Cola de león

Temas:

Cola de león Cola de león
Cola de león

Prefiero vivir en una ciudad que es todo, aunque yo no sea nada en ella, que vivir en una ciudad que es nada, aunque allí yo sea todo. Más o menos es así: cabeza de ratón y cola de león. La reflexión del principio es de Cortázar, que prefiere ser cola de león a cabeza de ratón.

Tengo para mí que esa frase, llena de contenido y sustancia, está en el contexto de la trifulca que hace años sostuvo el argentino con José María Arguedas. “Yo hago más cosas en París en un día que usted donde vive en un año”.

Otra respuesta en el mismo contexto: la discusión (también con Vargas Llosa) desarrollada por Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo.

Cortázar, que era y se sentía argentino, además de otras muchas cosas (entre ellas, parisino: fue constructor de la ciudad en la novela Rayuela, el “Ulises” en español), fue al final de la dictadura de Videla a Buenos Aires.

Se paseó, con su altura, por todo el gran microcentro de Buenos Aires: una maravilla en descomposición. Tal vez cierto público lo vio y lo conoció, pero no lo reconoció. Los amigos del escritor argentino dijeron que no se le rindió el debido respeto. El debido reconocimiento, pienso yo.

Para muchos escritores argentinos, nacionalistas por supuesto, Cortázar era europeo y tenía una visión europea de América, una suerte de teórica que en nada se parecía a la realidad latinoamericana. Sus libros, sus novelas, están, sin embargo, llenos de Argentina, lleno de América: son americanos y europeos, porque ser de un lugar solo es una pérdida de tiempo, pudiendo sentirse cualquiera, y los escritores también, de cualquier lugar del mundo. Por una simple elección: por propia voluntad.

Arguedas era defensor de un indigenismo tradicional. Sus novelas respiran la ansiedad por ser sin ser y por estar incómodo pero exigiendo comodidad.

Arguedas es un gran novelista indigenista del Perú; por indigenista despreciaba en cierta medida la visión del mundo de Cortázar, la mundanidad frente al indigenismo.

Fue fiel, Arguedas, a su código de guerra y a su manera de entender la vida. Escribió dos o tres novelas excepcionales e inolvidables, y que no se han hecho viejas con el tiempo.

Si hoy leemos Los ríos profundos, sin haberla leído antes de hoy, descubriremos un escritor de una fuerza enorme que se adentra en un mundo que conoce y hace suyo en cada palabra y en cada episodio.

Sin embargo, Arguedas es, con todas las reservas a lo que yo mismo digo, cabeza de ratón. Cortázar, aunque nunca fue cola de león, lo prefirió a ser simplemente un todo en una ciudad (en un territorio, incluso) que lo era todo.

La tensión entre el indigenismo (que es un modo de nacionalismo, digan lo que digan los demás) y modernidad (Arguedas versus Cortázar, por ejemplo) es una constante en el arte y en la cultura en general. Y en literatura en particular.

Siempre detesté, en mi propia experiencia, ser cabeza de ratón, héroe local, chamán territorial: todo aquello que podía de cualquier manera herir mis ansias de horizontalidad: Digo horizontalidad, que viene de horizonte:

“Amar un horizonte es insularidad”, señaló Derek Walcott; una frase lírica, un verso, una reflexión que tal vez huía de la acusación de desertor que, en las islas casi siempre, suele hacérsela a quien ha nacido en alguna de ellas y se marcha a hacer su mundo, su mundanidad, fuera del útero materno de la tierra.

Cuando Naipaul, también premio Nobel de Literatura, se marcó de Trinidad a estudiar a Oxford, huyó de su tierra porque no quería ser cabeza de razón. Buscó afanosamente ser cabeza de león en el mundo anglosajón, fue el mejor alumno de Oxford, viajó escribió por todo el mundo y llegó a ser Nobel de Literatura. Cuando terminó sus estudios, su hermana, que estudiaba en la otra metrópoli, Delhi, lo instó a volver a la isla, a Trinidad, al subdesarrollo cultural. “Ahora que ya eres quien eres, querido Vidia, has de volver a casa a ayudar a nuestros padres”, le escribió su hermana. “Querida hermana”, contestó Naipaul, “yo no voy a regresar nunca a Trinidad, porque los sitios pequeños hacen mezquina a la gente”.

Lugares pequeños y mezquindad: un matrimonio falta. Indigenismo tradicional (nacionalismo) frente a modernidad (y vanguardia). Vivir en una ciudad bajo el anonimato: una ciudad que es todo, donde uno no es nada; vivir bajo el aplauso del pueblo, el regocijo local: otro error para cualquier escritor decente.

En el caso de Cortázar, en París encontró Rayuela, encontró a La Maga, encontró ese mundo que en las cientos de páginas lo hacen eterno y único. ¿Y Arguedas?

Por múltiples razones que no vienen al caso, se suicidó. Su riesgo era su mundo interior, no el exterior. Jugó fuerte, a cabeza de razón, y fue más, mucho más que eso. Cortázar, en su caso, jugó a cola de león, y fue mucho, muchísimo más que eso: un aventurero de la palabra que fue por el mundo hasta encontrar su tesoro. Claro, arriesgando mucho. Y fuera del útero materno.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

16 Ago 2017

Primer premio

7 8 9 4

DBDC

Serie: 14 Folio: 7

2o premio

6122

3er premio

5195

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código