Centroamérica: democracia, desigualdades y esperanzas (II)

Drogas, dinero y votos

El futuro de Centroamérica, incluyendo a Panamá, estará definido por la guerra contra las drogas, la relación con EU y la consolidación de las instituciones.

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Tras revisar los casos de Costa Rica y El Salvador, consideremos Honduras, cuyas elecciones se llevaron a cabo en noviembre pasado. Allí también hubo un desenlace dramático y alegatos de fraude, pero todo parece haberse calmado. Desde el 27 de enero la Presidencia es ocupada por Juan Orlando Hernández.

En un análisis publicado en esta página en la víspera de esas elecciones, decíamos que “escribir sobre Honduras duele”. En términos socioeconómicos, el país es un desastre: su tasa de analfabetismo real ronda el 15% de la población. Entre el 65% y el 70% de sus 8.5 millones de habitantes (sobre) vive con menos de $2 al día, y el ingreso per cápita promedio apenas sobrepasa los $2 mil anuales.

La terrible pobreza y desigualdad del país han llevado a la sociedad hondureña a abrazar con entusiasmo el fenómeno de las maras. Según datos de 2010, hasta 36 mil hondureños forman parte de estas bandas, comparados con los 10 mil 550 miembros del ejército o los 14 mil 491 de la policía. Esta última es una de las más corruptas del mundo: se cree que hasta el 40% de sus miembros mantiene vínculos con el crimen organizado.

La mezcla de maras y corrupción policial resulta en el país más peligroso del mundo. La tasa hondureña de 86 homicidios por cada 100 mil habitantes es casi 10 veces el promedio global y hace que los 24 de México parezcan una nimiedad. En promedio, más de 20 personas mueren a diario en sus calles, cifra que se dobla en la ciudad de San Pedro Sula, que es la verdadera capital mundial del asesinato.

Por el lado político la cosa no mejora mucho. Tras el golpe de Estado a Manuel Zelaya en 2009 se restituyó un dominio bipartidista que ya alcanza los 120 años. La cosa es tan grave que hasta el Congreso estadounidense –que apoyó el golpe– ha denunciado el dominio de “todas las instituciones gubernamentales” del partido oficialista (Partido Nacional), algo que “deja muy pocos espacios para la ciudadanía”.

Pero no hay manera de entender Honduras sin hacer referencia al tema de las drogas. Para empezar, según el Departamento de Estado de Estados Unidos (EU), hasta el 87% de los vuelos que transportan cocaína entre Sudamérica y EU pasa por Honduras.

La cifra no es sorprendente. Por un lado, la geografía hondureña, con kilómetros y kilómetros de costas desguarnecidas y grandes extensiones de territorio despobladas, es ideal para el contrabando. Muchas de las rutas de hecho estaban vigentes desde los tiempos de la contra nicaragüenses y la guerra en El Salvador. Y todo se vio especialmente agravado por el golpe de Estado y la consiguiente concentración de los –pocos– recursos nacionales en mantener la estabilidad del país. Tan pronto como cayó Mel, los narcotraficantes colombianos cambiaron sus rutas hacia Honduras, convirtiéndolo en el principal punto de contacto entre ellos y los carteles mexicanos. Este nuevo estatus solo le ha traído desgracias al país centroamericano.

El negocio de las drogas

En el tema narcotráfico, Hernández ha intentado mejorar las capacidades hondureñas, invirtiendo $30 millones en radares y logrando que el Congreso aprobara una ley para derribar aviones sospechosos de traer drogas.

Hasta ahora, sus políticas parecen estar teniendo éxito. Pero antes es conveniente esbozar brevemente sobre el funcionamiento y la historia del narcotráfico a nivel regional. Sin un entendimiento claro de esto, es imposible comprender lo que está sucediendo en Centroamérica y, por ende, los prospectos a futuro.

Concentrémonos en la “droga reina”. La cocaína se hace a base de hojas de coca y una serie de químicos –todos fáciles de conseguir– en un proceso de tres pasos.

Pero vayamos al grano, hablemos de dinero. Lo fascinante de la industria de la cocaína es que las hojas de coca se producen en solo tres países en todo el mundo: Colombia, Perú y Bolivia. Según cifras de la ONU, el kilo de coca fresca cuesta $1.30 en Colombia y unos $3 en Perú y Bolivia. Quedémonos con la coca colombiana. Para producir un kilo de cocaína, se necesitan entre 450 y 600 kilos de la hoja, o sea entre $585 y $780. Según cifras de la Policía colombiana, un kilo de cocaína cuesta unos $2 mil 200 en la selva, y su precio sube hasta entre $5 mil 500 y $7 mil en los puertos del país.

