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REFLEXIONES SOBRE EL ÚLTIMO ATENTADO TERRORISTA EN EU

Boston y las ilusiones necesarias

El atentado del 15 de abril y la reacción consiguiente han puesto de relieve muchas de las distorsiones mentales más preocupantes de la sociedad de EU. Muchas de ellas afectan, potencialmente, al mundo entero.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito. PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.

En sus Principios para el desarrollo de una mente completa, Leonardo Da Vinci explica que a través del estudio –“de la ciencia del arte y el arte de la ciencia”– y el desarrollo de los sentidos –“en especial el de aprender a ver”– se llega a comprender “que todas las cosas se interconectan”.

El genio italiano no fue el primero ni el último en notar la sutil interrelación entre todo lo que pasa y deja de pasar en este universo, pero sí el que más conviene recordar. Porque uno casi puede imaginárselo riendo al pensar que, exactamente 561 años después de su nacimiento, la olla a presión en la que se estaba convirtiendo la Venezuela poselecciones fue desplazada de los titulares mundiales por otras dos ollas a presión, que sí explotaron, pero a más de 3 mil 500 kilómetros de distancia.

Los sucesos del maratón de Boston están interconectados con una infinidad de cosas –incluyendo nuestras propias vidas–, pero también constituyen uno de esos raros momentos que exponen lo que Reinhold Niebuhr y luego Noam Chomsky llamaron “ilusiones necesarias”: los andamios mentales sobre los que se sostiene la sociedad estadounidense. Las “mentiras nobles” sin las que, como escribió Hans Christian Andersen, serían incapaces de apreciar el fabuloso traje nuevo del desnudo emperador.

Cuestionando la narrativa oficial

Para empezar, y apenas dos semanas después del atentado, muchos analistas y expertos han puesto en duda la versión oficial de los hechos. La atípica historia de radicalización de los Tsarnaev, la conexión de Tamerlan, el hermano mayor, con el FBI, la oscura presencia de miembros de la firma militar privada Craft International en la carrera, la vehemencia con la que familiares y amigos de los Tsarnaev han rebatido las acusaciones y, sobre todo, la mastodóntica operación de caza y captura han levantado sospechas en muchos círculos.

En una serie de artículos para Russia Today y el Asia Times Online, el periodista Pepe Escobar planteaba la posibilidad de que, por error o a propósito, los eventos de Boston hayan sido solo una excusa para seguir derribando garantías y derechos constitucionales en nombre de la seguridad. “Los principales beneficiarios son los que promueven la militarización total de la vida civil en EU; para prevenir otro Boston, dirán que la guerra global contra el terrorismo es eterna”, escribió.

Es difícil no considerar la tesis de Escobar al analizar la desproporcionada respuesta estadounidense al atentado. Con solo dos ollas a presión –que produjeron 3 muertos y más de 200 heridos–, los autores del atentado centraron la atención del mundo entero en la ciudad de Boston. La atención mediática hizo que el mismísimo presidente Barack Obama estuviese al frente de los esfuerzos, que terminaron con una de las búsquedas más grandes de la historia del país, en la que una de las ciudades más importantes del mundo fue paralizada –a un costo de más de $300 millones– y un millón de personas permanecieron aterrorizadas en sus casas a causa de dos jóvenes.

“¿Qué conseguimos con todo eso? Mostrar que un aficionado de 19 años puede paralizar una metrópolis estadounidense. (...) Señoras y señores, esta no es la actitud que detuvo al Tercer Reich y ganó la Guerra Fría”, escribió en su blog Stephen M. Walt, uno de los más prestigiosos académicos del país.

La jerarquía del sufrimiento

El atentado de Boston, y la reacción estadounidense, han puesto de relieve muchas de las distorsiones mentales más preocupantes de la sociedad de EU. Dado el inmenso soft power de la sociedad estadounidense (entretenimiento, deporte y cultura), estas distorsiones afectan potencialmente al mundo entero.

En primer lugar está la llamada “jerarquía del sufrimiento”, resumida en la común frase periodística estadounidense de que “un bombero muerto en Brooklyn equivale a 5 policías británicos, que valen 50 árabes, que a su vez valen 500 africanos”. Los autores de un estudio en la década de 1980, que medía la cobertura de desastres naturales en el mundo en los medios estadounidenses, concluyeron que “la muerte de un italiano equivale a la de 3 rumanos, 9 latinoamericanos, 11 personas de Oriente Medio y 12 asiáticos”.

