literatura

Lo nuevo de Paula Hawkins

Este es un fragmento del nuevo libro ‘Escrito en el agua’ de la periodista y escritora Paula Hawkins, también autora de ‘La chica del tren’.

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Paula Hawkins nació en Harare, Zimbabue, y también tiene la nacionalidad británica. CORTESÍA Paula Hawkins nació en Harare, Zimbabue, y también tiene la nacionalidad británica. CORTESÍA

Paula Hawkins nació en Harare, Zimbabue, y también tiene la nacionalidad británica. CORTESÍA Foto por: Planeta

Imagen de la presentación de la obra ‘Escrito en el agua’. CORTESÍA Imagen de la presentación de la obra ‘Escrito en el agua’. CORTESÍA

Imagen de la presentación de la obra ‘Escrito en el agua’. CORTESÍA Foto por: Planeta

2015. Jules. Querías decirme algo, ¿no? ¿Qué era? Tengo la sensación de que me desconecté de esta conversación hace mucho tiempo. Perdí la concentración, estaba pensando en otras cosas, preocupándome de mis asuntos, dejé de escucharte y perdí el hilo. Bueno, ahora ya tienes mi atención. Pero no puedo dejar de pensar que me he perdido algunas de las cuestiones más significativas.

Cuando han venido a decírmelo me he enojado. Al principio me he sentido aliviada, pues cuando dos agentes de policía aparecen en la puerta de tu casa justo cuando tú estás buscando el boleto del tren para salir e ir a trabajar, temes lo peor. He temido que le hubiera sucedido algo a alguien que me importara: mis amigos, mi ex, la gente con la que trabajo. Pero no tenía nada que ver con ellos, me han dicho, sino contigo. De modo que, por un momento, me he sentido aliviada, y luego me han contado lo que había pasado, lo que habías hecho, que te habías arrojado al agua, y me he sentido furiosa. Furiosa y asustada.

He comenzado a pensar en lo que te diría cuando llegara, pues sabía que lo habías hecho para fastidiarme, para molestarme, para asustarme, para desestabilizar mi vida. Para llamar mi atención y llevarme de vuelta allí adonde querías que estuviera. Pues aquí lo tienes, Nel, ya lo has conseguido: estoy en el lugar al que nunca quise regresar para ocuparme de tu hija y para tratar de poner orden en el maldito lío que has organizado.

Lunes, 10 de agosto. Josh. Algo me ha despertado. Cuando me he levantado de la cama para ir al cuarto de baño he visto que la puerta del dormitorio de mamá y papá estaba abierta y, al mirar dentro, me he dado cuenta de que mamá no estaba en la cama. Papá estaba roncando como siempre.

El despertador indicaba que eran las 4:08. He supuesto que mamá debía de haber ido a la planta baja. Le cuesta dormir. Últimamente les cuesta a ambos, pero él toma unas pastillas tan fuertes que uno podría acercarse a su cama y gritarle al oído y no conseguiría despertarlo.

He ido a la planta baja procurando no hacer ruido porque por lo general enciende la televisión y se queda dormida viendo esos anuncios realmente aburridos sobre máquinas que lo ayudan a uno a perder peso o a limpiar el suelo o a cortar los vegetales de muchas formas distintas. Pero la televisión no estaba encendida y ella no se encontraba en el sofá, de modo que debía de haber salido de casa.

Lo ha hecho algunas veces. Pocas, que yo sepa, aunque tampoco puedo estar al tanto de dónde se encuentra todo el mundo a cada momento. La primera vez me dijo que solo había ido a dar un paseo para aclararse la cabeza, pero hubo otra mañana en la que me desperté y, al mirar por la ventana, vi que el coche no estaba estacionado donde solía.

Seguramente va a dar paseos a la orilla del río o a visitar la tumba de Katie. Yo lo hago de vez en cuando, aunque no en mitad de la noche. Me daría miedo hacerlo en la oscuridad y, además, me sentiría raro, pues eso es lo que hizo la propia Katie: se levantó en mitad de la noche y fue al río y ya no volvió. Aun así, comprendo por qué lo hace mamá: es lo más cerca de ella que puede estar en la actualidad, aparte de, tal vez, sentarse en su dormitorio, otra cosa que sé que en ocasiones hace. El dormitorio de Katie está al lado del mío y a veces puedo oír llorar a mamá.