Al llegar a Centroamérica, el precio ya va por $10 mil el kilo, y $12 mil en el sur de México. Al atravesar México, un kilo de cocaína vale $16 mil en los pueblos fronterizos, y entre $24 mil y $27 mil al por mayor en EU. En Europa, estamos hablando de entre $53 mil y $55 mil, y más de $200 mil en Australia. Al detal, se habla de entre $100 y $150 por gramo en EU, entre $130 y $185 en Europa y entre $250 y $500 en Australia.

A medida que sube el precio, además, la pureza va bajando. Esto es lo que se llama “cortar” la cocaína. Según la Policía colombiana, la cocaína que sale del país tiene un 85% de pureza. Al llegar al Reino Unido, por ejemplo, se estima que anda por el 60%, y llega a bajar hasta al 30% al detal, de acuerdo a cifras de la ONU.

Historia de una industria

Comprendido el aspecto monetario, consideremos un poquito de historia y cómo Centroamérica encaja en ella. La frontera entre México y EU ha sido siempre un foco de contrabando en ambas direcciones. Desde finales de los años de 1970 comenzaron a aparecer carteles mexicanos, como el de Guadalajara, cuyo rol era apenas servir de socios junior a sus poderosísimos contrapartes colombianos.

Ese balance de poder obedecía a dos motivos: primero, el negocio estaba comenzando y los colombianos controlaban las primeras etapas de producción. Segundo, México era aún una ruta secundaria: la mayoría del narcotráfico se llevaba a cabo a través del mar Caribe. Los mexicanos apenas se llevaban una comisión por cada kilo transportado.

Los esfuerzos antinarcóticos, tanto en el Caribe como en Colombia, solo sirvieron para aumentar progresivamente el rol de México –como ruta– y sus carteles en el narcotráfico internacional. Poco a poco, los mexicanos fueron ganando peso en las negociaciones con unos colombianos cada vez más limitados hasta que, a día de hoy, el balance de poder se ha invertido: los mexicanos controlan el negocio; los colombianos son solo una parte de él. Y su ambición no se detiene: de acuerdo a fuentes estadounidenses y sudamericanas, el avance mexicano sigue en Centroamérica –eliminando a todos los mediadores que pueden– y en la mismísima Sudamérica, donde su control de los laboratorios e incluso de las plantaciones de coca es cada vez mayor. Según un estudio, el cartel de Sinaloa –cuyo líder, Joaquín Chapo Guzmán, fue recientemente arrestado– está presente en unos 50 países.

El surgimiento de Centroamérica como ruta de narcotráfico ha ocurrido en este contexto, de la mano del crecimiento de los carteles mexicanos. Consideren, por ejemplo, que en 2008 el Centro de Inteligencia de Narcóticos en EU reportaba que menos del 1% de las 600-700 toneladas de coca que salieron de Sudamérica a EU el año anterior pasaron por el istmo centroamericano.

Desde entonces, el rol de Centroamérica y sus rutas terrestres solo fue en aumento. Una ruta del cartel de Sinaloa, por ejemplo, llevaba cocaína de Panamá a Costa Rica por la frontera de Paso Canoas, luego atravesaba el país en camión. En Nicaragua se transportaba por cruces clandestinos a caballo y luego en botes atravesando el lago Managua hacia la frontera hondureña, y de ahí a El Salvador, donde muchas veces la policía permitía su salida en vuelos comerciales hacia EU. Y esa es solo una de muchísimas más.

Habíamos mencionado que las tácticas de Hernández parecían haber dado resultado. Eso es porque, en lo que va de 2014, no se han reportado confiscaciones de aviones en tierras hondureñas. En 2013 solo se reportaron 8, mientras que en 2009 la cifra fue de 54 y en 2011, de 100.

Antes de alabar las políticas del mandatario hondureño, veamos todo en perspectiva. El hecho de que la droga no esté pasando por Honduras no ha afectado el negocio en lo más mínimo. Cifras de la ONU y del Gobierno estadounidense apuntan que la demanda se ha mantenido estable o ha decaído muy levemente en los últimos años. Al mismo tiempo, las mediciones de la cocaína disponible en EU no hablan de escasez. Los precios no han cambiado significativamente ni la pureza tampoco.