Solo el día de los atentados, un terremoto en China dejó 200 muertos y 11 mil heridos; una masacre en Siria acabó con la vida de al menos 85 personas, y más de 40 tiroteos y atentados dejaron 75 muertos y 350 heridos en Irak. “Poner el sufrimiento humano en jerarquías permite que las injusticias continúen con impunidad, y distorsiona nuestro entendimiento de la realidad de los conflictos. Es, en última instancia, una manifestación del prejuicio”, escribió recientemente Owen Jones, periodista de The Independent de Londres.

Los estadounidenses, de alguna manera, han logrado insensibilizarse de la violencia que les rodea. Pero algo coloca al terrorismo en la cima de la jerarquía de las tragedias: el mismo día de los atentados, 11 estadounidenses fueron asesinados con armas de fuego. Durante la búsqueda de los Tsarnaev, 38 personas más murieron abaleadas. Y en los últimos cuatro meses, los 3 mil 531 muertos por armas de fuego en EU superan a las víctimas del 11-S y equivalen a los soldados estadounidenses fallecidos en operaciones de combate en Irak. Nadie, por supuesto, habló de ellos. El terrorismo, en definitiva, toca un nervio especial.

El ´embrujo´ del terrorismo

El terrorismo, no nos engañemos, sigue y seguirá siendo una amenaza mundial. Sin embargo, ningún análisis serio del fenómeno puede obviar la desproporcionada relación entre sus efectos físicos y los psicológicos. En otras palabras, el terrorismo mata poco y asusta mucho. Muchísimo.

En un reciente reporte, la agencia de inteligencia Stratfor explicaba que los “ataques teatrales” terroristas tienen “un efecto extraño en la imaginación humana” y pueden “crear un sentido único de terror que sobrepasa la reacción normal a eventos de magnitudes muy superiores”. Stratfor compara el tsunami asiático de 2004, que causó más de 227 mil muertes, con los ataques del 11-S, que mataron a menos de 3 mil personas. “Los ataques del 11-S no solo produjeron una sensación de terror, sino una reacción geopolítica que ha tenido un impacto profundo y sin parangón en los asuntos internacionales de la última década”.

La clave, para los especialistas, no reside en los ataques en sí, sino en nuestra respuesta a ellos. “Como táctica, el terrorismo es inusual porque depende de la reacción del espectador. Si no se aterroriza, no funciona”, escribió Fareed Zakaria recientemente en Time. “Grupos como Al Qaeda”, asegura Stratfor, “comprenden claramente la diferencia entre el terror y el ataque terrorista”. Por ende, continúa, “la manera como los medios, los gobiernos y la población responden a los ataques es la que define el sentido de éxito o fracaso de los atacantes”.

EU ha reaccionado –y sigue haciéndolo– de manera histérica a la amenaza terrorista. En términos de recursos, ha despilfarrado unos $640 mil millones en los últimos 10 años, dejando de invertir en áreas mucho más necesitadas. Y si bien ha logrado minimizar los ataques en el país, ha fracasado rotundamente en hacer ver a sus ciudadanos que la posibilidad de un ataque terrorista no solo es parte del “precio a pagar” por vivir en una sociedad libre y abierta, sino que el riesgo de morir en uno de esos ataques es menor que el de morir devorado por un tiburón. En este sentido, el mismísimo Osama bin Laden se regodeaba en 2004 de que “Al Qaeda se gastó $500 mil en el 11-S, mientras que en respuesta EU perdió más de $500 mil millones. Cada dólar nuestro derrotó $1 millón suyos”.

Los medios: enemigos encubiertos

Los medios juegan un rol fundamental. Tras cada atentado terrorista, hacen exactamente lo que los atacantes desean, sirviendo como amplificadores globales del terror y la ansiedad, y entrando en un círculo vicioso en el que la falta de información es llenada con especulación, lo que genera aún mayor confusión. La gente no solo se entera de lo sucedido, sino que se convierte en víctima secundaria de la violencia que acaba de presenciar, muchas veces en directo.

El mecanismo no es nuevo, y de hecho fue utilizado famosamente por los anarquistas del siglo XIX. La diferencia es la escala: en la era de la comunicación por satélite, el ciclo noticioso de 24 horas y los medios como empresas cuya prioridad es ganar dinero, el potencial de pánico es infinito. Los medios estadounidenses, además, exhibieron síntomas del eterno terror al inmigrante que permea esa sociedad prácticamente desde su concepción.

Como se ha expuesto en varios estudios, la xenofobia que antes se exhibió contra alemanes, irlandeses, italianos (Sacco y Vanzetti, por ejemplo), africanos, polacos, judíos y/o asiáticos, ahora es dirigida hacia musulmanes y, en general, cualquiera con un tono de piel medianamente oscuro.