Me he sentado en el sofá para esperarla, pero debo de haberme quedado dormido porque cuando he oído la puerta ya había luz fuera y, al mirar el reloj de la repisa de la chimenea, he visto que eran las siete y cuarto. He oído cómo mamá cerraba la puerta tras de sí y luego subía corriendo la escalera.

La he seguido al piso de arriba y me he parado delante de su dormitorio, mirando a través de la puerta entreabierta. Ella estaba de rodillas junto a la cama, en el lado de papá, y tenía el rostro enrojecido como si hubiera estado corriendo. Con la respiración jadeante y sin dejar de sacudirle el hombro, ha dicho:

- Alec, despierta. Despierta ya. Nel Abbott está muerta. La han encontrado en el agua. Se ha arrojado.

No recuerdo haber dicho nada, pero debo haber hecho algún ruido, porque ella se ha volteado hacia mí y se ha puesto de pie.

- ¡Oh, Josh! -ha exclamado acercándose a mí-. Oh, Josh...

- Las lágrimas han comenzado a caer por su rostro y me ha abrazado con fuerza. Cuando me he apartado de ella todavía estaba llorando, pero también sonreía-. Oh, querido- ha dicho.

Papá se ha incorporado en la cama, frotándose los ojos. Le cuesta horrores despertarse del todo.

- No lo entiendo. ¿Cuándo...? ¿Quieres decir anoche? ¿Cómo lo sabes?

-He salido a comprar leche -ha respondido ella-. Todo el mundo estaba comentándolo... en la tienda. La han encontrado esta mañana. -Se ha sentado en la cama y ha empezado a llorar otra vez.

Papá le ha dado un abrazo, pero ella estaba mirándome a mí, y él tenía una extraña expresión en el rostro.

-¿Adónde has ido? -le he preguntado yo-. ¿Dónde has estado?

-A comprar, Josh. Acabo de decirlo.

«Estás mintiendo -he querido contestarle-. Has estado fuera varias horas. No has ido a comprar leche». He querido decirle eso pero no he podido, porque mis padres estaban sentados en la cama mirándose entre sí, y parecían felices.

Martes, 11 de agosto. Jules. Lo recuerdo. Cojines apilados en el centro del asiento trasero del cámper para delimitar la frontera entre tu territorio y el mío, de camino a Beckford para pasar el verano, tú nerviosa y excitada -te morías de ganas por llegar-, y yo con el rostro verde a causa del mareo e intentando no vomitar.

No es solo que lo haya recordado, es que además lo he sentido.

Esta tarde he sentido ese mismo mareo mientras iba encorvada sobre el volante como una anciana, conduciendo rápido y mal, desplazándome al centro de la carretera al tomar las curvas, frenando con excesiva brusquedad, corrigiendo el rumbo cada vez que veía un coche en dirección contraria. He notado esa cosa, esa sensación que tengo cuando veo una camioneta blanca viniendo en sentido contrario por una de esas estrechas carreteras y pienso: «Voy a dar un volantazo, voy a hacerlo, voy a invadir su carril. No porque quiera, sino porque debo hacerlo», como si en el último momento perdiera la voluntad. Es como esa sensación que una tiene cuando se acerca al borde de un precipicio o del andén de una vía de tren y nota que la empuja una mano invisible. ¿Y si...? ¿Y si diera un paso adelante? ¿Y si girara el volante? (Al fin y al cabo, tú y yo no somos tan distintas.)

Lo que me ha sorprendido es lo bien que lo he recordado.

Demasiado bien. ¿Cómo es que puedo recordar con semejante perfección las cosas que me sucedieron cuando tenía ocho años y, en cambio, me resulta imposible recordar si he hablado o no con mis colegas sobre el cambio de fecha de la evaluación de un cliente?

Las cosas que quiero recordar se me olvidan, y las que intento olvidar no dejan de acudir a mi mente. Cuanto más me acercaba a Beckford, más incontestable se ha vuelto eso, y el pasado, sorprendente e ineludible, ha salido disparado hacia mí como los gorriones de un seto.

