ENTREVISTA CON COLETTE CAPRILES

Dictaduras con apoyo popular

La psicóloga social y filósofa de la Universidad Simón Bolívar cree que si no hay negociación política, habrá mucha más violencia.
Capriles opina que con la muerte de Chávez se ha generado una situación a lo interno del Gobierno, en la que Maduro debe afianzar su liderazgo a la fuerza. Tomado de runrun.es. Capriles opina que con la muerte de Chávez se ha generado una situación a lo interno del Gobierno, en la que Maduro debe afianzar su liderazgo a la fuerza. Tomado de runrun.es.
Capriles opina que con la muerte de Chávez se ha generado una situación a lo interno del Gobierno, en la que Maduro debe afianzar su liderazgo a la fuerza. Tomado de runrun.es.

En medio del torbellino que sacude al país, la psicóloga social Colette Capriles resalta la necesidad de impulsar la negociación política para frenar la violencia.

Profesora de Ciencias Sociales y Filosofía Política de la Universidad Simón Bolívar, Capriles analiza a la Venezuela tras la muerte del presidente Hugo Chávez y las protestas que comenzaron el 12 de febrero.

Tras casi dos meses de protestas, ¿cuál es su balance?

Lo que pasa en Venezuela es muy complejo. No es solo un enfrentamiento de un gobierno y una oposición. Es la expresión de una crisis estructural en el Gobierno y en las estrategias para hacer oposición. Todo enmarcado dentro de la crisis que significó la muerte de Chávez y la llegada de una nueva situación política asociada a Maduro.

Lo que ocurre debe enmarcarse en la crisis general ocasionada por la muerte de Chávez, es decir: el agotamiento de un sistema que se sostenía en la autoridad única y que busca ahora institucionalizarse a cualquier precio, mientras tiene enfrente a la mitad del país procurando impedirlo.

¿Cómo ve al Gobierno?

Los días de protesta violenta y no violenta han permitido que el Gobierno instale dispositivos de represión que no habíamos visto nunca en Venezuela. El hecho de que el Gobierno se dé permiso para recurrir al plano de la represión y no al de la negociación política, que se supone debe ser prioritario para cualquier Gobierno que pretenda preservar la paz, ya es un indicador de la atmósfera política que quieren crear. Lo básico es garantizar los niveles de control que el Gobierno tiene sobre lasociedad.

En el fondo, a Chávez le tocaba ser árbitro de una serie de procesos de toma de decisiones y de una cantidad de contradicciones. Al perderse esa capacidad de arbitrar entre distintos intereses dentro del Gobierno, Maduro tiene que afirmar su autoridad mediante decisiones de otro tipo y un estilo de gobierno que se asocia más con la fuerza y la represión. No tiene cómo dirimir las disputas internas. Eso le da una preeminencia a lo militar.

No veo al Gobierno más amenazado de lo que podría estar hace un mes. Si bien la agitación social permanece y es probable que se incremente, no podríamos decir que eso amenaza la base del Gobierno.

¿Y la oposición?

La gran crisis de sucesión en la que estamos ha afectado igualmente a la oposición, que tiene que reflexionar sobre su naturaleza. Ese punto de reflexión esencial es qué significa estar unidos frente a un Gobierno con estas características.

¿Es esto una dictadura?

Hay toda esta discusión sobre la naturaleza del gobierno de Maduro, si se trata de una dictadura o no. Los elementos dictatoriales del chavismo están desde el concepto de supraconstitucionalidad con el cual se justificó la destrucción de la Carta Magna de 1961.

El problema está en que las formas contemporáneas de estos regímenes autoritarios se fundamentan en una estrategia más plebiscitaria. A diferencia de las dictaduras latinoamericanas del siglo XX, que funcionaron sobre la base de la imposición de la voluntad de un grupo de militares o civiles, las del siglo XXI son regímenes plebiscitarios que se basan en una cierta forma de legitimación popular. La naturaleza de un Gobierno no se determina únicamente porque haya elecciones, se determina por la forma en que trata a la oposición.

