Capítulo 9

Noche del 20 al 21 de noviembre

Lisbeth Salander ha salido de caza: acaba de participar en un complejo ataque ‘hacker’ sin razón aparente, asumiendo riesgos que en otras circunstancias habría evitado.

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Noche del 20 al 21 de noviembre

DAVID LAGERCRANTZ

Fragmento del libro ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’, de David Lagercrantz (Destino 2015), reproducido con autorización de Editorial Planeta Mexicana.

Lisbeth se despertó atravesada en su enorme cama y se dio cuenta de que acababa de soñar con su padre. La sensación de que algo la amedrentaba la envolvió como un abrigo. Luego se acordó de la noche anterior y pensó que igual podía haber sido una reacción química de su cuerpo. Tenía una resaca de campeonato. Se levantó y, tambaleándose, se dirigió al gran cuarto de baño —el que tenía jacuzzi, mármol y todo ese lujo estúpido— con ganas de vomitar. Pero lo único que hizo fue dejarse caer en el suelo, donde se quedó sentada respirando con dificultad.

Al cabo de unos minutos se levantó y se miró al espejo, lo que tampoco le resultó particularmente agradable: tenía los ojos rojos como brasas. Acababan de dar las 12 de la noche, así que no habría dormido más de un par de horas. Abrió un armario y sacó un vaso que llenó de agua. Pero en ese mismo instante se acordó de su sueño, y apretó tanto el vaso que lo rompió y se hizo un corte en la mano. La sangre empezó a caer al suelo. Maldijo su suerte mientras se daba cuenta de que le sería imposible volver a quedarse dormida.

¿Se pondría con el archivo cifrado que se había bajado el día anterior para intentar descifrarlo? No, no tenía sentido; al menos en esas condiciones. Así que se envolvió la mano con una toalla, se acercó a su librería y cogió un nuevo estudio realizado por Julie Tammet, una física de Princeton que describía cómo colapsa una estrella grande y se transforma en agujero negro. Y con ese libro se tumbó en el sofá rojo que había junto a la ventana que daba a Slussen y a la bahía de Riddarfjärden.

Fue empezar a leer y sentirse algo mejor. Era cierto que la sangre de la toalla goteaba sobre las páginas del libro y que la cabeza le seguía doliendo, pero se sumergió cada vez más en la lectura, y de vez en cuando hacía anotaciones al margen. En realidad no descubrió nada nuevo: ella ya sabía que una estrella se mantiene con vida gracias a dos fuerzas contrapuestas: por un lado, la de las explosiones nucleares internas, que tienden a expandirla y, por otro, la de la gravedad, que la mantiene unida en su conjunto. Ella lo veía como un acto de equilibrio, un tira y afloja que durante mucho tiempo se mantiene igualado, pero que al final, cuando el combustible nuclear se va agotando y la fuerza de las explosiones va decreciendo, acaba teniendo irremediablemente un solo ganador.

Tan pronto como la fuerza de la gravedad empieza a sacar ventaja, el cuerpo celeste se retrae como un globo que pierde aire y va disminuyendo su tamaño poco a poco. De ese modo, una estrella puede quedar reducida a nada y desaparecer por completo con una elegancia impresionante, reflejada en la fórmula

en la que la G representa la constante gravitatoria. Karl Schwarzschild ya describió, durante la Primera Guerra Mundial, ese estado en el que una estrella se comprime tanto que ni siquiera la luz la puede abandonar; y en una situación así ya no hay vuelta atrás. Llegado a esa fase, el cuerpo celeste está condenado a caer. Cada uno de sus átomos es retraído hacia un punto singular donde el tiempo y el espacio se acaban y donde, posiblemente, se produzcan fenómenos aún más extraños, incidencias de pura irracionalidad en medio de un universo tan regido por sus leyes.

Esa singularidad —que, tal vez, más que un punto sea una especie de acontecimiento, una estación terminal de todas las leyes físicas conocidas— está rodeada por un horizonte de sucesos, y forma junto con este un agujero negro. A Lisbeth le gustaban los agujeros negros. Sentía cierta afinidad con ellos.

