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‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, ‘convierte por primera vez el discurso político y la denuncia social en fábula múltiple’. ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, ‘convierte por primera vez el discurso político y la denuncia social en fábula múltiple’.
‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, ‘convierte por primera vez el discurso político y la denuncia social en fábula múltiple’. Archivo

Este año la Feria Internacional del Libro de Guadalajara estaba dedicada a América Latina, y por tanto, podemos hablar de una celebración ecuménica de la lengua que a través de los siglos sigue expandiéndose de este lado del Atlántico.

Celebramos a nuestra literatura, y las novelas de lo que podríamos llamar el canon clásico latinoamericano tienen ya una edad respetable. Doña Bárbara, que dio a nuestra literatura uno de sus personajes verdaderamente arquetípicos, va ya para los 90 años de haber sido publicada; y su autor, el venezolano Rómulo Gallegos, nos recuerda algo ya casi olvidado, el de los escritores que aparejaban la vida literaria con la vida política.

Su caso me parece inusual, y por tanto memorable. Era un reformista de corazón, que aborrecía la sociedad cerril, de intensos tintes rurales de su país, y quería establecer la legalidad que décadas de dictaduras militares habían convertido en una mofa.

Reformar el campo donde reinaba la ley del más fuerte, sustituir el arbitrio por el orden jurídico, es la tesis de Doña Bárbara como novela. Santos Luzardo, en nombre de la idea de civilización urbana, quiere someter la naturaleza indómita que aquella mujer encarna.

Doña Bárbara es una novela de tesis, y su propuesta es la misma que Gallegos quiso aplicar cuando fue electo presidente de Venezuela en 1947 por más del 80% de los votos: reformar la sociedad y hacer valer las leyes. Pero fue derrocado apenas nueve meses después de su llegada al palacio de Miraflores por los militares de polainas y charreteras que la magia de la democracia no había hecho desaparecer.

Fueron los mismo nueve meses de don Juan Bosch, electo presidente de la República Dominicana en 1963, también por abrumadora mayoría, tras el fin del generalísimo Trujillo. Don Juan no era novelista, sino escritor de cuentos, uno de los mejores de América Latina, pero también olvidó que los generales amamantados por la longeva dictadura trujillista aún seguían allí; para ellos, cualquier reforma democrática no era sino comunismo soviético disfrazado.

Cuando se hablaba de escritores comprometidos, quería decir comprometidos en contra de las dictaduras de derecha. Escritores antiimperialistas. Es lo que fue el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, cuya novela El señor Presidente llega el año que viene a su 70 aniversario.

Militancia antiimperialista y calidad artística no eran, por supuesto, sinónimos, y la llamada Trilogía del Banano de Asturias, (Viento Fuerte, El Papa Verde y los Ojos de los enterrados) es más que todo una diatriba contra la United Fruit Company.

Cien años de soledad de Gabriel García Márquez alcanza el año que viene el medio siglo de haber sido publicada. En lugar de un solo personaje arquetípico, como doña Bárbara, o como Pedro Páramo de Juan Rulfo, que ya pasó los 60 años, nos ofrece toda una dinastía que se sale de sus páginas, José Arcadio Buendía y su descendencia.

Esta saga convierte por primera vez el discurso político y la denuncia social en fábula múltiple, y es a través de ese juego de espejos que podemos contemplar de otra manera la historia de América Latina, guerras fratricidas, atraso rural, explotación y desigualdad. No es solo eso, pero también es eso. Es la última de nuestras novelas bananeras, la United Fruit Company detrás de la masacre de trabajadores en la ciénaga, dueña del tren amarillo que transporta en sus vagones los cadáveres para tirarlos al mar como fruta de deshecho.

Cuando en 1958 aparece La región más transparente de Carlos Fuentes, Pedro Páramo ha salido a luz apenas tres años atrás. Son dos novelas casi contemporáneas, pero que abren y cierran dos mundos a mitad del siglo: el mundo rural y el mundo urbano.

Después ya tendremos Rayuela de Julio Cortázar y La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, publicadas el mismo año de 1963 y que han pasado también el medio siglo de edad. Una modernidad distante y a la vez cercana. Y esa modernidad se sigue multiplicando en el siglo XXI, cuando podemos hablar ya de una literatura latinoamericana del nuevo milenio.

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