El 7 es el número de suerte de Stallone

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Adonis Johnson quiere seguir los pasos de su padre, el campeón del mundo de los pesos pesados Apollo Creed. Para ello busca al mejor consejero: Rocky Balboa (Sylvester Stallone). Adonis Johnson quiere seguir los pasos de su padre, el campeón del mundo de los pesos pesados Apollo Creed. Para ello busca al mejor consejero: Rocky Balboa (Sylvester Stallone).

Adonis Johnson quiere seguir los pasos de su padre, el campeón del mundo de los pesos pesados Apollo Creed. Para ello busca al mejor consejero: Rocky Balboa (Sylvester Stallone).

Stallone recibió por su actuación en ‘Creed’ un Critics Choice Awards y un Golden Globes. Stallone recibió por su actuación en ‘Creed’ un Critics Choice Awards y un Golden Globes.

Stallone recibió por su actuación en ‘Creed’ un Critics Choice Awards y un Golden Globes.

Creed cumple con las reglas que exige un spin-off respetable, y en varias de sus secuencias también reúne las características de una secuela en toda regla.

Aunque si se mira con mayor cuidado, uno descubre que es una estrategia de mercadeo para no titular el filme como lo que debe ser: Rocky 7.

Sí, este drama deportivo es sobre Adonis Johnson (Michael B. Jordan), el problemático e inestable hijo del legendario boxeador Apollo Creed (Carl Weathers), pero detrás de él está siempre la inmensa sombra de Rocky Balboa (Sylvester Stallone) .

Cuando el metraje avanza descubrimos la segunda lectura: el joven púgil decide seguir los pasos profesionales de su progenitor, y entre tantas ciudades de Estados Unidos, qué casualidad que se enfila rumbo a Filadelfia, donde Apollo se enfrentó a Rocky en dos ocasiones y este último abrió un restaurante.

Además, Adonis asiste al gimnasio donde alguna vez entrenó Rocky y después de rogarle una y otra vez recibe algunas lecciones del maestro mientras este descarga comestibles que usará en su establecimiento.

Después de mucha insistencia, como suele ocurrir, Adonis logra tener a Rocky en su esquina cuando decide ser un estelar de una pelea mediática.

Claro que Stallone cuida a su gallina de los huevos de oro y trata de no robarle demasiado protagonismo al aspirante a ser el nuevo rey de los pesos pesados, y de paso, de ser posible, del cine industrial de Hollywood.

Quizás Stallone lo hace porque piense que Creed dé para una o dos entregas más, ya que ganancias ha logrado: costó 35 millones de dólares y hasta ahora ha obtenido de vuelta 161 millones de dólares.

Creed es una forma de darle continuidad a un papel icónico en la débil hoja de vida artística de Stallone, plagada de secuelas y producciones deficientes que le han otorgado ocho premios Razzie a lo peor del cine.

Además, Creed es una manera de devolver a la pantalla grande a un personaje querido por los cinéfilos estadounidenses mayores de 35 años, en particular a los que gustan de los deportes.

No por menos, el 68% de toda la boletería se consiguió en la unión americana.

Creed tiene otro astuto gancho comercial: es un producto de transición que parece nuevo, aunque su base sea un material audiovisual ya establecido.

Al darle presencia a un personaje más juvenil que su Rocky Balboa, Stallone atrae a una nueva generación de espectadores de cine que no creció viéndolo arriba de un ring tirando y recibiendo golpes.

O sea, conquista a viejos conocidos y alcanza a una nueva audiencia. En pocas palabras, Creed es un negocio redondo en un Hollywood que usa y vuelve a utilizar lo ya conocido, en aras de mantener un pacto con la repetición, y como veremos más adelante, eso sigue gustando.

VIEJOS FORTACHONES

La generación interpretativa de Sylvester Stallone pisa suelo minado desde que el calendario ha derribado sus cuerpos diseñados a punta de entrenamientos y una que otra ayuda extra.

Su fortuna, fama y popularidad las consiguieron con protagónicos de películas de acción, varias de ellas sin justificación argumental, entre la década de 1980 e inicios de la de 1990, cuando la era presidencial Bush-Reagan promovió un séptimo arte violento, agresivo y que respondía a los acordes del himno del Partido Republicano.

¿Qué pasa cuando estos intérpretes ya no tienen el cuerpo ni las energías para vencer a los viejos fantasmas de la ya anticuada Guerra Fría? ¿Qué ocurre cuando el público que creció con ellos solo los desea ver en sus rudos papeles que les dieron un lejano brillo?

Como ya no está para muchos trotes, Stallone “solo” hizo cuatro entregas de Rambo (entre 1982 y 2008). “¿Qué otro reto haré?”, quizás se preguntó un día el fortachón.

La solución la tuvo en un instante de ingenio: aprovechar su nombre dentro del género de los tiros y las bombas y darle cuerda al reloj de la nostalgia, un recurso que siempre atrae a la gente al consumo inmediato, por aquello de que todo tiempo pasado fue mejor.

Para rentabilizar su antiguo esplendor se le ocurre crear la saga Los mercenarios, y en cada nueva entrega le da empleo a otros astros cuyas carreras están cercanas a la decadencia.

