500 años de ´el príncipe´ (II)

Descifrando a Maquiavelo

Al establecer la incompatibilidad de la moral individual y la vida pública, Maquiavelo sentó las bases de la política moderna y abrió las puertas a una era de racionalidad y tolerancia.

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“Aunque nos viésemos obligados a conceder que Maquiavelo era esencialmente un patriota o un científico, no estaríamos obligados a negar que era un maestro del mal”, escribió Leo Strauss en 1958. Más allá de la contradicción entre juicio y autor –Strauss es el intelectual más asociado con el neoconservadurismo estadounidense–, las palabras del afamado profesor de la Universidad de Chicago no hacen más que reafirmar lo que, por los últimos 500 años, ha sido la narrativa convencional en torno al escritor florentino.

La idea no es absurda. Después de todo, El Príncipe aconseja a los gobernantes vivir en una constante expectativa de guerra; a mentir cuando les convenga; a dejar el trabajo sucio a otros y a deshacerse de los subalternos que se vuelven demasiado poderosos.

Detrás de estas ideas yace una de las nociones básicas de la cosmovisión del florentino: que en toda sociedad –sin importar la forma de gobierno– hay una pequeña élite que desea “ser libre” para mandar sobre los demás. De aquí sale la primera conclusión: dado su pequeño tamaño, es fácil para un príncipe asegurar su posición entre los que desean el poder, deshaciéndose de algunos y satisfaciendo a los demás a través de concesiones y privilegios.

El resto de la sociedad, creía Maquiavelo, no desea más que vivir una vida tranquila y segura. Para satisfacerlos, el príncipe debe introducir leyes e instituciones que, junto a su poder, traigan estabilidad y seguridad. Dentro de eso, debe tener algunas cosas claras: la religión, aunque sea falsa, deberá ser promovida, especialmente si preserva la solidaridad social. La población, por otro lado, deberá permanecer empobrecida y en constante posición de guerra, para que no sucumba ante los dos grandes enemigos de la obediencia –ambición y aburrimiento– y se vea en constante necesidad de líderes.

Con respecto a ambos grupos –élites y pueblo–, el príncipe deberá tener cuidado de no cruzar ciertas líneas. Preferirá ser temido que amado –y jamás odiado–, teniendo en cuenta que el éxito trae más devoción que un carácter simpático. Creará las condiciones en las que mentirle no valga la pena, pues los hombres le serán falsos por naturaleza. A esos hombres, en general, los mimará o los aniquilará, pues la contemporización y la neutralidad son siempre fatales. Y, por encima de todo, jamás violará sus propias leyes, porque eso destruye la confianza y desintegra el tejido social.

Lo que es y lo que debe ser

Los consejos del florentino continúan, unos más indignantes y escandalosos que otros, pero todos cortados por la misma tijera: cuando se trata de la seguridad del país, no debe haber lugar para “ninguna consideración de justicia o injusticia, humanidad o crueldad, ignominia o gloria”. Ningún príncipe, explicó, “puede practicar todas las virtudes que los hombres consideran buenas, pues necesitará con frecuencia (...) actuar en contra de la lealtad, la clemencia, la bondad o la religión”.

Detrás de príncipes y virtudes, la lógica que empapa cada letra de El Príncipe es devastadora: la diferencia entre las cosas como son y como deberían ser, entre cómo se vive y cómo se debería vivir, es tan grande que “aquel que deja lo que se hace por lo que debería hacerse marcha a su ruina”. Esa idea, tan sencilla y tan incómoda, lleva atormentando a la humanidad desde que el mundo es mundo, pero nadie la planteó como él.

El impacto moral de las máximas de El Príncipe suele eclipsar algunos de los aspectos más importantes de las intenciones de su autor. Para empezar, todos sus consejos están diseñados para crear y mantener un orden que satisfaga los intereses más permanentes del hombre. Sus valores, en palabras de Isaiah Berlin, “podrán ser erróneos, peligrosos u odiosos, pero no son cínicos”. Maquiavelo, a decir verdad, muestra poco interés en el oportunismo de los ambiciosos, en el poder por el poder.

En realidad, el florentino aspira a una república ideal, modelada a imagen de Esparta, la Atenas de Pericles y, sobre todo, la república romana. Esa república es la forma más alta de existencia social a la que los hombres pueden aspirar. Y para llegar a ella ningún sacrificio es demasiado.

De esas dos ideas se derivan algunas de las conclusiones más importantes del pensamiento maquiavélico. La política es una vocación honorable, y ciertamente necesaria en la vida humana, pero de ninguna manera placentera, segura o moralmente atractiva. El político, único destinatario de los consejos de El Príncipe, debe estar dispuesto a vender su alma –literalmente– por su vocación, a hacer un pacto con las fuerzas más profanas del universo. Porque al final, escribió Jeremy Waldron, “la línea que divide el liderazgo exitoso de la tiranía odiosa es tan delgada que (...) el ser juzgado de una u otra manera por la posteridad es cuestión de suerte”.

