En mi biblioteca

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Orden en mi biblioteca hay sólo en unos pocos miles de libros que reposan en sus sitios exactos. Censados por orden alfabético de autores, encuentro con cierta facilidad los títulos que voy a buscar y que marcan referencia literaria en mi trabajo cotidiano de escritor. El resto de mi biblioteca es un desastre desde hace años: columnas de libros que sólo he ojeado en algunas ocasiones, libros que no deberían estar en el lugar que ocupan, nuevas columnas de libros que impiden llegar con facilidad a las ventanas de mi estudio, donde tengo la biblioteca.

Jesús Marchamalo, que tiene un programa espléndido de visitas a las bibliotecas de los escritores se ha quedado asombrado y perplejo al ver la mía, en la que para entrar hay que hacerlo con un plano en la mano para saber los caminos por los que hay que transitar sin riesgo de que una columna de libros se te venga encima. Tuve, le dije a Marchamalo, secretarios y asistentes de mi biblioteca, pero noté que me incomodaba su presencia cuando me ponía a escribir, que no me concentraba como debía y que aquel ser que estaba haciendo tanto bien al orden de mi biblioteca me estaba al mismo tiempo haciendo mucho daño a mí, a mi escritura. Porque nada me vuelve más feliz que escribir cuando estoy solo en mi casa, sin coger el teléfono ni abrir la puerta si el timbre suena. Nada ni nadie: yo solo conmigo mismo. Eso es fantástico.

Marchamalo me llamó también la atención por la cantidad de papeles sin orden que sobrevuelan las mesas en las que escribo. Me encogí de hombros y remití su memoria a una fotografía en la que Julián Marías aparece en su biblioteca personal como si acabara de caer sobre ella un terremoto de más de ocho en la escala más criminal del mundo. Le dije a Jesús que sé perfectamente dónde está cada papel que busco, pero es mentira: cuando busco papeles no los encuentro y cuando no los busco aparecen sin que yo los necesite. Así es la vaina.

Le expliqué a Marchamalo que hace años dejé de escribir por las noches porque me entraba, a partir de cierta hora, una inquietud que me metía el miedo en el alma. Soy de los que creen que ciertos libros tienen vida, mucha vida y mucha alma, y salen a airearse por la noche, por los alrededores de la biblioteca en la que duermen durante el día. Una noche estaba escribiendo como un poseso, movido por la pasión de la misma escritura literaria, y a la derecha de la biblioteca, desde un estante normal y corriente, se cayó un libro al suelo. “Ya empezamos”, me dije, nervioso. Lo malo no fue eso, sino que ese libro, un título de V.S. Naipaul, fue buscado por mí y por mi ayudante durante todo el día sin que nuestras pesquisas dieran con él. Y cuando el ayudante se retiró de mi casa y me puse a escribir solo, como mandan mis propios cánones, el libro que habíamos dado por perdido apareció. Era India, en una edición inglesa que yo había comprado en la plaza Indira Ghandi de Delhi en uno de mis viajes tras la historia de unos españoles asesinados y su posterior misterio sin resolver. La novela está ahí, intacta, cociéndose en la paciencia. A veces le echo un vistazo, otras veces no la toco durante meses, pero está ahí y un día saltará sobre mí como un tigre salvaje y me herirá hasta que termine de escribirla y darla a la imprenta.

Una biblioteca que se ocupe y en la que se trabaja activamente tiene vida, mucha vida y mucha alma. Esas bibliotecas huelen a respiración libresca y hay que tener cuidado con las costumbres de los libros que tienen su propia respiración y su propia existencia. Aparecen y desaparecen cuando les da la gana, según un escondido recorrido de sus vidas y llenan la biblioteca de misterios que laten en el interior del estudio.

Les confieso que no sólo he sentido miedo en mi biblioteca. Una vez, en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, tuve entre mis manos el manuscrito en tinta verde de Paradiso o lo que quedaba de él. Páginas y páginas fantásticas escritas en una letra clara por el Gran Tótem del festín habanero de la palabra, José Lezama Lima, que murió de pena y sin salir de Cuba sino una vez en su vida. Una voz interior me decía que me llevara aquel original, que lo robara; otra voz me advertía de que cámaras ocultas vigilaban cada uno de mis movimientos y pasos dentro del recinto del tesoro, donde sólo se escuchaban en esos momentos los zumbidos del viejo aparato de aire acondicionado de la biblioteca. Algunas veces, cuando estoy solo en mi biblioteca, reflexionado sobra la nada y la literatura, recuerdo aquel momento habanero junto al alma de Lezama Lima. A veces me arrepiento de no haberme llevado algún capítulo del manuscrito. Otras veces pienso que me salvé al aguantar la tentación...

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