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Bicicletas y coches modernos coparon los predios del parque de San Francisco. En las oficinas del Diario de Panamá se iba a escoger a la reina del Carnaval. Y proclamaron a Manuelita Vallarino como la soberana del primer Carnaval oficial de la ciudad.

Era el año 1910 y un puñado de prominentes hombres de la sociedad local se unió y formó la primera Junta del Carnaval para celebrarlo con reinas, comparsas, desfiles y donaire.

La idea fue de Juan B. Sosa, concejal del distrito de Panamá, y José Mistelli fue el primer presidente de la junta organizadora.

Todo se hizo muy rápido, sobre la marcha; a medida que avanzaban los días de la fiesta se preparaban las actividades.

El 5 de febrero fue Sábado de Carnaval.

Uno de los primeros puntos del programa fue el paseo de la nueva reina acompañada de su corte: damas princesas y edecanes.

Se prohibieron los fuegos artificiales. En su lugar, lluvia de serpentinas y confeti para celebrar a Manuelita Vallarino, “niña de belleza extraordinaria y perteneciente a una de las familias de mejor posición social y más rancio abolengo”, describe el artículo “Breve historia del Carnaval panameño”, de Guillermo Andreve, publicado en la revista Lotería de 1944.

El domingo se celebró el concurso de damas bellas y hombre feos. Sí, había un premio especial para el caballero peor dotado físicamente, y fue escogido de entre los invitados a un banquete cortesía de la junta organizadora.

Los comensales, asustados con la posibilidad de ser declarados el más feo de la fiesta, lucían nerviosos. Les temblaban los bigotes, según narra la escritora Madelag en su texto “Los carnavales de 1910” de la revista Lotería de 1949.

“La sonrisa de regocijo de Agustín Salomón al recibir su premio, que exhibió ufano en la Joyería de Mistelli, confirmó una vez más la veracidad del popular refrán: ‘El hombre es como el oso...”, cita Madelag sobre el triunfador.

Ese día encarcelaron por accidente al dios Momo, quien “plenamente convencido de su papel y resuelto a desempeñarlo a conciencia, siguió de juerga sin interrupción, confundiéndose entre los ‘mortales’ más alegres, por lo que fue recluido tras las rejas”. Tuvieron que destinar una partida especial de la fiesta para liberarlo.

Por la noche, el Gran Circo Shirpp dedicó su función a Manuelita 1ª, quien asistió junto con su corte. La concurrencia fue “imponderable”.

El lunes, en el depósito La Caraqueña, ubicada en la avenida Central, se invitaba al público a tomar, gratis, el “famoso vino jerez Quinta Romate, que se anunciaba como el mejor”. También se obsequiaba un aperitivo (el beri-beri) y un digestivo contra el paludismo (anemia), cuenta la escritora recientemente fallecida.

Y llegó el martes, el día cumbre. Se organizaron rompederas de piñatas para los niños en el parque de la Catedral y juegos populares en el playground frente a la estación del Ferrocarril.

Hubo, además, un concurso de disfraces, comparsas y mascaradas; premios para los mejores carros alegóricos preparados con esmero, congos, cabalgatas, disfraces de todo tipo. De los balcones llovían pétalos de flores para recibir el desfile.

Cuando cayó la noche, se encendieron las luminarias para los bailes de máscaras, tamboritos, cumbias y tunas.

A las 8:30 p.m. estaba programada la coronación de Manuelita 1ª en el Teatro Nacional. Para la ocasión lució una túnica de tul crema bordaba con perlas que contrastaba con el manto real de terciopelo azul y bordes de armiño.

“La ciudad se vio pletórica de gente en los parques, plazas y calles principales”, se resume. Se cumplió con el único decreto: “Que reine la alegría”.

Así se desarrolló el primer Carnaval oficial en Panamá, con reinas, desfiles y tunas.

EVOLUCIÓN

De aquella primera vez en 1910, hasta mediados de la década de 1940, apuntó Guillermo Andreve en la revista Lotería, el Carnaval local ganó cultura y esplendor, teniendo tres puntos clave: “La coronación de la reina el Sábado de Carnaval en la noche, el desfile de carros alegóricos el martes en la tarde, y los bailes populares en los llamados toldos”.

En la revista Momo de 1936 se publicó en una página la “Guía del Carnaval Panameño”, con los “centros sociales y toldos más conocidos de la ciudad”: Los Dispuestos, Leda, Uria, Centro X, Gondoleros de Venecia, Las Mariposas, Centro-América, El Encanto, Brisas del Chorrillo, Los Millonarios Cubanos, Archipiélago de Las Perlas... Participaba medio centenar de locales carnestolendos.

Ya era la Comisión Nacional de Turismo la encargada de los pormenores de la popular celebración.

Y por entonces ya se reconocía “esa capacidad física y anímica del pueblo panameño para extraverterse sin reservas durante varios días, en ese gran alarde de euforia y de hilarismo (...) Con fácil disposición para la farsa, su ausencia de temor al ridículo, su prontitud para la tolerancia que se necesita en esos días, y su desenfado para imponer un alto a los más urgentes problemas de la vida, con el imponderable propósito de divertirse”, de acuerdo con Manuel F. Zárate en su análisis social Carnaval Panameño de 1949.

Con el pasar de los años, las celebraciones en puntos como ciudades del interior como Las Tablas y Penonomé o en la avenida Central de la ciudad capital fueron ganando espacios en las publicaciones de los diarios.

Y se difundían otros artículos como “Temas de Carnaval”, “Los diablicos cucuas” o “Apoteosis de la pollera en el Carnaval”.

Para 1980 ya se podían encontrar comentarios críticos enfocados en la distorsión de los aires tradicionales de la llamada fiesta del dios Momo.

Por ejemplo, el 10 de febrero de ese año 1980, en vísperas del jolgorio, el diario La República incluyó en sus páginas el texto “Cuando los carnavales eran carnavales”, que resaltaba la pérdida del esplendor de los desfiles y reinados, que hasta un par de décadas atrás aún se veían. “Fueron torneos de cultura, belleza y arte”, resumía el texto del rotativo.

Fue para es década que entraron los carros cisterna patrocinados por marcas de licor y cigarrillos. Y los culecos en el interior gustaron a todos.

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