A ojos de Maquiavelo, entonces, la política no es una vocación aristotélica, inherente a la naturaleza humana. Precisamente por las características tan particulares que deben poseer aquellos dispuestos a vivirla adecuadamente, el maestro florentino solo recomienda la vida política a los que realmente poseen la vocación; aquellos que, como escribió Max Weber, no se desintegrarán “aunque el mundo sea demasiado estúpido o mezquino” para merecer lo que pretenden ofrecerle.

Esa idea, a su vez, ayuda a Maquiavelo a superar las dudas que lo asaltan por momentos: ¿puede un hombre que posea la grandeza para crear un Estado admirable tener la dureza para utilizar los métodos violentos y malvados que El Príncipe recomienda? Maquiavelo encuentra la respuesta en Rómulo, que mató a Remo para fundar Roma, en Moisés y Teseo, en Ciro el Grande y los liberadores de Atenas, hombres que destruyeron para poder construir. Y como lo que ha sido puede volver a ser, Maquiavelo confía: sus ideas son optimistas.

Las claves

Lo anterior, si bien útil para entender las intenciones detrás de El Príncipe y, en general, la cosmovisión de Maquiavelo, aporta poco en términos de su enorme influencia y la relevancia que los siglos no han podido disminuir. Porque, a decir verdad, el pensamiento de Maquiavelo presenta ciertas deficiencias. En general, el florentino peca de una especie de unidimensionalismo psicológico. Sus seres humanos son racionales, pequeñas partes de sociedades en guerra permanente, viviendo la historia –individual y colectivamente– como un proceso de feroz competencia en la que el único motor es la supervivencia y el único objetivo es el éxito a ojos de los contemporáneos y –para los escogidos– de la posteridad. Su entendimiento económico, tecnológico y, especialmente, de las inescrutables profundidades del espíritu humano es más bien primitivo. En su mundo, en definitiva, no existe el altruismo genuino, el idealismo imposible y, mucho menos, el amor irracional.

Pero esas carencias, lejos de deslegitimarlo, sirven para elevarlo aún más. ¿Qué es, en definitiva, lo que hace de El Príncipe una delicatessen del intelecto humano, la obra que sentó las bases de la política moderna?

La respuesta es compleja –y para nada unánime–, pero comienza por la (falta de) moralidad de las ideas de Maquiavelo. La más influyente de todas las interpretaciones modernas sostiene que el florentino no estaba interesado en cuestiones morales. “Maquiavelo –escribió Benedetto Croce– descubre la necesidad y la autonomía de la política, que está más allá del bien y del mal moral, que tiene sus leyes contra las cuales es vano rebelarse”.

El Maquiavelo de Croce tiene su atractivo, pero deja al descubierto sus aristas más filosas. Al colocar a la política “más allá del bien y del mal”, se reduce lo que Maquiavelo consideró la vocación más noble del ser humano a un simple juego. Un juego complejo y sofisticado, sí, pero desprovisto de cualquier significado que trascienda lo inmediato. Un juego egoísta y vulgar.

Mundos incompatibles

No es difícil derivar al “maestro del mal” de Strauss a partir de las ideas de Croce. Pero Maquiavelo es más que eso. Paralela a la convencional, existe una corriente interpretativa que asigna al florentino un rol mucho más sustancial en la evolución del pensamiento político humano. Esa corriente, que siempre estuvo presente –aun cuando El Príncipe era un libro prohibido– y ha crecido en popularidad en las últimas décadas, encontró una de sus expresiones más sólidas en un ensayo de Isaiah Berlin, publicado en 1971 en el New York Review of Books.

En su ensayo, Berlin comienza por enderezar lo que él considera la gran equivocación con respecto al florentino. El conflicto que yace en el corazón del pensamiento maquiavélico no es entre dos esferas autónomas de moral y política sino entre dos sistemas morales –“el de la moralidad personal y el de la organización pública”–, ambos exhaustivos , definitivos e incompatibles.

Partiendo de esa corrección, Berlin llega a su primera conclusión significativa: ignorar esa incompatibilidad lleva a “la ilusión platónica-judeocristiana de que los gobernantes virtuosos crean hombres virtuosos”. Si los métodos maquiavélicos, escribió, “te parecen moralmente detestables (...), tienes derecho a llevar una vida moralmente buena y permanecer como ciudadano”. En ese caso, sin embargo, “no deberás hacerte responsable de la vida de otros”. Deberás, en otras palabras, abandonar cualquier ideal de Atenas o Roma.