Pese a eso, y al igual que Julie Tammet, su interés no se centraba primordialmente en los agujeros negros en sí, sino en el proceso que los crea y, sobre todo, en el hecho de que el colapso de las estrellas empiece en esa amplia y extendida parte del universo que solemos explicar con la teoría de la relatividad de Einstein y termine en ese mundo tan diminuto que obedece a los principios de la mecánica cuántica.

Lisbeth llevaba ya tiempo convencida de que con solo describir ese proceso sería capaz de unir las dos lenguas incompatibles del universo: la física cuántica y la teoría de la relatividad. Pero eso, sin duda, se hallaba por encima de sus posibilidades, al igual que el descifrado de ese puñetero archivo. Irremediablemente, acabó volviendo a pensar en su padre.

Durante la infancia de Lisbeth, ese cerdo asqueroso había violado a su madre una y otra vez. Las violaciones continuaron hasta que su madre sufrió una serie de daños irreversibles y Lisbeth, a la edad de 12 años, se vengó con una fuerza terrible. En aquella época no tenía ni idea de que su padre era un espía que había desertado del servicio de inteligencia soviético, el GRU, ni tampoco de que había una sección especial dentro de la policía de seguridad sueca, la Säpo, llamada la Sección, que lo protegía a cualquier precio. Pero ella ya se había percatado de que un aire de misterio rodeaba a su padre, una oscuridad a la que nadie se podía aproximar o insinuar que siquiera existía. Un misterio que también incluía algo tan aparentemente nimio como su nombre.

En todas las cartas y envíos se ponía como destinatario a Karl Axel Bodin, y todos los que no eran de la familia debían llamarlo Karl. Pero en casa se sabía que ese nombre era falso, que su verdadero nombre era Zala, o, para ser más exactos, Alexander Zalachenko. Se trataba de un hombre que con muy pocos medios podía infundir un miedo atroz en la gente y que, sobre todo, estaba cubierto por un manto de invulnerabilidad. Así era, al menos, como lo veía Lisbeth.

Aunque por aquel entonces ella ignoraba aún el secreto de su padre, se dio cuenta de que este podía hacer lo que le diera la gana y salir siempre bien parado. Ese era uno de los motivos por los que desprendía esa desagradable y arrogante actitud. Se trataba de una persona intocable por la vía normal, cosa de la que él era plenamente consciente. Los papás de otros niños podían ser denunciados ante los servicios sociales y la policía, pero Zala tenía unas fuerzas apoyándole que estaban por encima de todo eso, y lo que Lisbeth acababa de recordar en sueños era el día en el que encontró a su madre en el suelo, inconsciente, y decidió intentar, ella sola, neutralizar a su padre.

Era eso, y algún que otro recuerdo más, lo que constituía su auténtico agujero negro.

La alarma sonó a la 01.18 y Frans Balder se despertó sobresaltado. ¿Había alguien dentro de la casa? Sintió un terror inexplicable y estiró el brazo: August estaba a su lado. Como ya era habitual, el chico debía de haberse metido en la cama del padre, y ahora gemía inquieto, como si el aullido de la alarma se hubiese introducido en sus sueños. «Mi pequeño», pensó Frans. Luego se quedó de piedra. ¿Estaba oyendo pasos?

No, seguro que se los había imaginado; no se podía oír nada más que la alarma. Preocupado, miró por la ventana. El viento parecía haber arreciado como nunca. El agua del mar azotaba el embarcadero y la orilla. Los cristales temblaban y se combaban ligeramente. ¿Podrían las violentas ráfagas de viento de la tormenta haber activado la alarma? Quizá no fuera más que eso.

Sin embargo, tenía que comprobarlo, claro, y pedir ayuda si fuera necesario, y ver si esa vigilancia de la que se iba a encargar Gabriella Grane había llegado ya. Hacía horas que dos agentes de la policía de orden público estaban en camino. Qué ridículo. Siempre había algo que los retrasaba, ya fuera el mal tiempo, ya una serie de contraórdenes: «¡Venid a echarnos una mano!». Si no era por una cosa era por otra. Estaba de acuerdo con Gabriella: una desesperante incompetencia.

Pero ese era un tema del que debería ocuparse luego. Ahora tenía que llamar: August acababa de despertarse, o estaba a punto de hacerlo, y Frans debía actuar rápido, pues un August histérico que golpeara su cuerpo contra el cabecero de la cama era lo último que necesitaba en ese instante. Los tapones, se le ocurrió, los viejos tapones verdes para los oídos que había comprado en el aeropuerto de Frankfurt.

