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En las manos del lutier

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Bolívar Díaz fue técnico de soporte de Yamaha por 14 años y ahora tiene un taller de reparación de instrumentos musicales en La Nota y El Deportista. Bolívar Díaz fue técnico de soporte de Yamaha por 14 años y ahora tiene un taller de reparación de instrumentos musicales en La Nota y El Deportista.

Bolívar Díaz fue técnico de soporte de Yamaha por 14 años y ahora tiene un taller de reparación de instrumentos musicales en La Nota y El Deportista. Foto por: Roberto Cisneros

Aprender lo básico del oficio puede tomar un par de años. Aprender lo básico del oficio puede tomar un par de años.

Aprender lo básico del oficio puede tomar un par de años. Foto por: Roberto Cisneros

En las manos del lutier En las manos del lutier

En las manos del lutier

Herramientas. Muchas. Dispersas sobre la mesa, en cajones, en anaqueles y en cada espacio del taller. Bolívar Díaz las usa para limpiar y ajustar con precisión cada mínima dimensión de un clarinete.

Para que un instrumento recién estrenado o muy antiguo suene bien, debe pasar por sus manos o por las de otro especialista en el ajuste, mantenimiento y reparación de artefactos musicales. Un lutier, como lo define la Real Academia de la Lengua, como le llaman los propios artistas y como le conocen también aquellos ajenos al arte del pentagrama.

Aunque lo primero que hace Díaz al hablar de su oficio es aclarar que no se considera un lutier. Porque atrás en el tiempo, cuenta, la palabra lutier se empleaba para identificar a los maestros artesanos que construían los instrumentos con paciencia y pericia. Una faena distinta a la de restaurar y conservar en buen estado las herramientas que hacen posible que fluya la melodía.

EL OFICIO

No son muchos los que desempeñan esta función en Panamá. Músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional, docentes del conservatorio musical y directores de bandas artísticas lo tiene claro: lutieres o buenos técnicos reparadores de instrumentos, hay apenas un puñado.

Díaz, de 56 años, trabaja con instrumentos de viento y de percusión en su pequeño taller en La Nota y El Deportista en vía Israel. Algunos solo necesitan algo de mantenimiento y limpieza, mientras que otros requieren de intervenciones más profundas.

El proceso empieza con una evaluación del instrumento, se establecen los arreglos pertinentes, el costo y convienen una fecha para ejecutar el trabajo.

El instrumento se desarma en cientos de partes, se limpia cada pieza y se hacen los ajustes. Si no surge ningún inconveniente, en dos días estará listo el clarinete, saxofón o arma musical de turno. Reparar un daño complejo puede tomar cuatro o más días, apunta Díaz, que a diario atiende entre tres y cuatro instrumentos con la ayuda de Nathalie y Diego, sus dos jóvenes asistentes.

Mientras más pequeño sea el instrumento, más difícil es tratarlo. Igual si es muy antiguo, de esos que se conservan por el valor sentimental, apunta.

La humedad, tanto la ambiental como el constante uso, es el peor “veneno” para los instrumentos de metal, resalta.

Un mantenimiento de rutina puede costar más de 100 dólares y una reparación extrema superará los 300 dólares. Variables como el tipo, tamaño y estado del instrumento hacen muy relativo el precio.

Para atender cada caso, en el taller de Díaz hay gavetas repletas de limas, seguetas, aceites limpiadores, disolventes, goma, grasa, pintura, ácido acético, taladros, motores y decenas de herramientas especiales fabricadas por el propio Díaz. Son martillos, pinzas o sacabocados modificados con un torno para poner cada pieza en su lugar, como la barra de acero con una punta singular que Díaz toma para ajustar calibradores de flautas.

Nunca ha hecho un inventario, pero deben ser unas 500 herramientas, todas útiles para atender la demanda de músicos. La más pequeña puede ser una broca de 0.95 milímetros y la más grande es el torno de un metro.

VIDA MUSICAL

Díaz ha estado vinculado con la música desde pequeño. En sus años escolares, perteneció a las populares comparsas en Los Santos y en su natal Herrera y más adelante fue profesor de música, una profesión que lo llevó a convertirse en un técnico de reparación de instrumentos. Díaz comparte la historia: “Yo dirigía una banda infantil en Santiago, Veraguas, y compramos instrumentos a Yamaha, pero cuando los instrumentos necesitaron servicio técnico, en Yamaha me dijeron que no contaban con especialistas que dieran ese servicio en Panamá. Y los demandé por vender algo sin proporcionar un servicio técnico. Entonces Yamaha tuvo que enviar a varias personas de Latinoamérica para que se formaran en Japón y resulta que fui uno de los elegidos”.

Díaz no dudó en tomar la oportunidad y recibió el curso en Japón junto a un colombiano, un costarricense y un peruano. Y fueron los japoneses los que le enseñaron a fabricar sus propias herramientas. “¿Venden esta herramienta en Panamá? ¿Tienes dinero para comprarla? Entonces mejor usa el ingenio para confeccionar una que funcione”, le dijeron.

Por ello Díaz tomó un curso de tornería antes de ser uno de los técnicos de Yamaha para Latinoamérica, un cargo que desempeñó por casi 14 años. Fueron años de constantes viajes por toda la región reparando instrumentos y formando los futuros técnicos en diferentes países. “Vi el hielo polar del Norte y otro año vi el hielo del Sur, reparando instrumentos. No hay grandes ni pequeñas profesiones, la diferencia es si se hace con pasión o no”.

En ese ir y venir por el continente, Díaz puedo ver cómo en regiones muy apartadas, con recursos escasos, proyectos musicales lograban cuajar pese a las adversidades, empujados por la pasión de los docentes y el talento de sus estudiantes. Lecciones de vida, destaca.

Cuando la etapa con Yahama terminó, Díaz estableció su taller primero en Santiago, Veraguas, y hace unos años lo mudó a la capital panameña para estar más cerca de la mayoría de sus clientes, entre los que se pueden contar miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional, docentes del Conservatorio Nacional, los jóvenes de la Fundación Danilo Pérez como los saxofonistas Luis Carlos Pérez o Carlos Agrazal, y artistas de trayectoria internacional como el trompetista Vitín Paz, que siempre llega para tener sus instrumentos al día y compartir historias y tomar un buen café. “Le tenemos andando sus instrumentos de milagro, son bastante veteranos”, bromea.

No hay una universidad en la región para graduarse de técnico de reparación de instrumentos o lutier. Además del curso que tomó en Japón, Díaz conoce de alternativas formativas de calidad en Inglaterra. Por tanto, el técnico de instrumentos seguirá siendo un oficio para unos pocos que lo aprendan de un maestro y lo transmitan a las siguientes generaciones.

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