semblanza

Los papeles de Margot

Una semblanza sobre la reconocida bailarina británica Margot Fonteyn y su última etapa por Panamá, país donde murió el 21 de febrero de 1991.

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Margot Fonteyn, maestra de la danza mundial.LA PRENSA\Archivo Margot Fonteyn, maestra de la danza mundial.LA PRENSA\Archivo
Margot Fonteyn, maestra de la danza mundial.LA PRENSA\Archivo

A partir de marzo de 1993, la estación seca en Panamá, coincidiendo con el nacimiento de nuestro primer nieto Gabriel, emprendimos mi esposa y yo una incesante actividad para obtener un lote de terreno que nos permitiera cumplir nuestro viejo y anhelado deseo de tener un lugar frente al océano para contemplarlo, escuchar el ruido de las olas y disfrutar de sus aguas. Para estar inmersos, como decía André Malraux, en las voces del silencio.

Viajábamos con ese propósito todos los fines de semana lo largo del litoral Pacífico entre Gorgona y Juan Hombrón, una franja de playas de cerca de 50 kilómetros de extensión. Visitábamos los lotes que eran ofrecidos por los anuncios de los periódicos o por referencias directas en la carretera. La primera reacción fue comprobar que algunas supuestas maravillas al lado del mar eran verdaderos espacios selváticos donde solo faltaba encontrar leones y tigres. En otros seguramente dábamos a los vendedores una sensación de millonarios venidos de la ciudad capital, porque pedían precios exageradamente altos.

En esos esfuerzos estábamos cuando un día entramos a la población de El Higo, en el distrito de San Carlos, y camino de la playa nos encontramos con una amplia casa de estilo campesino, con espaciosos portales, horcones de madera, techo de tejas y amplias habitaciones que se podían ver desde las puertas abiertas. Preguntamos por el propietario al encargado, quien dijo ser el ingeniero Quintero, y nos informó que era la residencia de la señora Margot Fonteyn, fallecida dos años antes. Sus dueños le habían puesto por nombre La Quinta Pata. Conmovidos por estar visitando involuntariamente la morada de tan venerada artista, obtuvimos del encargado permiso para recorrer la casa.

Nos quedamos buen rato en el dormitorio que disponía de una amplia cama, una mesita de noche y las facilidades sanitarias anexas.

Comenzamos a ver libros y documentos tirados en el piso, algunos ya deshojándose, a merced de la brisa que entraba libremente por los amplios portalones. Sin pedir permiso a Quintero comenzamos a recoger los documentos y a colocarlos en la mesita. Cada uno era para nosotros fuente de inmensa emoción y perplejidad. Aquí, dedicadas de su puño y letra, la autobiografía de Igor Stranvinski (sí, ese mismo genio de la música), la foto de Rudolf Nurevev, la partitura del Concierto para Cello de sir Edward Elgar.

Allá, una fotografía de sir George Solti, una partitura de Zoltan Kodaly, un álbum de Dame Ninette de Valois, todos con cariñosas dedicatorias en diversos idiomas. Más allá, autografiados, un libro de sir Frederick Ashton, una foto de Leonard Bernstein y otra de Yehudi Menuhin y Roland Petit. La foto de Winston Churchill. Y otros documentos, aproximadamente, 15 en total, cuyos detalles no recordamos, pero que presumimos de igual distinción y grandeza por parte de sus autores. Acabamos esa labor, colocamos todo ese material con fervor casi religioso y allí los dejamos medianamente ordenados. Partimos hacia la playa con Quintero para ver los lotes en venta.

Margot Fonteyn fue una gran estrella del ballet, “prima ballerina assoluta” del Ballet Real de Londres, artista de categoría y fama mundial y dama del imperio británico. Casada con el abogado y diplomático panameño Roberto Tito Arias, paralítico de por vida a consecuencia de un atentado por razones políticas, vino a vivir con él a Panamá y a atenderlo en su condición de parapléjico. Ya fallecido Tito, ella siguió viviendo en la finca de El Higo hasta su deceso en enero de 1991. Supimos que poco tiempo después de nuestra visita la finca fue adquirida por inversionistas colombianos.

Durante mucho tiempo he pensado si hice bien en dejar los documentos y no habérmelos llevado conmigo. Salimos de la casa convencidos de que el descuido y el viento darían buena cuenta de ellos en breve plazo. Esa dulce, pero incesante duda me acompaña desde aquella fecha de 1993.

Durante mis visitas posteriores a Londres, cuando me he parado frente al inmenso e impresionante retrato de dame Margot que preside y domina el vestíbulo del Teatro de Covent Garden, sede del Ballet Real, la he mirado una y otra vez a los ojos. Dígame, dame Margot, ¿hice mal en dejar sus libros tirados? Ars longa. Dígame, ¿hice bien en no llevar los libros conmigo? Vita brevis. No ha querido contestarme. Se queda mirándome, como diciendo que ya nada puede hacer y que esa pregunta debo contestarla yo mismo.

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