Virgen de medianoche

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La Nicaragua de la juventud de Sergio Ramírez tenía una notable veneración por el cantante Daniel Santos. La Nicaragua de la juventud de Sergio Ramírez tenía una notable veneración por el cantante Daniel Santos.
La Nicaragua de la juventud de Sergio Ramírez tenía una notable veneración por el cantante Daniel Santos. Archivo

En mi novela Sombras nada más hay un episodio donde relato la excursión nocturna que un grupo de estudiantes hace por las cantinas y antros de León.

Una de las estaciones de ese recorrido es la 3066, llamada así por su número de teléfono, situada en el barrio de San Juan, y cuyo dueño era un chino algo melancólico.

En la roconola no faltaban los discos de La Sonora Matancera, cuyo solista más afamado era el puertorriqueño Daniel Santos.

Las muchachas, cuando no bailaban o acompañaban a los clientes en las mesas o se afanaban en complacerlos en los cuartos del traspatio, se sentaban en sillas playeras colocadas en fila contra las paredes, como en un velorio.

El chino solía filosofar sobre la legitimidad de los oficios que deparaba la vida, entre ellos el suyo, el que defendía con ardor ético.

Una noche de un año que debe haber sido 1962, Daniel Santos, que andaba de gira por Nicaragua, cantó en el 3066, lo que consigno también en mi novela, entreverado como un hecho real, porque fui testigo de aquel milagro inolvidable: el jefe en persona en aquel escenario sin fama donde lo rodeábamos sus devotos.

Canoso el bigote e hinchado de cuello y vientre de no poder anudarse la corbata ni abotonarse el saco, y en equilibrio precario frente al micrófono de pedestal, dejó retumbar su voz de alma en pena que cantaba Virgen de medianoche, mientras las señoras del pecado lloraban desconsoladas al escuchar aquel rezo de amor. Solo él podía cantarles su himno con semejante devoción.

En Managua había caído preso por escándalo en la vía pública, según el alegato oficial, pero en realidad por seducir a la mujer de un coronel de la Guardia Nacional, el ejército pretoriano de Somoza, según el dicho popular. Y ese mismo dicho sigue repitiendo que durante su cautiverio en las cárceles del Hormiguero compuso su célebre canción El Preso.

Todo eso fue también a dar a la novela. Pero uno miente con alevosía y ventaja en beneficio de la invención, pues cuando escribía Sombras nada más y le pedí información sobre Daniel Santos a su compatriota boricua, el escritor Edgardo Rodríguez Juliá, él me advirtió: “lamento informarte que no fue en una cárcel nicaragüense donde escribió esa canción, sino en la cárcel del Príncipe en La Habana. Para más detalles te tengo la sabiduría de Josean Ramos, quien fue secretario de Daniel en los años crepusculares del Jefe. Josean fue para Daniel lo que Eckermann fue para Goethe....”

Edgardo me puso en relación con Josean, quien de inmediato me envió su libro, El inquieto anacobero, donde explica el asunto de la prisión. Pero así y todo no cejé en mi mentira, porque de mentiras, ese tejido sutil que viste a los dioses, están hechas las novelas.

Y luego leí la novela de Josean, no menos aleccionadora, Vengo a decirle adiós a los muchachos; y aquí supera a Eckermann, quien nunca escribió una novela sobre Goethe.

Hace poco recibí un mensaje de Josean que me contaba de una edición conmemorativa de esa novela suya, “que se presentará en el Festival Amigos del Bolero de Manizales, dedicado a Daniel Santos; luego en Cali, Barranquilla y otros poblados… e incluirá unos cien manuscritos inéditos a puño y letra de Daniel, que iba escribiendo de barra en barra, de trago en trago… un ajuste de cuentas consigo mismo desde la intimidad de las cantinas…. tomando en cuenta tu devoción por el santo Daniel, así como sus vivencias en Nicaragua, donde padeció como Corretjer la fría soledad de las cosas tan lejanas, me encantaría incluir en esta edición un escrito tuyo sobre Daniel y lo que significó para tu generación…”.

Pues lo que significó para mi generación ya queda dicho. Las noches de peregrinaje por antros en penumbra, las luces tornasol de las roconola desde las que se alzaba la voz de este poeta maldito del Caribe, héroe de todas las batallas pendencieras y de todos los desvelos alcohólicos, que no cesa nunca de cantar para las vírgenes de medianoche que envejecen bañadas en lágrimas. Mientras amanece.

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