Los sacó de la mesita de noche y los introdujo con sumo cuidado en los oídos de su hijo. Luego lo arropó y lo besó en la mejilla mientras le acariciaba los rebeldes rizos. A continuación se aseguró de que el cuello del pijama estuviera bien y de que la cabeza descansara sobre la almohada de forma cómoda. Resultaba incomprensible: Frans tenía miedo, y lo lógico sería que se diera prisa o, al menos, que sintiese que debía apresurarse.

Pese a ello, retrasó sus movimientos y se quedó ocupándose del niño. Quizá se tratara de un sentimentalismo surgido a raíz de ese crítico momento. O quizá quisiera postergar al máximo el encuentro con quienquiera que fuese el que le esperaba. Y entonces deseó haber tenido un arma. Aunque lo cierto era que no habría sabido cómo usarla.

Él era un maldito programador informático al que, de repente, en la vejez, le había invadido el instinto paternal, nada más. No debería haberse metido en ese lío. «¡Que Solifon y la NSA y todas las bandas criminales se vayan a la mierda!» Pero ahora le tocaba hacer de tripas corazón, así que se acercó hasta el recibidor con pasos sigilosos, inseguros y, antes de nada, antes incluso de echar un vistazo al camino, desconectó la alarma. El ruido había alterado todo su sistema nervioso, y en el silencio que siguió se quedó quieto, como paralizado, incapaz de acometer ninguna acción. De pronto sonó su móvil. Y, aunque se asustó, agradeció la distracción.

—¿Sí? —contestó.

—Buenas noches. Soy Jonas Anderberg y estoy de guardia en Milton Security. ¿Va todo bien?

—¿Qué? Eh... Sí... Bueno, creo que sí. Ha saltado la alarma.

—Sí, ya lo sé. Y según nuestras instrucciones, en un caso así usted debe bajar al cuarto especial que tiene en su sótano y cerrar la puerta con llave. ¿Se encuentra usted allí abajo?

—Sí—mintió.

—Bien, muy bien. ¿Sabe qué es lo que ha pasado?

—No. Me ha despertado la alarma. No sé qué la habrá activado. ¿No habrá sido la tormenta?

—No, no creo... Espere un segundo.

A Jonas Anderberg se le advirtió una falta de concentración en la voz.

—¿Qué pasa? —preguntó Frans nervioso.

—Parece que...

—Joder, suéltelo ya. Me está poniendo de los nervios.

—Perdón... Tranquilo, tranquilo... Estoy repasando las secuencias de las cámaras y parece ser que...

—¿Qué?

—Que alguien le ha hecho una visita. Un hombre, sí; bueno, luego lo podrá ver usted mismo. Un tipo bastante larguirucho con gafas oscuras y gorra ha estado husmeando por la finca. En dos ocasiones por lo que veo, aunque para poder darle algún otro dato tengo que estudiarlo con más detenimiento.

—¿Quién podrá ser?

—Bueno, mire, no es fácil decir nada concreto.

Jonas Anderberg pareció volver a estudiar las imágenes.

—Pero quizá... No, no lo sé... No, no debería sacar conclusiones tan precipitadas —continuó.

—Sí, por favor, hágalo. Necesito algo concreto. Aunque sea como pura terapia.

—De acuerdo. Lo que puedo decir es que hay al menos una circunstancia que es tranquilizadora.

—¿Y cuál es?

—Su forma de andar. Se mueve como un yonqui, como un chico que acabara de meterse un buen chute. Hay algo exageradamente afectado y rígido en su manera de moverse, lo que, por un lado, podría indicar que se trata de un drogata del montón, de un chorizo. Pero por el otro...

—¿Sí?

—Oculta su cara de un modo preocupantemente hábil. Y además...

Jonas se calló de nuevo.

—Siga.

—Espere.

—Me está poniendo de los nervios, ¿sabe?

—No es mi intención, pero me temo que...

Frans Balder se quedó helado: el ruido de un motor se aproximaba a su garaje.

—... que tiene visita.

—¿Y qué hago?

—Quédese donde está.

—De acuerdo —dijo Frans. Y se quedó, casi paralizado, en el sitio donde estaba, que era otro muy distinto al que Jonas Anderberg creía.

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