Nostalgia de la Feria del Libro

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Nostalgia de la Feria del Libro

Ahora hace un año que no voy a Panamá. En estas fechas se celebra la Feria Internacional del Libro, en Atlapa, un edificio del que sospecho está enfermo pero que, a pesar de todo, carga con los libros todos los años en una fiesta cultural que asombra a cualquiera.

Llena de niños, jóvenes y adultos; actos por doquier, simultáneamente, en varias salas llenas de gente; gente que acude nada más y nada menos que por curiosidad intelectual; gente que parece seguir divirtiéndose en torno a los libros y al hecho fulgurante de la lectura.

Llevo yendo a la FIL panameña más de cinco años seguidos. Ahí veo amigos, me entero de novedades, leo libros nuevos, me encuentro en cualquier rincón del Atlapa con la escritora Rosa María Britton y con la bibliotecaria María Majela Brienes, dos amigas integrales que han estado conmigo incluso cuando rumores de mala baba corrieron por las bocas sucias de gente en la que nunca debimos confiar; veo a los Morgan, de un lado para otro, siempre Juan David entre libros cuando él mismo puede ser objetivo de una novela.

Hay personajes de novela que viven cerca de nosotros, en nosotros mismos, y a veces no los vemos, casi nunca, quiero decir, que son personajes de novela, entre dramas, deseos, tragedias y privilegios.

Recuerdo que el año pasado, entre muchos actos muy agradables, un grupito de energúmenos mostró su desafecto hacia mí en un acto en el que se presentaba mi Réquiem habanero por Fidel, novela a la que meses más tarde otorgaron el reconocido premio literario Francisco Umbral.

Creo recordar que eran cuatro o cinco. Un dizque exembajador de Panamá en La Habana, una monjita de nacionalidad chilena de cuyo nombre no me acuerdo, Gaby, o algo así, y tres gorilitas de peso preparados para la pelea.

Eso en Cuba se llama “acto de repudio”, y sólo se lo hacen al acto y a la o a las personas a las que dan importancia desde el régimen cubano. Así que muchas gracias por el gesto.

Llegaron los bomberos primero, como si allí se le estuviera prendiendo fuego a otra cosa que no fuera la libertad de expresión (sí, claro que sí, el Che Guevara era un enfermo, un asesino asmático); después llegó la policía, para resguardarme y sacarme de la FIL protegido, no fuera a írseles la mano a los gorilas.

La cosa fue desagradable, las crónicas lo recogieron todo (menos Prensa Latina que mintió descaradamente, como suele hacerlo siempre, a disposición de la dictadura) en todos los periódicos de América Latina.

Cuando esa noche me retiré a mi habitación de hotel, reflexioné solo sobre el “acto de repudio” cubano a mi persona y a mi novela.

¡En la FIL de Panamá!, que hasta entonces era parte de mi casa y de mi amistad.

De todas formas, ya pasó todo. Solo pude darme cuenta de que tenía, también aquí, muy pocos amigos. La inmensa mayoría no intervino para separar a la gente de los gorilas, sino que se dedicó a ver el espectáculo, frivolizado hasta el ridículo por la monjita y los gorilitas cubanos, y por el embajador panameño, a quien sólo le faltaba un par de maracas en las manos para parecer un miembro suplente del celebrado trío Los Panchos.

El trabajo de este verano, en el que debí haber aprovechado el tiempo mucho mejor de lo que hasta ahora he hecho, me ha privado de asistir una vez más a la FIL. Y ahora, aquí, escribiendo esta nota, en mi casa de verano en la sierra de Madrid, siento la nostalgia de la FIL, los almuerzos con amigos importantes, las conversaciones políticas y literarias, mis viajes a Balboa, mis desayunos en el bulevar Balboa, en la misma orilla del Pacífico, mis guabinas en el Jimmy, y tantas otras cosas con las que Panamá demuestra ser uno de los grandes anfitriones de América Latina.

Ya estoy esperando que alguien me traiga desde la FIL la última novela de Rosa María Britton, una de las primeras escritoras que conocí en Panamá, con quien he hablado y discutido de todo, sin nunca haber entre nosotros la más mínima distancia en una amistad que se prolonga por muchos años ya.

Gracias a ella encontré en Panamá la pastilla exacta con la que duermo todos los días. Dicen que tumba a un caballo, yo duermo nueve horas con esa droguita todos los días y todos los días me levanto con un prozac que me pone de pie en el día que me toca vivir.

Hoy, por ejemplo: esta nota, ya lo dije, es nostálgica. Quería escribir más y mejor sobre Panamá, que crece en una de mis novelas, un texto que no le gustará a todo el mundo en ese país, pero que es un texto de amor por esta tierra que ahora celebra, con mi sentida ausencia, su gran fiesta del libro, la FIL de Panamá.

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