El que desee una vida pública y esté dispuesto a abandonar la moralidad individual, deberá seguir el camino recomendado por Maquiavelo. El problema, explicó, “es que los hombres buscan un camino medio que es el más dañino (...) y acaban perdiendo ambos mundos”. Esa ilusión sigue permeando nuestras vidas, escribió Claudia Roth Pierpoint, pues esperamos líderes que “nos convenzan de su ejemplaridad y piadosidad, pero que a la vez sean capaces de protegernos de enemigos” no tan ejemplares y piadosos.

Profeta de la modernidad

La implicación central es clarísima: al escoger la vida del estadista, “o incluso la de un ciudadano con suficiente sentido cívico”, el individuo “se compromete a un rechazo de la conducta cristiana”. Es posible, especula Berlin, “que los cristianos tengan razón en cuanto al bienestar del alma individual, separada del contexto sociopolítico”. Pero el bienestar del Estado es otra cosa. Y el que lo busca debe tenerlo muy claro. Una vez tomada la decisión, los únicos crímenes que puede cometer son “la debilidad, la cobardía y la estupidez, que pueden hacerte dudar a mitad de camino y caer”.

Por supuesto, una cosa es decir todo esto en pleno siglo XXI, y otra muy distinta hacerlo hace 500 años. Es precisamente la relación de Maquiavelo y sus ideas con la civilización cristiana –en cuyo epicentro nació, vivió y murió– la que define y consolida su significado y trascendencia.

Maquiavelo, en cierta manera, es un producto de sus tiempos. El Renacimiento, al fin y al cabo, fue eso, un retorno de una época dorada y admirada, de romanos y griegos, de politeísmo, repúblicas y democracias idealizadas. Admirar y añorar la vida pagana en plena cristiandad era un acto revolucionario, sí, pero a Maquiavelo le tocó la parte más difícil de todas. Grosso modo, los artistas del Renacimiento podían combinar los modelos cristianos y paganos. El establishment, incluso, podía ir adaptándose a esta nueva realidad. Pero no en el caso del florentino. Maquiavelo, ya lo sabemos, lidiaba con el poder mismo. Y ahí, descubrió, no había reconciliación. Eran dos mundos separados y opuestos. Su mérito está en no haber negado –o siquiera relativizado– la inmoralidad de sus planteamientos a ojos cristianos, en tiempos en que el cristianismo lo era todo.

Así, Maquiavelo inflige la primera de sus heridas a la civilización cristiana. Al plantear la incompatibilidad de dos mundos, fuerza a los hombres –a todos– a escoger. De alguna manera, aún no se lo hemos perdonado.

El Príncipe, escribió Pierpoint, “ofreció el primer gran shock secular al Estado cristianizado en el que aún vivimos. Mucho antes de Darwin, Maquiavelo nos mostró un mundo creíble sin cielo ni infierno, un mundo de las cosas como son y no como deben ser”. Detrás de esas palabras yace una realidad tan simple como profunda: al arrancar la política y el destino de las sociedades de las manos divinas, Maquiavelo da el pistoletazo de salida para una nueva era. Y así, asume su puesto como padre de la modernidad, el proceso del que salió nuestro mundo.

El futuro es maquiavélico

Pero no termina ahí la paliza a su propia civilización. Al plantear la incompatibilidad de ambas morales –pública y privada, pagana y cristiana–, Maquiavelo asesta un golpe y definitivo a la idea de que todos los valores morales son compatibles en todas las situaciones. Las ideas del florentino constituyen un “reconocimiento que objetivos igual de definitivos e igual de sagrados pueden contradecirse (...); y no en circunstancia excepcionales (...) sino como parte de la condición humana”, escribió Berlin. “El logro fundamental de Maquiavelo –concluyó– es la exposición de este dilema insoluble, la colocación de un signo de interrogación permanente en el camino de la posteridad”.

Al hacer saltar por los aires el monismo cristiano que había dominado a Occidente, Maquiavelo abrió una caja de Pandora. El tratamiento que se le ha dado a sus ideas atestigua la incomodidad con la que el mundo y la historia han reaccionado a ello.

Y sin embargo, en esa caja están las claves no solo del mundo moderno sino del planeta que debemos construir. La separación de las cosas del César y las de Dios crea una política basada en valores racionales y el interés público, y no en dogmas derivados de doctrinas de moralidad individual. La complejidad que Maquiavelo nos fuerza a ver nos obliga, a su vez, a reconocer y aceptar la diversidad. Y ambas cosas, racionalidad y complejidad, nos allanan el camino al pragmatismo, la tolerancia y la pluralidad, pilares que sostendrán cualquier solución que asegure nuestra supervivencia en el planeta.

He ahí el secreto de Maquiavelo, quizá el único pensador cuyo legado se vuelve más relevante con el pasar de los siglos. Resulta sobrecogedor pensar que vivió en una época en la que el hombre apenas comenzaba a comprender la complejidad y profundidad de su propio mundo.

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