No es no

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Pese a su tendencia autoritaria, Evo Morales ha gobernado con buen suceso un país signado por golpes de Estado, dictaduras militares y repetidos periodos de inestabilidad. Pese a su tendencia autoritaria, Evo Morales ha gobernado con buen suceso un país signado por golpes de Estado, dictaduras militares y repetidos periodos de inestabilidad.
Pese a su tendencia autoritaria, Evo Morales ha gobernado con buen suceso un país signado por golpes de Estado, dictaduras militares y repetidos periodos de inestabilidad.

Evo no es de ninguna manera el malo de la película. Pese a su tendencia autoritaria ha gobernado con buen suceso un país signado por golpes de Estado, dictaduras militares y repetidos periodos de inestabilidad; y los resultados de su gestión económica y social son notables en cuanto a la disminución de la pobreza y el manejo de las finanzas públicas, reivindicando, además, la soberanía de los recursos naturales del país.

El problema es que después de tantos años de gobernar sin adversarios capaces de desafiar su liderazgo, quiso reelegirse otra vez; pero al someterlo a un referéndum, la mayoría ha respondido que no. Una pregunta hecha sin trampas, hay que decirlo, porque los votos del no y del sí fueron contados de manera transparente, aun siendo la diferencia ajustada.

Los resultados prueban que ese viejo fantasma del fraude está volviendo a su sarcófago en América Latina, como antes en las elecciones argentinas que perdió el candidato de la señora Kirchner, o como en las elecciones legislativas en Venezuela, donde el chavismo fue derrotado de manera abrumadora.

El presidente Correa del Ecuador ha anunciado que no se presentará más, lo cual lo quita, dichosamente, de la lista de quienes pretenden quedarse para siempre sentados en la silla presidencial; así se devuelve la alternabilidad al ejercicio democrático. Y esa alternabilidad se reafirmará mejor cuando gane la oposición; en Ecuador, en Bolivia, en cualquier parte.

Una de las maneras de medir a un estadista es fijarse cómo se comporta frente a la derrota. Lo peor es cuando no la acepta, y recurre a falsear los resultados. Pero también hay que fijarse en cómo justifica la derrota.

Que Evo diga que ha perdido la batalla pero no la guerra es una respuesta lógica.

Su partido oficial, el MAS, sigue siendo mayoritario frente a una oposición dispersa y debilitada, y con un candidato joven bien puede ganar las elecciones de 2019. El voto adverso del referéndum ha sido contra la reelección, para cerrar las puertas a la pretensión de un caudillo en ciernes que buscaría siempre las maneras de quedarse uno y otro período.

Pero también afirma que perdió el referéndum por causa de una “guerra sucia”, provocada por la derecha, y “de una conspiración externa e interna”, en la que no falta la mano del imperialismo, repitiendo lo que pocos días antes se había adelantado a expresar el presidente Maduro, quien atribuye la derrota legislativa de su partido a las mismas causas, cerrando los ojos frente a la debacle provocada en Venezuela por la corrupción y su ineptitud.

Son respuestas que no corresponden a un estadista, e irrespetan al electorado. La mayoría de quienes votaron no, está lejos de hallarse compuesta por oligarcas, millonarios y burgueses reaccionarios, numéricamente una minoría; entre los votantes que negaron a Evo la posibilidad de reelegirse hay, necesariamente, gente de clase media, empleados públicos, y también proletarios, campesinos, y, por supuesto, indígenas. Muchos son beneficiarios de los programas sociales del gobierno, pero no por eso traidores.

También atribuye su derrota a un “resurgimiento del racismo”. ¿Las etnias quechuas y aimaras, que forman la mayoría de la población boliviana, racistas contra ellas mismas? Si algo ha conseguido el país en estos años es que la población indígena se sienta protagonista de la historia y vuelva por su dignidad sojuzgada.

“Vamos a evaluar los mensajes de las redes sociales, donde las personas no se identifican y hacen daño a Bolivia”, ha dicho también Evo, y que “las redes sociales son como si todo se fuese por la alcantarilla”; en esto último no deja de tener razón, algo sobre lo que Umberto Eco llegó a filosofar.

Pero amenazar con una revisión del espacio de las redes sociales, culpándolas de ser parte de la conspiración de la derrota, es ir en contra de la libertad de expresión. Desde ellas se promueve un constante debate de ideas, se contrastan opiniones y se conocen asuntos que el poder quiere mantener ocultos, y que de otra manera no surgirían a la luz. Forman el gran espacio de libertad de nuestro tiempo.

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