Todo esto sugiere que, mientras que una u otra serie de medidas pueden ayudar a reducir el rol de tal o cual país en el narcotráfico –con los consiguientes efectos colaterales–, concentrarnos en estas medidas sin una perspectiva global sería como concentrarnos en los árboles sin ver el bosque.

Conclusiones

Las implicaciones para este análisis son simples: a pesar de la aparente mejora en la situación hondureña, Centroamérica se encuentra en ruinas en la actualidad, en gran parte, por su uso como ruta de narcotráfico. El problema que todos sus países sufren es el mismo: las políticas antidrogas estadounidenses que se resumen en cuatro palabras: guerra contra las drogas.

La guerra contra las drogas es el problema porque las drogas ya la ganaron. Lo han reconocido presidentes retirados –como César Gaviria, de Colombia, o Felipe Calderón, de México– y activos, como el colombiano Juan Manuel Santos y el guatemalteco Otto Pérez Molina. En términos simples, lo que en EU es un problema de salud pública, en nuestros países es un cáncer cuyas ramificaciones amenazan con hacer colapsar las estructuras estatales. Países como Honduras y El Salvador no andan muy lejos de catástrofes como esas. Y cuando se investiga con suficiente profundidad, siempre se llega a la misma conclusión. Es inútil y absurdo esperar que un país como Honduras luche exitosamente contra una industria clandestina que produce tanto o más dinero que su propia economía. Mientras continúe la guerra contra las drogas, los prospectos de desarrollo económico, democracia, paz y libertad genuinas son muy pocos en la región centroamericana. Y eso incluye a Panamá.

La guerra contra las drogas es, a su vez, una parte fundamental de la relación de Centroamérica con EU. Otra de las aristas principales es el factor demográfico. Se dice que unos 800 mil latinos se hacen mayores de edad cada año en EU, y que para 2030 habrá unos 16 millones más de votantes “hispanos”, más del doble del electorado actual. Para 2050 se estima que hasta un tercio de la población estadounidense sería de origen latino, mayoritariamente mexicano y de países centroamericanos.

La relación entre Centroamérica y EU será crucial para el futuro. De hecho, las poblaciones combinadas de México y Centroamérica ya equivalen a la mitad de la población estadounidense. La edad media de EU, 37 años, contrasta con los 25 de México y los 20 de países como Honduras y Guatemala. Gracias al tratado de libre comercio de Norteamérica, el 85% de las exportaciones mexicanas va a EU, que a su vez acapara la mitad del comercio centroamericano. Esta relación comercial se verá favorecida con la ampliación de nuestro Canal, que permitirá el paso de superbuques asiáticos hacia el gran Caribe.

Geopolíticamente, sin embargo, muy poco tiene visos de cambiar. EU sigue siendo el amo y señor de la cuenca del Caribe, a la que controla con su Guardia Costera. La violencia en México y Centroamérica, o la inestabilidad en Venezuela, si bien pueden parecernos graves, no constituyen amenazas importantes para Washington. Su dominio no consiste en imponer su voluntad ni garantizar estabilidad –aunque ciertamente lo intenta–, sino en prevenir que cualquier otra potencia pueda desafiarlo allí. Es por eso que el canal chino en Nicaragua tiene poquísimas probabilidades de llevarse a cabo: China, simple y sencillamente, no podría defenderlo.

Por último, no podemos olvidar que nosotros mismos acudimos hoy a las urnas. En situaciones como las de nuestros países –alta inmadurez democrática y paupérrima institucionalidad–, los ejemplos analizados parecen demostrar dos cosas importantes: primero, nuestras realidades nacionales están determinadas por fuerzas –geopolíticas, históricas, económicas y culturales– que van mucho más allá de lo que suceda en una elección. Segundo, que las encuestas valen bien poco. Por eso, y dado que nos enfrentamos a un escenario en el que se pueden prever situaciones como las de Honduras o El Salvador, es recomendable salir a votar a conciencia.

Por otro lado, las elecciones centroamericanas nos dejan otra lectura muy simple: la táctica de asociar a algún candidato con el Gobierno venezolano se dio en 2009 en Panamá y Honduras, se dio este año en El Salvador y se está volviendo a dar en nuestro país en 2014.

Los votantes panameños demostrarían una importante madurez política si no caen en esa trampa.

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