UN SINFÍN DE CONSECUENCIAS

Once grados de separación

‘Eleven’ es una observación de la ley de causa y efecto desde un punto de vista muy humano y empático. Una serie de eventos fortuitos revelan las conexiones invisibles que pueden surgir entre 11 desconocidos.

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Vanessa Crooks • vcrooks@prensa.com

Hace algunos años descubrí el stand-up comedy (monólogos de comedia), gracias a un amigo, y enseguida sentí predilección por los comediantes británicos y su humor sarcástico y oscuro. Entre mis favoritos está Mark Watson, un joven de Bristol con un estilo sencillo y perspicaz de sacarle humor a lo cotidiano. Así que fue una grata sorpresa descubrir que Watson también es novelista. Me apuré a conseguir uno de sus libros por Amazon, esperando encontrarme con el humor afable que lo caracteriza. Sin embargo, me zambullí en una narración un tanto melancólica, pero agradablemente honesta.

En Eleven, publicada en 2011 por Scribner (Estados Unidos), Watson nos presenta a Xavier Ireland, un dj de una emisora londinense que presenta un programa muy popular transmitido en las altas horas de la noche. Su álter ego radial es excelente compañía y consejero para noctámbulos e insomnes que buscan a alguien que escuche sus problemas; no obstante, en su día a día ha aprendido a duras penas a mantenerse al margen de los conflictos ajenos. Su vida no es perfecta, pero es bastante idílica para sus propósitos: es atractivo, tiene un empleo que disfruta y goza de una especie de fama y notoriedad que a la vez le permite permanecer anónimo.

Al principio, Xavier parece un personaje algo abstracto, como si el autor estuviera reacio a dejar entrever demasiados aspectos de su personalidad para no tener que plasmar también sus faltas; pero a medida que se desarrolla la trama y a través de retrospectivas, el personaje se vuelve más humano. Lejos de ser el tipo que aparenta tenerlo todo bajo control, oculta un número de inseguridades que lo han llevado a una especie de doble vida. Poco a poco se revelan los hechos que le impulsaron a irse de Australia y comenzar de nuevo en Londres, para allí convertirse involuntariamente en el catalizador de otra serie de eventos.

El libro es un testimonio a la forma en que un simple hecho o una sencilla decisión puede desencadenar un efecto dominó. Watson hace un excelente trabajo de entretejer la vida de muchas personas, y las pequeñas y grandes consecuencias de cada acción (o falta de acción). A medida que las piezas van cayendo, el autor nos da un rápido, pero detallado vistazo de la vida privada de personajes cotidianos y aparentemente sin relación entre ellos; al igual que en la vida real, raramente somos conscientes de esas pequeñas conexiones.

Para un libro equivocadamente promovido como “gracioso”, resultaba difícil soltarlo por momentos, sabiendo que cada suceso, por más mundano que pareciera, podía llevar a algo más grande. Eleven no pretende ser una novela ambiciosa, ni siquiera explora un tema remotamente nuevo, pero hace la labor de recordarnos que desestimamos la influencia que podemos tener en la vida de los que nos rodean.

Aunque pueda resultar un tanto predecible, al final se da una especie de catarsis. Como concluye el personaje central, nada tiene realmente un fin porque cada final es simplemente el comienzo de algo más.

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