Tras las bombas, un estudiante saudí fue detenido por “actuar sospechosamente” y el New York Post publicó en su portada las fotos de dos personas, ambas de piel oscura, como si fueran sospechosos. Varios periodistas, cuidándose de no usar las palabras “árabe” o “musulmán”, especulaban con “acentos” y “tonos oscuros de piel”. Incluso el presidente Obama dijo que “nosotros no hacemos terrorismo”, mandando a los Tsarnaev –al menos uno de los cuales tenía la ciudadanía estadounidense– directo a la categoría del “otro”.

Pero el clímax llegó cuando los senadores Lindsay Graham y John McCain exigieron que Dzhokhar Tsarnaev fuera procesado como combatiente enemigo –y, por ende, en una corte militar– y no como un civil estadounidense. Aparte de poner a EU en la misma liga legal que países como el Egipto de Mubarak, Bahrein o Uganda, la petición de los senadores republicanos entraría en conflicto directo con varios atentados anteriores, en los que se procesó al autor como civil. La diferencia, por supuesto, es que en esas ocasiones el asunto fue al revés: el autor era blanco, las víctimas no.

´Blowback´ y las ilusiones necesarias

Hace más de 13 años, el fallecido escritor Chalmers Johnson introducía el término blowback en el léxico de la política exterior estadounidense. Con blowback, explicaba Johnson, los agentes de la CIA se referían a las consecuencias imprevistas de las acciones secretas de EU por todo el mundo. La naturaleza secreta de esas operaciones, escribió el autor, les quitó a los estadounidenses la capacidad de ver conscientemente a los demás habitantes del planeta.

En su libro Ilusiones necesarias, Noam Chomsky escribe que “se supone, por encima de toda duda, que lo que EU hace y representa es bueno y correcto; y cualquiera que no pueda reconocer esta rectitud moral está equivocado”. Para un estadounidense debe ser difícil entender el resto del mundo. ¿Cómo explicarle, por ejemplo, que su país arrojó más de 277 millones de bombas de racimo en Laos entre 1964 y 1973? ¿Cómo contarle que más de 10 mil personas han muerto a causa de ello?

Aún al día de hoy, cuando el presidente Obama dice que “cualquier bomba que se use para matar civiles constituye un acto terrorista”, ¿cómo decirle a un estadounidense que el país que Obama lidera no se ha unido a los 111 Estados –incluyendo 18 miembros de la OTAN– que prohíben el uso de bombas de racimo? Y eso es solo un ejemplo, muchísimo menos que la punta del iceberg. “Esta ingenuidad no carece de un cierto encanto infantil”, continuó Chomsky, “encanto que desaparece, sin embargo, en cuanto reconocemos cómo se convierte en un instrumento para infligir dolor y sufrimiento”.

Cuando las torres gemelas cayeron en 2001, el libro de Johnson adquirió tintes proféticos. Mientras algunos se preguntaban ¿por qué nos odian?, el detallado recuento de los desastres de la CIA alrededor del mundo expuesto por él contenía todas las respuestas.

Sin embargo, la decisión en Washington, aparte de invadir dos Estados soberanos, fue la de intensificar las operaciones especiales. Con la complicidad de 30% de los países del planeta, se montó una red gigantesca y extensísima de espionaje, arrestos inconstitucionales, interrogatorios y torturas. Todo, por supuesto, aderezado con millones en efectivo y armas para las facciones “afines”. La frase profética fue de Donald Rumsfeld, entonces secretario de Defensa: “Ahora el mundo entero es el campo de batalla”.

El resultado no se ha hecho esperar: al día de hoy, de Afganistán a Mali, solo dos naciones –Israel e Irán– mantienen una cierta coherencia política. El resto es inestabilidad, caos y violencia. Aviones no tripulados (llamados drones) sobrevuelan los cielos de Pakistán, Afganistán, Yemen y Somalia, matando cientos de civiles por cada “terrorista” que logran aniquilar (extrajudicialmente, en todo caso). En Yemen, las madres acuestan a los niños diciéndoles que si no se van a dormir, un drone vendrá a por ellos.

Quizás el caso de Dzhokhar Tsarnaev, que será juzgado en una corte civil, no encaje perfectamente en el patrón de blowback establecido por Chalmers Johnson. La respuesta del establishment estadounidense, en todo caso, sí que lo hizo. La petición del senador Graham no prosperó, pero otra parte menos notoria de su tweet dio, a la Rumsfeld, la clave para lo que está sucediendo en EU: “La patria”, escribió, “es ahora el campo de batalla”. En palabras de Pepe Escobar: “bienvenidos al Estado policial estadounidense, donde al menos todos tienen el derecho de salir de compras. Al menos por ahora”.

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