RECORRIENDO EL MUSEO DEL NOBEL EN LISBOA

‘Obrigado, José Saramago’

Saramago utilizó una situación inverosímil e improbable para dibujar una realidad creíble y lógica; ese sentido literario, su mordacidad, su sarcasmo y su sátira, lo convirtieron en uno de los inmortales de las letras.

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Luis Burón-Barahona • lburon@prensa.com

José Saramago pensó: “estamos ciegos”, y se sentó a escribir Ensayo sobre la ceguera. Según contó cuando recibió el Nobel de Literatura en 1998, “quería recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante”.

Su Ensayo sobre la ceguera trata sobre una casa, un país, la humanidad, que pierde repentinamente la vista y son sometidos a humillaciones y a ultrajes entre los rufianes ciegos y la minoría que aún puede ver.

La obra muestra el carácter novelístico de Saramago, quien en la mayoría de sus libros utilizó una situación inverosímil e improbable para dibujar una realidad creíble y lógica. Este sentido literario, sumado a su mordacidad, su sarcasmo y su sátira, lo convirtieron en uno de los inmortales de las letras.

En casi todos sus libros, el escenario es Lisboa, capital de Portugal. La muestra romántica, como en el El año de la muerte de Ricardo Reis, o caótica, como en La historia del cerco a Lisboa. La describe rebelde y anónima en el Ensayo sobre la lucidez, o familiar y entrañable en Viaje a Portugal. Visitar Lisboa es lo más próximo a la mente literaria de Saramago.

Sus calles empedradas coinciden con las descripciones del Nobel. Serpentean, suben y bajan, regalan vistas del río desde cualquier rincón inesperado. El viento se condensa entre las angosturas y empuja, el sol pica, y se siente un ambiente amodorrado. Muy cerca de la orilla del Tajo, a los pies de la ciudad vieja, está la Casa dos Bicos, que alberga la Fundación José Saramago. Para ser más precisos, no vayamos a despistar al lector, está en el barrio de Alfama, que aún presume de las características árabes de su fundación.

Al entrar al museo, el primer piso poco o nada tiene que ver con Saramago. Exhiben, a través de cristales, los robustos vestigios romanos. Hay también jarrones y algunos utensilios de pesca. Los rastros de una civilización.

El rostro delgado y redondeado de Saramago recién aparece en el segundo piso. La exposición comienza con incontables ediciones de todos los libros de Saramago. Hay en español, en árabe, en francés, alemán, inglés, con tapa dura, sin tapa dura, de bolsillo, de colección, lujosa. Las vitrinas también exhiben manuscritos, borradores y cartas del autor portugués. En las primeras paredes aparece un texto negro con fondo blanco sobre la vida del Nobel. Lo acompañan siluetas artísticas.

Siguen los libros, sigue la biografía. Al doblar la primera esquina se intensifica la cantidad de ediciones y de cartas, y aparece, majestuoso, un pequeño tributo a una de las obras más populares de Saramago: El evangelio según Jesucristo.

El libro narra la vida de Jesús de Nazareth, concebido de forma carnal entre María y José. Lo describe como un personaje inocente y reflexivo, a quien Dios visita varias veces y lo convence de morir en una cruz para garantizarle una religión. Narra, además, cómo la mayoría de los milagros de Jesús fueron simples audacias del protagonista, quien vivió gran parte de su vida con María Magdalena como marido y mujer. El texto desató polémica en su natal Portugal, principalmente por la Iglesia y los académicos literarios. A nivel artístico, significó una de sus más profundas narraciones, colmadas de reflexiones filosóficas sobre la vida y la humanidad.

En el museo aparecen tantas -tantas- ediciones de esta obra, acompañadas de un borrador de Saramago y un intercambio de cartas entre él y un miembro de los Premios Literarios, quien le anuncia que su obra ha sido vetada para considerarse en el certamen.

Del otro lado de la pared aparecen ya los últimos libros: Caín y El viaje del elefante. Un poco más allá hay una rendija desde la que se puede ver el escritorio que utilizaba Saramago para escribir. Es angosto, de tono café, y con una silla de respaldar de cuero. Está tenuamente iluminado y sobre él hay unas gafas, una máquina de escribir y un diccionario. Justo enfrente hay una foto de Saramago alrededor de un metro. Se ve a Saramago con una sonrisa disimulada. Viste de traje y lleva un arnés suicida en el que carga libros en lugar de bombas.

En el tercer piso está la biblioteca, donde venden libros, fotos, camisetas, videos, lápices, bolígrafos, etcétera. También hay una pequeña sala que reproduce algunos minutos de un documental sobre el amor entre Saramago y su esposa, Pilar, a quien el autor le dedica sus obras casi que de forma íntegra. En el cuarto y último piso hay un salón de eventos para presentar libros, principalmente. Al salir a la avenida, en este caso Alfandega, se vuelve a contemplar la eterna ciudad de Saramago. Apenas a unos pasos más allá, un frondoso olivo distingue el paisaje. Se trata de la tumba de Saramago, cuyas cenizas reposan entre las raíces de este árbol traído desde Santarém, su tierra natal.

Al continuar por las sinuosas calles de Lisboa, y sus escaleras, se adentra más en la mente de Saramago. Se camina sobre una cuesta empinada y tras una pequeña curva, una hermosa plaza con una fuente en el medio, o un parque sobre una terraza con vista a la ciudad entera. Un poco parecido al estilo de autor, quien construía delicadas escenas para luego darle un profundo matiz a través de un diálogo o una anécdota que sorprendía y que terminaba de mostrar a sus personajes. La ciudad da la impresión de echar de menos a uno de sus hijos más renombrados. Se le siente quieta, dormitada, con uno que otro cartel de fado, del castillo, del tranvía o de Saramago. Lo considera suyo, aun cuando Saramago se mudó a España en sus últimos años tras la polémica por su libro sobre Jesucristo.

Fue precisamente en España, en Las Palmas, donde Saramago falleció el 18 de junio de 2010. Lisboa, sin embargo, se logró despedir de su paladín. Al día siguiente de su muerte, amanecieron por toda la ciudad carteles de más de un metro de altura en el que el Nobel, en fotografía en blanco y negro, miraba hacia el horizonte con una sonrisa solapada. Abajo, en letras enormes, el sentir de millones: Obrigado, José Saramago.

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