Dagoberto García

Desafío a ritmo de órgano

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Dagoberto García. Dagoberto García.
Dagoberto García.

Las manos y pies de Dagoberto García saltan con velocidad pasmosa por las teclas y pedales del órgano artesanal de tubos de la iglesia Nuestra Señora de la Merced, al ejecutar Tocata y fuga en re menor, de Bach. La melodía abrumadora llena los espacios del templo colonial y es del deleite de turistas y curiosos que recorren la paredes de cal y canto del santuario.

“Como compositor, Bach no tenía piedad”, dice García de la complejidad de la pieza musical, mucho más si en lugar de interpretarla una orquesta completa, lo hace una sola persona frente a un órgano de unos cuatro metros de alto por tres de ancho.

La parroquia de San Felipe estrenó el instrumento barroco el 28 de abril de 2016 y desde entonces sus dimensiones lucen imponentes en lo alto del balcón interno de la capilla. Su estructura externa, una caja de madera construida con los restos de un órgano castellano del siglo XVII, se mezcla en armonía con la atmósfera de la basílica más antigua de la ciudad. Es el único órgano artesanal en territorio panameño.

Y García, de 26 años, es el responsable de tocarlo. El joven panameño es el organista oficial de la Merced. “Hay dos maestros que también tocan el órgano durante las liturgias, pero solo dominan el repertorio religioso. Yo puedo tocar de todo”, explica. Por ello, cuando el órgano estuvo listo para pruebas, el párroco Narciso Vioque Pérez le dio una palmada en la espalda y le dijo: “Vaya a tocarlo”. Su condición como tecladista principal de la congregación le convirtieron en el elegido para hacerse cargo del gran mueble musical. García lo tocó, lo escuchó, lo sintió y dijo para sus adentros: “¡Fascinante!”.

Lo cierto es que García no tenía ni ápice de experiencia con semejante instrumento, “el más perfecto”, según los grandes compositores. Cómo la iba a tener, si en Panamá no dan cátedras de órganos artesanales barrocos. No era igual que oprimir las teclas de un piano para hacer vibrar cuerdas; los golpes debían ser diferentes por ser el viento el motor de la melodía. Tampoco valía tener un máster en órganos eléctricos, en el que los sonidos, falsos, nacen de una bocina.

García lo supo de inmediato y aprendió todo lo que pudo del organista español Juan María Pedredo, el invitado del concierto inaugural aquel día de abril de 2016. De Pedredo recibió las nociones básicas para empezar a tocar, un consejo universal para todo músico (mejor practicar un par de horas durante muchos días que hacerlo un solo día, todo el día) y un bloque de partituras para que, en adelante, “se defendiera”.

Repitió el patrón con los siguientes organistas invitados. Y el resto ha sido práctica. Mucha. La necesaria hasta ser capaz de moverse por los entresijos del inmenso instrumento, no solo para ejecutarlo, sino para afinarlo y darle los cuidados elementales. Son mil 45 tubos de madera y metal que exigen cariño cuando el órgano no ha sido empleado adecuadamente. Si dos o tres se desafinan, es necesario ajustar el resto.

LA OPORTUNIDAD

Hoy García se desenvuelve con la soltura de quien se siente seguro. Ojea las partituras, oprime los botones de los tableros que controlan los 29 sonidos instrumentales de viento y cuerdas del órgano (clarines, violines, oboes, flautas, fagot, violonchelo, bajoncillo, cornetas, orlos, trompetas...) y retoma la interpretación. Los oídos y la miradas se quedan con él y con el órgano, con los tubos y trompetas, y con la sonoridad embriagante, mientras sus manos vuelven a recorrer, ágiles, los dos teclados superiores del mueble y sus pies hacen lo propio con los 28 pedales.

Lo más difícil ha sido coordinar los movimientos de los pies, reconoce. Que lo hagan naturalmente, por instinto musical.

El organista estadounidense James David Christie ha sido su más reciente maestro. Vino a Panamá en junio pasado para ofrecer el primer concierto de música clásica barroca con el órgano de la iglesia y lo invitó a recibir unas clases en el Conservatorio de Oberlin, en Estados Unidos. Cita pendiente.

Porque ahora García se prepara para participar en su primer taller para organistas litúrgicos en Valladolid, España, que se extenderá hasta el día 20 del mes en curso. Audicionó vía internet, la interpretación y propuesta recibieron el visto bueno de la Asociación para la Conservación de Órganos de Cantabria, responsable de la enseñanza, y la iglesia le ayudó con los gastos. Es la oportunidad para pulir su destreza.

EL CAMINO RECORRIDO

Como muchos otros músicos, Dagoberto García empezó precoz su andar por las líneas del pentagrama. Con la diferencia de que él no sintió el llamado del arte. No le interesaba. Fue su madre, Alba de García, quien le empujó a recibir clases de guitarra cuando tenía entre cinco y seis años.

La docencia la impartían en una escuela de arte del Instituto Nacional de Cultura al precio de 10 dólares. La familia podía pagarlos, así que el pequeño, poco receptivo, asistió por tres meses a la sesiones, tiempo en el que solo aprendió un acorde.

Con García, el amor por la música no surgió a primera vista. Nació durante el segundo intento, poco después, esta vez en talleres musicales gratuitos que desarrollaba la Alcaldía.

Allí, con la guía del profesor Olmedo Cruvelier, el futuro organista aprendió a tocar guitarra y a querer el arte musical. Más adelante estudió ciencias en el colegio, una licenciatura en Criminalística y Ciencias Forenses y otra de Informática, pero nunca se apartó de las notas y los instrumentos.

Siendo un estudiante de 13 años, terminó el bachillerato en el Conservatorio Nacional, y Electra Castillo, directora del Coro Polifónico de Panamá, lo integró a los programas artísticos de la Fundación San Felipe, donde en breve se convirtió en facilitador de las clases.

Luego García estudió la licenciatura en Música en el Conservatorio Nacional, asistió a los campamentos artísticos que se le cruzaron por delante, aprendió del arpista nacional Leopoldo Magallón, y se incorporó al Coro Polifónico de Panamá, donde hoy es el subdirector adjunto.

A la iglesia llegó atraído luego de tocar en decenas de bodas y ceremonias religiosas. Le gustó, se ofreció como tecladista y escuchó que pronto vendría un gran instrumento a la capilla, sin saber que sería su nuevo reto.

También es el encargado de la banda de la Fundación San Felipe y del coro de la Fundación y Biblioteca Mañanitas. Son funciones que compagina con las prácticas diarias del órgano y las ejecuciones durante las misas.

Solo le falta protagonizar un concierto de repertorio clásico, abierto para todo público. Interpretar el Concierto en re mayor de Vivaldi. Una meta que espera materializar al volver de España, con más conocimientos, mayor fogueo y ganas de tocar.

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