive un tumultuoso tiempo con su padre. Los personajes que se cruzan en la vida de Theo, entre ellos el afable Hobie, la inescrutable Pippa y el excéntrico Boris, son tan tridimensionales como él mismo. Pero el más sobresaliente es su madre; el más mínimo detalle clavado en su memoria desata constantemente una devastadora melancolía en el joven protagonista, en la cual se sumerge cada vez más, descarrilando su vida hasta un punto del cual no parece tener retorno.

De allí que la narración de Tartt haya sido aplaudida como dickensiana. Las imperfecciones de sus personajes los hacen más humanos; al igual que Charles Dickens, Tartt explora aspectos existenciales universales, como la diferencia de clases y el triunfo del espíritu humano. A pesar de esto, muchos críticos argumentan que sus ostentosas descripciones parecen estar allí para ocultar una falta de credibilidad en la narración, y acusan a la autora de haber perdido 11 años escribiendo una obra infantil llena de clichés.

El mayor disuasivo de esta obra es tal vez su longitud; la edición original de cubierta dura supera las 700 páginas, y la trama desafortunadamente se estanca incontables veces, al punto de que el libro parece interminable. Cada giro inesperado genera más alivio que emociones. Puede que lo único que mantenga el interés del lector hasta el final sea descubrir el destino de la pintura de Fabritius; seguramente no soy la única persona para quien el óleo del jilguero resultó más cautivador que el personaje central.

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