LA DELGADA LÍNEA ENTRE PODER Y CORRUPCIÓN

Orwell tenía razón

Un grupo de animales se rebela contra su granjero y establece un nuevo gobierno en el que todos serán iguales y los humanos no eran bienvenidos. Pero la codicia de un cerdo desafiará al Estado democrático.

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Orwell tenía razón

Luis Bellini

Por si no se enteró, en la reciente asamblea de medio año de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) se confirmó una vez más que la libertad de opinión y la democracia peligran cada vez más en la región. Ni qué hablar de los derechos humanos.

Con toda esta información y dolorosa realidad en la cabeza, cerró el círculo una frase que leí por ahí que decía que “vivir sin leer no es vivir” . O le dio sentido. Algo, hizo algo. El poder de un buen libro, pensé.

George Orwell publicó Rebelión en la granja (1945) en la misma época en las que nos limpiábamos las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Unos años después, en 1948, las Naciones Unidas adoptaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos: 30 artículos que confirmaban nuestra libertad de opinar, pensar, vivir, fallar, aprender, cuestionar.

Cuenta Orwell en su libro que un grupo de animales se cansó de su autoritario granjero y manifestó los cuestionamientos que tanto les atormentaban. Que era injusta la repartición de la riqueza y del alimento que ellos producían, por ejemplo. Las enseñanzas del cerdo Mayor, viejo líder y erudito del grupo, habían hecho efecto.

Tras derrocar al terrateniente Sr. Jones, ellos escribieron su lista de siete mandamientos. El último establecía que “todos los animales son iguales”. Tal como nosotros celebramos los nuestros aquel 10 de diciembre de 1948 en París, Francia.

“Y, sobre todas las cosas, ningún animal debe tiranizar a sus semejantes. Débiles o fuertes, listos o ingenuos, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animales son iguales”.

Punto de inflexión. La vida en esta granja ficticia que creó Orwell hace más de 60 años —sí, 60 años— se reorganizaba: había vencido la democracia. Qué palabra filosa, democracia. Como si solo el derecho al voto diera certeza de su condición.

Los animales eran libres al fin, todos por igualdad, colaborando por un bien común. Pero, como en toda sociedad, algunos sujetos son más inteligentes que otros. Más ambiciosos, más oportunistas, más codiciosos. Y en la granja socialista de Orwell, dos puercos descifraron el sistema. Uno para todos (Snowball); el otro para él (Napoleón). Rápidamente el panorama cambiará cuando el segundo de ellos se quedaría con el poder.

El nuevo líder resolvió que había que construir un molino para la sostenibilidad de la granja. Sería la obra insignia de la Granja Animal. Cada uno del grupo explotó sus virtudes, convencidos y comprometidos con el bien común. Aprovechando la distracción de la comunidad, Napoleón fue tejiendo una red de corrupción infalible, temerosa. Otro cerdo, Squealer, fue el encargado de persuadir a la población de que cualquier decisión del “líder Napoleón” era la correcta.

“Los cerdos eran los que siempre proponían las resoluciones. Los otros animales entendían cómo debían votar, pero nunca se les ocurrían ideas propias”.

Pasó el tiempo. La ignorancia del resto de los animales alimentó el poder de Napoleón. El que pensara distinto era amenazado, censurado, marginado. El que opinara, silenciado. Nadie anticipó una dictadura. Los derechos del pueblo se resquebrajaron, y se retrocedió al escenario cuando el Sr. Jones estaba al mando. Solo que ahora, la autoridad la ejercía —imponía— uno de ellos.

Napoleón había encontrado la forma de manipular cada uno de los siete mandamientos para hacer lo que quisiera, incluso lo que había perjurado no hacer: esa diferencia diametral entre el político que está en campaña electoral y el mismo sujeto cuando llega al poder.

Rebelión en la granja relata el nacimiento de una nueva república que venció a un tirano, pero que terminaría convirtiéndose en otro régimen autoritario: un análisis certero sobre cómo puede surgir la corrupción cuando se llega al poder o instala un nuevo gobierno. Por más que aquí se resuma de qué trata el libro, no pierda la oportunidad de leerlo. Los diálogos y los escenarios que presenta el autor son sinceramente imperdibles.

Como si se tratase de una adaptación del guion de la película Stranger than fiction (2006), Orwell escribió y relató hace 60 años las distintas aunque similares realidades que hoy viven diversos países del mundo. En la región, la SIP ya encendió la alarma: Orwell tenía razón.

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