Los límites de esa no democracia, del régimen arbitrario que pudiera haber ejercido Chávez, estaban dados por una cierta institucionalidad que ahora está más rota que nunca. Pero el hecho de que el Gobierno pueda calificarse de dictadura o de autocracia, no quiere decir que no tenga apoyo popular. Una dictadura también puede tener apoyo popular.

El trabajo de las facciones democráticas es todavía más intenso porque, efectivamente, estamos frente a una dictadura, pero la lucha es democrática en el sentido de que es necesario convocar a esa mayoría que puede perfectamente estar apoyando un régimen como este. El problema está en que si cuando uno caracteriza a este Gobierno como una dictadura, está autorizando, entonces, la insurgencia o las formas democráticas de luchar contra él.

La oposición parece estar atravesada por dos corrientes: una que propone agitar la calle para lograr la salida de Maduro y otra que plantea valerse de la crisis económica para acumular fuerzas y lograr un cambio político no inmediato.

Las dos posturas parecen partir de premisas diferentes. Por un lado, hay un conjunto de protestas espontáneas y de malestares que están tomando cuerpo y que habían estado como muy reprimidos con Chávez.

También vivimos situaciones asociadas a acciones de orden político, gente que construye un movimiento de resistencia que pasa por la movilización callejera.

Y por otra parte hay acciones que ostentan un nivel aun más político, que tienen que ver con construir las condiciones para que todo ese malestar social se canalice políticamente en la formación de una mayoría que permita la gobernabilidad de un futuro régimen no chavista.

El elemento espontáneo es muy importante en todo esto. No quiere decir solo que la gente proteste desde su propio malestar, sino que no se deja cabalgar fácilmente por cualquier liderazgo.

Todas las sociedades políticas tienen el derecho de rebelión y nuestra Constitución lo reconoce. Pero si se caracteriza a este Gobierno como si fuera una dictadura de los años 1970, las relaciones con la oposición serán muy distintas a si se caracteriza como una dictadura contemporánea que tiene el elemento plebiscitario, donde el apoyo popular funciona como un argumento esencial de la legitimidad.

-¿El diálogo puede ser una respuesta?

Una de las cosas que uno supone cuando hay una situación de crisis política es que quien se opone al Gobierno y contribuye a que la crisis se haga explícita, tiene que tener un objetivo político. El primer objetivo siempre es hacer que el Gobierno ceda, rectifique.

Aquí hay quienes han planteado eso que se llama “la salida” antes de buscar la posibilidad de que el Gobierno rectifique, que las condiciones políticas del país vuelvan a ser lo que la Constitución dice. Se pone primero la baza más alta, la salida, antes que la negociación.

La política es negociación, no es otra cosa. Obviamente, lo que se está planteando no es conversar con el Gobierno ni ser exhibido en una cadena nacional, sino ponerle condiciones al Gobierno para que se normalice la vida política y no perdamos la democracia que queda.

La oposición puso condiciones al Gobierno para que esa conversación tenga eficacia política. Allí no se está pidiendo diálogo, se dice: si usted quiere hablar con el objetivo de normalizar la vida política, lo primero que tiene que mostrar con actos es que eso tiene sentido.

Me molesta que se plantee el tema del diálogo como un asunto tan trivial como “converso o no con mi enemigo”, o como un asunto de honor caballeresco. Esto es algo más serio. Quién le pone los límites al Gobierno en un momento en el que no siente que tenga ningún costo adicional seguir reprimiendo.

No puede haber un diálogo sin que esas condiciones por lo menos empiecen a ser conversadas, pero tampoco puede haber en absoluto actores políticos que se nieguen al diálogo, eso es un absurdo. La cosa de la antipolítica ha sido tan fuerte que la idea de una negociación política es vista como si fuera una traición.

¿Cómo termina esto?

Seguiremos en un sistema inestable en los meses que vienen. Si las condiciones de la negociación política no se dan, estaremos en una situación en la cual puede venir un espacio de más violencia.

Una crisis final que podría conducir a cualquier desenlace de fuerza. En ese caso, vería más probable un movimiento interno del chavismo para “poner orden”.

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