Estrellas con poca luz que solo saben golpear a los demás en aras de la paz y que no logran tan jugosos salarios como en tiempos pasados, ni tampoco conectan hits en la taquilla mundial como hace 40 años.

Así, Stallone ha convocado en las tres primeras Los mercenarios a Jason Statham, Dolph Lundgren, Jean-Claude Van Damme, Bruce Willis, Jet Li, Arnold Schwarzenegger, Chuck Norris, Harrison Ford, Mel Gibson...

Para 2017 se espera el estreno de Los mercenarios 4.

EL NÚMERO 7

Las séptimas partes estuvieron de moda en la meca del cine a lo largo de 2015.

Junto a Creed también se estrenó el año pasado otro séptimo capítulo de un título que pertenece a otro miembro del olimpo de las franquicias de Hollywood: Star Wars, cuya The Force Awakens está a punto de alcanzar los dos mil millones de dólares en venta de tiquetes alrededor de la Tierra.

Ambas tienen en común que fueron firmadas por directores de calibre.

Mientras que la casa Disney le pidió a J.J. Abrams que tomara las riendas de The Force Awakends, Creed la firma Ryan Coogler, quien sorprendió con el drama racial Fruitvale Station (2013), que en el Festival de Cine de Sundance se quedó con los premios de película y premio del público.

Hay otra prueba de que las secuelas con el citado número mágico fueron rentables en el planeta en 2015: Furious 7, que no solo hizo mil 516 millones de dólares a nivel global, sino que también superó la convocatoria de otras aventuras de vehículos veloces, a cargo de Dominic Torreto y Bria.

Las tres sagas buscan la manera de mantener sus lazos con el pasado, pero tratando siempre de tener un perfil propio a futuro.

Por eso, de forma paulatina, las siguientes Star Wars dependerán cada menos de Luke Skywalker y Leia, y más de los Rey y Finn venideros.

Stallone se acomodará en el papel de secundario casi tan importante como el central en las posibles Creed.

Y bueno, Vin Diesel, Dwayne Johnson y Michelle Rodríguez deben demostrar que pueden cosechar muchos billetes fuertes ellos solitos ahora que, espero, no encuentren otra forma de aprovecharse de la ausencia de Paul Walker.

CAER Y LEVANTARSE

Si bien Creed no alcanza la vitalidad y la fiereza que nos brindó Fruitvale Station, hay que admitir que sí mantiene a flote una historia que va en decadencia entrega tras entrega.

¿Por qué? Tanto Creed como la primera Rocky (1976) se concentran en el devenir de boxeadores jóvenes y desconocidos que necesitan de una figura paterna externa que encamine todo su potencial físico.

Aunque están huérfanos de pedigrí, tanto Balboa como Adonis logran una oportunidad de vencer en una gesta deportiva que a cualquier otro le sería imposible de alcanzar de una forma tan rápida.

Los dos personajes, en sus respectivas primeras entregas cinematográficas, no alcanzan sus sueños, aunque por poquito sí.

Tanto Creed como Rocky vuelven a recordarnos los paralelismos que existen entre lo que ocurre en un cuadrilátero y en la vida. En cada terreno hay la posibilidad de vencer o perder ante tu rival, y de dar o recibir un golpe de tu oponente.

Tanto arriba del ring como en la existencia cotidiana los logros se obtienen con dosis de entrenamiento, práctica y sufrimiento, y a punta de esfuerzos, perseverancia y resistencia.

Si Ryan Coogler hubiera tenido el control total de Creed, un proyecto por encargo que hizo con destreza, como sí lo tuvo su colega Darren Aronofsky en la muy superior The Wrestler (2008), una visión más cruda de una luminaria deportiva sin destellos, el regreso de Rocky Balboa tendría más sabor a gloria.

Aunque suene extraño, la felicidad y el triunfo no son motores dramáticos que valgan la pena, y eso se sabe desde los tiempos de los sabios griegos. Dicho esto, lo que le hace falta a Creed es explorar más los derroteros de la derrota.

Sí, un veterano Rocky Balboa lucha con el cáncer, pero todo indica que lo vencerá para estar listo para una posible continuación. Y sí, por 10 segundos Adonis estuvo a punto de quedarse con la victoria, pero aún así Stallone no iba a permitir que a su personaje estrella lo asociaran con un perdedor, y por eso su Rocky carece de la dimensión shakesperiana que le sobraba al luchador Randy The Ram Robinson (Mickey Rourke) en The Wrestler.

La Rocky de 1976 estuvo nominada a 10 premios Óscar y al final de la ceremonia se quedó con las categorías de película, director y edición.

Si bien Stallone fue distinguido con dos nominaciones como actor principal y guionista, se fue sin nada.

Después, las siguientes Rocky fueron de mal a peor hasta que llegó la destacable Creed.

Ahora parece que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas quiere pedir perdón por lo que pasó en 1976 y desea darle, de forma algo forzada, una estatuilla dorada a Sylvester Stallone, una especie de Óscar honorífico.

Claro que tuvo un desempeño óptimo Stallone en Creed, pero sería pasar por encima de otros colegas suyos que se lo merecen más en la categoría de mejor actor secundario: Christian Bale (The Big Short), Tom Hardy (The Revenant), Mark Ruffalo (Spotlight) y Mark Rylance (Bridge of Spies).

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