Toda esa exuberancia, ese increíble verde, el reluciente e intenso amarillo de la aulaga de la colina, ha penetrado en mi cerebro y ha traído consigo un torrente de recuerdos: papá llevándome al agua cuando yo tenía cuatro o cinco años; tú saltando de las rocas al río, cada vez desde más y más altura; pícnics en la arenosa ribera de la poza; el sabor de la crema de protección solar en la lengua; ese gordo pez café que pescamos en las lentas y cenagosas aguas que hay río abajo, más allá del Molino; tú regresando a casa con un hilo de sangre en una pierna tras haber calculado mal uno de esos saltos y, después, mordiendo un trapo mientras papá te limpiaba el corte porque no ibas a llorar, no delante de mí; mamá ataviada con un vestido veraniego de color azul celeste, descalza en la cocina, preparando avena para desayunar, con las plantas de los pies de un oscuro y herrumbroso color café. Papá sentado en la ribera del río, dibujando. O, más adelante, cuando éramos algo mayores, tú vestida con unos shorts y la parte de arriba de un bikini bajo la camiseta, escapándote de noche para ver a un chico. No uno cualquiera, sino el chico. Mamá, más delgada y frágil, durmiendo en el sillón de la sala, papá desapareciendo para dar largos paseos con la esposa del pastor, rolliza, pálida y usando una pamela. Recuerdo también un partido de fútbol.

Los calientes rayos del sol sobre el agua, todas las miradas sobre mí y yo parpadeando para contener las lágrimas, con sangre en los muslos y las risas de los demás resonando en mis oídos. Todavía puedo oírlas. Y, por debajo de todo eso, el rumor de la corriente.

Estaba tan profundamente absorta en esas aguas que no me he dado cuenta de que había llegado. Ahí estaba, en el corazón del pueblo. Había sucedido tan de repente como si hubiera cerrado los ojos y me hubieran trasladado por arte de magia y, cuando he querido darme cuenta, estaba recorriendo despacio sus estrechas calles repletas de vehículos cuatro por cuatro y atisbando con el rabillo del ojo las fachadas de piedra y los rosales, avanzando en dirección a la iglesia, en dirección al viejo puente, con cuidado ahora. He mantenido los ojos puestos en el asfalto y he intentado no mirar los árboles ni el río. He intentado no hacerlo, pero no he podido evitarlo.

Tras estacionarme a un lado de la carretera y apagar el motor, he levantado la mirada. Ahí estaban los árboles y los escalones de piedra, cubiertos de musgo verde y resbaladizos a causa de la lluvia. Se me ha puesto la piel de gallina. Y he recordado esto: la lluvia glacial cayendo sobre el asfalto, unas centelleantes luces azules compitiendo con los relámpagos para iluminar el río y el cielo, nubes de aliento formándose delante de unos rostros asustados y un niño pequeño, pálido como un fantasma y que no deja de temblar, subiendo los escalones en dirección a la carretera de la mano de una mujer policía que tiene los ojos abiertos como platos y voltea la cabeza a un lado y a otro mientras llama a alguien a gritos. Todavía puedo sentir lo que sentí esa noche, el terror y la fascinación. Todavía puedo oír tus palabras en mi cabeza: «¿Qué debe de sentirse al ver morir a tu propia madre? ¿Puedes imaginártelo?». He apartado la mirada y, tras arrancar de nuevo el coche, he vuelto a la carretera y he cruzado el puente donde el carril da la vuelta. He esperado la llegada de la curva. ¿En la primera a la izquierda? No, en esa no, en la segunda. Ahí estaba, esa vieja mole de piedra, la Casa del Molino. Sintiendo un escozor en la fría y húmeda piel y con el corazón latiéndome peligrosamente rápido, he cruzado la reja abierta y he enfilado el camino de entrada. Había un hombre mirando su celular. Un policía uniformado. Se ha acercado al coche y yo he bajado la ventanilla. -Soy Jules -he dicho-. Jules Abbott. Soy... su hermana.

Fragmento del libro Escrito en el agua de Paula Hawkins (Planeta, 2017). Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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