El gran Caupolicán

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El gran Caupolicán

Lo conocí en mi primer viaje a Caracas, Venezuela, tras la muerte de Franco.

Era, con precisión, verano de 1976, y yo recalaba en mis tiempos libres en Sabana Grande, en un vértice de tragos del famoso Triángulo de las Bermudas, sitio —lugares: los vértices, las esquinas, los bares— frecuentado por escritores, profesores bohemios, políticos con vicio cotidiano de alcohol, y allí estaba el Gran Caupolicán Ovalles, llamado Padre de la Patria, a su vez presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela.

Esa misma mañana, me nombró socio de honor de esa misma asociación, y al día siguiente me trajo un papel firmado que lo atestiguaba. “Para que no te creas que son güevonadas mías, catire”, me dijo. Caupolicán vestía de negro de arriba abajo, con botas de caña corta, y gafas oscuras tras las que sus ojos, también negros, se reían después de hablar, abriendo él mismo la carcajada que provocaba a cada rato con sus mamaderas de gallo.

Se le llamaba el Padre de la Patria, porque había fundado en esos mismos predios de Sabana Grande una cosa llamada la República del Este, en oposición constante al Palacio presidencial de Miraflores, que estaba al oeste de Caracas. Había fundado también una revista con ese mismo nombre, República del Este, que financiaba un empresario de pompas fúnebres llamado Elías Vallés, que hacía todo lo que el Gran Caupolicán le decía. El poeta Ovalles tenía además un hermano, a quien yo conocí después, físicamente igual a él, pero un hombre verdaderamente serio y prudente, todo lo contrario que Caupolicán. Como pueden imaginarse se llamaba Lautaro.

Caupolicán Ovalles era un poeta que jugaba al escondite con palabras, inventos, sedimentos de memoria y sentimientos, hasta conseguir una poesía densa y al mismo tiempo limpia, constante y transparente, además de barroca y llena de metáforas. Curtido en mil batallas literarias y vitales, el Gran Caupolicán había conseguido un estatus ideal para su vida: que oficialmente el Gobierno venezolano de Carlos Andrés Pérez reconociera sus esfuerzos como presidente de la Asociación de Escritores Venezolanos, y le pasara un sueldo, además de gastos para los necesarios tragos.

La estancia de las tertulias en el Franco’s, El Vechio Moulino y la tercera esquina, el Camilo’s, se hacía eterna: se entraba por la mañana en uno de esos bares, se seguía al mediodía en otro, se terminaba en la tarde en el tercero y, cuando empezaba la noche, se recomenzaba el proceso y el itinerario se volvía a empezar hasta acabar la madrugada, ya sin brújula y con poco sentido. Por eso se le llamaba el Triángulo de las Bermudas: porque una vez dentro de él era muy difícil salir. A esas reuniones bulliciosas donde se discutía de todo, desde el chisme caraqueño hasta quién sería el próximo premio Nobel, asistían bellas y hermosas, inteligentes y elegantes mujeres que regían por un día la brillantez de los machos allí reunidos, luchando por demostrarles a esas mujeres quién era el más brillante, el más inteligente y el mejor de todos.

Quiero decirles que, por encima de otros talentos, el Gran Caupolicán brillaba con luz y voz propia, y con carcajada interminable hasta el amanecer. Caupolicán Ovalles estaba escribiendo eternamente una novela que se titulaba Yo, Bolívar, Rey, y en la que yo creí fielmente. Cuando se publicó vimos de nuevo ahí la fibra de poeta del Gran Caupolicán, aunque era sin duda una novela frustrada. Años después, se murió sin que yo haya todavía podido enterarme de qué exactamente. “Se enfermó y ya está”, me dijeron amigos comunes.

Desde mi último viaje a Venezuela, estoy advertido: junto a otros escritores, incluso ya fallecidos, Carlos Fuentes en este caso, y Sergio Ramírez, felizmente vivo, aparezco en una web chavista señalado como “republicano del Este”, “niño bien” que no me mancho las manos con el pueblo y esas mamarrachadas, borrachito de la literatura y amigo de los antichavistas. Es decir, un fascista. Así es la vaina. “Para nosotros es un honor”, me dijo Sergio Ramírez cuando nos vimos en la web chavista, buscados como repugnantes gusanos del mundo. Ahora, en esta madrugada de Madrid, tantos años después, se me aparece en mi biblioteca un ejemplar firmado de Yo, Bolívar, Rey, del Gran Caupolicán Ovalles, que ha dejado un vacío en Venezuela de gran tamaño y mayor ausencia. Recuerdo su franca y aniñada carcajada, sus interminables recitados de poemas de Lezama Lima, de Montejo, de Paz y Neruda. Nadie se le resistía al Gran Caupolicán. Pasó por la vida sin hacer demasiado daño, riéndose a carcajadas y escribiendo libros de poemas que él y algunos más creían que eran los mejores del mundo, mucho mejores que los que escribían sus conocidos poetas recitados.

Caupolicán, el Gran Caupolicán, su carcajada, su trago perenne, su voz en el poema, su humanidad en mi recuerdo.

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