Chile, a las urnas en 75 días

Cobre, energía y democracia

Pocos dudan del regreso al poder de Michelle Bachelet, pero los factores que marcarán el futuro chileno van más allá de cualquier propuesta que la expresidenta quiera implementar.
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Dentro de 10 días, la mayoría de los habitantes del planeta tendrá que hacer un gran esfuerzo para no toparse –en algún momento de la jornada– con imágenes de aviones secuestrados, torres derrumbadas y sufrimiento estadounidense. En Chile, sin embargo, la tarea no será tan difícil: allí, las imágenes también involucrarán aviones, edificios derrumbados y mucho sufrimiento, pero no recordarán un ataque extranjero sino el suicidio –asistido por quienes, en palabras de Henry Kissinger, no tolerarían “un país marxista a causa de un pueblo irresponsable”– de una de las democracias más estables del hemisferio.

Napoleón dijo famosamente que la geografía es el destino. Vistas las cosas en perspectiva, fue esa geografía –quizá la más sui generis del mundo– la responsable de que Chile tardara casi 30 años en entrar de lleno en la Guerra Fría pero también de que, tras pasar por el purgatorio militar, el país volviera al sino al que lo empujan sus condiciones geopolíticas.

Chilenos, para bien y para mal

En ese sentido, los chilenos han sido siempre los persas de Suramérica. Sus urnas legitimaron al primer gobierno demócrata-cristiano –con Eduardo Frei, en los 60– y al primer gobierno socialista –con Salvador Allende, en 1970– de la región. Y tras el lapsus de la dictadura, el país se ha convertido en la estrella de Latinoamérica. En poco más de dos décadas, y con un 5% de crecimiento anual promedio, Chile ha triplicado su ingreso per cápita –hoy por encima de los 16 mil dólares anuales– y reducido sustancialmente sus niveles de pobreza (de 40% en 1990 a entre 11% y 15% en 2010, con solo 3% de la población viviendo en la miseria). En 2010 se convirtió en el primer país sudamericano en entrar a la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y, a pesar de su aislamiento geográfico y su bajo perfil demográfico (17.4 millones de habitantes), lidera la Alianza del Pacífico, un bloque comercial –orientado al libre mercado y la globalización– que representa el 35% del PIB latinoamericano.

Chile es, entonces, un país fundamentalmente estable. Y el secreto de eso quizá se encuentre en las decisiones políticas y económicas tomadas en estas dos décadas de democracia. En ambos casos, la actitud de los líderes chilenos reflejó lo que Robert D. Kaplan ha llamado “previsión ansiosa”: esperar lo mejor preparándose para lo peor. En lo político, el país conservó un sistema electoral –reflejado en la Constitución de 1980– que tiende al empate y, por ende, a la estabilidad. En lo económico, la línea ha sido notablemente responsable y, desde 2000, el país ha ido un paso más allá, implementando una política macroeconómica contracíclica –ahorro en tiempos de vacas gordas; gasto con las flacas– que es la envidia de gran parte del mundo (empezando en Bruselas). Los contrastes con el resto de la región –especialmente con las “refundaciones políticas y/o irresponsabilidades económicas exhibidas por tantos gobiernos “revolucionarios” post-1998– no podrían ser mayores.

Pero no todo es color de rosa en el paraíso chileno. Chile, como todos, lleva su cruz por dentro, y hoy por hoy el país más largo del mundo atraviesa una serie de dilemas existenciales derivados de su propio éxito. Estudio tras estudio y encuesta tras encuesta parecen dictaminar que el país se encuentra en necesidad de un cambio exhaustivo y profundo: en lo económico, la preocupación ha pasado de crear riqueza a distribuirla equitativamente, provocando un altísimo rechazo del modelo neoliberal imperante. En lo educativo, los chilenos no quieren una infinidad de universidades privadas con fines de lucro –desde 1990 se ha cuatriplicado el número de estudiantes universitarios– sino instituciones gratuitas y de alta calidad. En lo social, rechazan la segregación –racial y socioeconómica– que sigue existiendo en el mercado laboral y otros sectores. Y en lo político, la sociedad está harta del sistema binominal que, a sus ojos, no favorece la competencia ni es auténticamente representativo. En general, escribió el exministro Andrés Velasco, los chilenos ya “no confían en los políticos ni en los partidos políticos, ni en los jueces o los líderes de la industria, ni siquiera en los miembros del clero”.

El retorno de la reina

El primer gran indicio de que algo estaba cambiando en Chile fue quizá la elección hace tres años del magnate Sebastián Piñera, poniendo fin a dos décadas de gobiernos de centroizquierda. Pero el devastador terremoto que le dio la bienvenida a La Moneda, la oposición parlamentaria y una serie de desencuentros con la sociedad civil sirven para explicar sus niveles de aprobación –rondando el 40%– y los pronósticos que, de cara a los comicios del 14 de noviembre, hablan del regreso triunfal y apoteósico al poder de su predecesora, la doctora, estratega militar y exministra Michelle Bachelet (que dejó el puesto con 84% de aprobación).

Aunque muchos en Chile dan por hecho el retorno de la primera presidenta chilena al poder (75% de los chilenos piensan que será la próxima presidenta y 44% aseguran que les gustaría que lo fuera), es conveniente recordar algunas cosas que describen lo que se prevé como un imparable camino hacia La Moneda. En junio, arrasó en las primarias de la Concertación –ahora llamada Nueva Mayoría– con el 73% de los votos, aventajando en más de 60 puntos a su más cercano competidor –Andrés Velasco– y obteniendo más votos que los dos precandidatos de la derecha combinados. De confirmarse las previsiones, Bachelet sería la primera mandataria en más de 80 años en obtener un segundo término y la primera en más de 20 en ganar sin necesidad de segunda vuelta.

La expresidenta ya ha dado a entender que existen diferencias fundamentales entre las necesidades del Chile actual y el que se encontró en 2006. Por eso, habla de una nueva Constitución –o como mínimo cambios sustanciales a la vigente–, un nuevo sistema electoral, una profunda reforma educativa –haciéndola gratuita, entre otras cosas– y tributaria –que incluiría el aumento de ciertos impuestos y la eliminación del controversial Fondo de Utilidades Tributarias (FUT)– y posiciones sociales más liberales, como la legalización del matrimonio gay y la regularización del aborto en ciertas circunstancias.

Los obstáculos hacia La Moneda

Muchos analistas esperan que, en los 75 días que restan hasta las elecciones, el discurso de Bachelet gire, al menos ligeramente, hacia el centro. Porque enfrente tendrá a otra mujer, la exministra de Trabajo Evelyn Matthei. Aunque a día de hoy luce como la gran perdedora (al 12% le gustaría que fuera presidenta y apenas el 6% cree que lo será), Matthei ha repetido en numerosas ocasiones que se le puede ganar a Bachelet. Y quizá ella lo sepa mejor que nadie, pues ambas fueron compañeras de juegos –Michelle nació en 1951, Evelyn en 1953– gracias a la amistad que unió a sus padres, ambos generales de la Fuerza Aérea Chilena (FACh). La dictadura, sin embargo, terminó separándolos: tras permanecer fiel a Allende, Alberto Bachelet fue encarcelado y torturado, falleciendo en marzo de 1974. Fernando Matthei, que había abandonado el país tras el triunfo de Allende, regresaría para convertirse en ministro y comandante en Jefe de la FACh. Muchos han intentado vincularlo con la muerte de Bachelet, pero la viuda y descendientes de este último jamás han dudado de su inocencia.

La expresidenta también tendrá que cuidarse de los candidatos independientes a su izquierda, que podrían restarle votos. Pero en ese sentido, el panorama de Matthei es muchísimo más complicado. La candidatura, de hecho, le cayó del cielo, tras la renuncia–voluntaria o forzada– de los exministros Laurence Golborne (escándalos), Andrés Allamand (derrotado en primarias) y Pablo Longueira (depresión severa). Así, su nominación ha sido vista como una imposición por el partido Renovación Nacional, parte de la alianza centroderechista, que podría rehabilitar la candidatura de Allamand. Finalmente, la cantidad de indecisos –más de 10 millones de chilenos no votaron en las primarias– y la introducción de la abstención –hasta el año pasado el voto era obligatorio– parecen indicar que, aunque el destino parezca sellado, todavía queda mucha tela por cortar.

Cobre y energía

Pero ningún análisis de Chile estaría completo sin considerar el cobre, la piedra angular de su economía (20% del PIB y 60% de sus exportaciones). En cierta manera, el “milagro” chileno ha estado basado en el aumento de la demanda de cobre a nivel mundial, especialmente en China (que compra el 40% del cobre del mundo). Además de enriquecer a Chile –las ganancias pasaron de 2 mil 100 millones al año entre 2000 y 2005 a 11 mil 500 entre 2005 y 2011–, este fenómeno ha hecho al país vulnerable a la demanda extranjera. Por otro lado, obliga a Santiago a mantener su cobre –posee el 30% de las reservas mundiales– competitivo frente a otros grandes productores como Mongolia, Perú, Zambia o incluso Estados Unidos. En la actualidad, gran parte de los problemas chilenos pueden ser comprendidos desde esta óptica.

El sector minero en Chile enfrenta varios problemas. El primero es que las minas se están haciendo viejas, y el producto es cada vez de más baja calidad y más difícil –y costoso– de extraer. A ese delicado balance entre costo y beneficio hay que agregarle las demandas sociales y laborales de una democracia y una economía de primer nivel (las huelgas suelen ser frecuentes) para completar un panorama difícil para la competitividad internacional del cobre chileno.

Pero eso es solo el comienzo. Ante la baja en calidad, Chile busca expandir su producción: concretamente, llegar a las 7 millones de toneladas métricas anuales para 2020, el doble del nivel actual. Para ello, sin embargo, necesitará mucha energía (ya consume el 35% de la demanda nacional), precisamente lo que no tiene. Y es aquí donde nace el mayor dilema chileno: no puede usar energía hidroeléctrica, pues sus ríos se encuentran en el sur, a miles de kilómetros de las minas del norte. No puede expandir su consumo de gas natural, pues el mayor productor regional, Bolivia, ni quiere ni puede –prohibido por ley desde 2004– venderle; Brasil consume cada día más y Argentina, además de tener su industria estancada, es cada vez es más reticente a revenderle el gas boliviano. No puede usar energía nuclear por razones obvias (terremotos-Fukushima). Y no puede usar carbón, la solución más factible, porque su impacto ambiental –y la existencia de un fuerte movimiento ambientalista– lo convierte en un suicidio político.

Es difícil saber si Bachelet podrá resolver el problema energético del cobre chileno. Lo cierto es que necesitará el dinero: además del enorme gasto público que se espera de su nuevo gobierno (solo su reforma educativa costará –según ella– entre el 1.5% y el 2% del PIB), algunas de sus reformas pueden terminar impactando los niveles de inversión extranjera. Eso sin contar la posibilidad de un parlamento hostil. O una disminución dramática de la demanda china. O el ascenso de Perú y otros como alternativas al cobre chileno. La Moneda espera a Bachelet, pero el futuro se le puede complicar. Quizá su primer viaje tenga que ser a La Paz.

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