CON CLAVE = CON LLAVE

Elección de un papa

Para elegir al nuevo sucesor de san Pedro se reúnen en Roma todos los cardenales del mundo menores de 80 años.

Cuando el Papa muere o renuncia, la Iglesia católica queda acéfala. En el llamado “régimen de sede vacante” toma el timón el Colegio Cardenalicio, pero sus poderes se limitan a tramitar los asuntos pendientes y organizar el cónclave encargado de elegir al sucesor.

Otras funciones le están vedadas expresamente.

En su carta apostólica Universis Dominici Gregis (1996), el entonces reinante Juan Pablo II actualizó las disposiciones vaticanas que regulan el interregno y el procedimiento de elección papal, fijando hasta los menores detalles.

Inmediatamente después de la muerte o la renuncia, se precinta el despacho del Papa y se sellan sus aposentos privados.

Los cardenales prefectos y el cardenal secretario de Estado renuncian a sus cargos. Para elegir al nuevo sucesor de san Pedro deberán congregarse en Roma los cardenales del mundo entero menores de 80 años.

El cónclave, asamblea de cardenales herméticamente cerrada (con clave = con llave), tiene lugar en la Capilla Sixtina.

Los pactos electorales están prohibidos y los purpurados, que se alojan en la casa Santa Martha, una nueva mansión de huéspedes vaticana modernamente acondicionada en el interior del Vaticano, tienen que jurar secreto absoluto sobre las deliberaciones.

En principio, cualquier sacerdote puede ser elegido papa, pero desde hace siglos los cardenales eligen siempre a uno de los suyos. Además, la elección no podrá tener lugar por aclamación, por disposición expresa de Juan Pablo II en la carta apostólica.

Según las reglas hasta ahora, el cónclave debía convocarse no antes de 15 días y no después de 20 días desde el fallecimiento del Papa. Pero Benedicto XVI decidió modificarlas y establecer que sean los cardenales quienes decidan el plazo para que dé comienzo la reunión, una vez que estén todos presentes en Roma. Por ello, previsiblemente la fecha se adelantará en esta ocasión varios días.

Se espera que el próximo lunes 4 de marzo se inicien los preparativos para fijar la fecha.

Para preservar al máximo el sigilo de las deliberaciones, antes del cónclave la Capilla Sixtina será rastreada centímetro a centímetro por los especialistas para detectar posibles micrófonos o “espías electrónicos” ocultos.

Mientras dure la reunión, los cardenales asistentes tienen prohibido leer periódicos y ver la televisión. Tampoco podrán escribir ni recibir cartas ni hablar por teléfono (o tuitear).

Para la elección no hay candidatos previos. Nada más comenzar el cónclave cada cardenal escribe en una papeleta, a ser posible desfigurando la letra, el nombre de su favorito.

Mediante este procedimiento, en el curso de las sucesivas votaciones van configurándose las mayorías.

Después de cada dos votaciones, las papeletas de voto se queman. El papel se mezcla con pez, una sustancia que al arder despide un intenso humo negro. Cuando los habitantes de Roma ven salir humo negro por una chimenea conectada al tubo de una estufa de la Capilla Sixtina saben que aún no hay Papa.

Si pasados tres días aún no hay resultados, las votaciones se interrumpen por un día, como máximo, para que los cardenales puedan orar y mantener “diálogos sin compromiso” con otros purpurados. Después de 28 votaciones, ya no se exige la mayoría de dos tercios de votos, sino que bastará con la mayoría absoluta.

Inmediatamente después de ser elegido, el nuevo pontífice escoge el nombre oficial que va a usar durante su reinado y de la chimenea sale humo blanco, signo para la población de que ya hay otro obispo de Roma. A continuación, el nuevo papa es presentado a la población desde el balcón del Vaticano con la consagrada fórmula latina Habemus papam (tenemos papa).

LA ESPERA PUEDE SER LARGA

El cardenal alemán y obispo de Maguncia, Karl Lehmann, ha advertido de que la elección por el cónclave cardenalicio del nuevo papa, tras la renuncia al cargo de Benedicto XVI, será larga.

“No soy adivino, pero no creo que se lleve a cabo con tanta rapidez como en 2005”, afirma Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal alemana entre 1987 y 2008, en declaraciones hoy al rotativo Allgemeinen Zeitung.

Lehmann, 87 sucesor de san Bonifacio en el obispado de Maguncia, resta además importancia al origen del nuevo papa en la votación del cónclave, en la que participará personalmente.

A su juicio, que el nuevo pontífice proceda de África, Asia o Latinoamérica “tendrá menos importancia” de la que le conceden los medios de comunicación, que especulan sobre el origen del sucesor de Benedicto XVI.

Lo que se espera del nuevo papa “es una visión sobria, pero entusiasta, del camino de la Iglesia en el futuro”, concluye el cardenal alemán.

Encubridores pueden participar

Los cardenales sospechosos de haber encubierto actos de pedofilia, cometidos por sacerdotes, tienen “el derecho y el deber” de participar en el cónclave, afirma Charles Scicluna, exfiscal del Vaticano. “Dios sabrá meter en su boca las palabras que salen de un corazón humillado. (...) La sabiduría no solo es accesible a los santos, sino también a los pecadores”, dijo Scicluna, responsable de las medidas contra la pedofilia durante el pontificado de Benedicto XVI. En EU, Bélgica e Irlanda, asociaciones de víctimas presionan para que estos cardenales no participen en la elección. Es el caso del cardenal de Los Ángeles Roger Mahony, destituido de sus funciones en enero por proteger curas acusados de abusos sexuales; el exarzobispo de Filadelfia Justin Francis Rigali, el cardenal belga Godfried Danneels y el cardenal irlandés Sean Brady, entre otros.

El camarlengo queda al frente del Vaticano

Mientras dure la sede vacante hasta que se elige un nuevo Papa, al frente de los asuntos administrativos y los bienes del Vaticano estará el cardenal camarlengo, que preside la cámara apostólica, en la que lo asisten otros tres purpurados.

Por lo general, los papas permanecen al frente de la iglesia hasta el momento de su muerte, que es confirmada oficialmente por el camarlengo. Este toma, entonces, el anillo del Pescador del sumo pontífice –símbolo del poder papal– y lo destruye junto con su sello en la siguiente asamblea en presencia de los cardenales.

En el caso de Benedicto XVI, que ha renunciado, el anillo no será destruido, solo roto, mientras que el sello será inutilizado.

Al iniciarse el período de sede vacante, el camarlengo cierra el escritorio y las habitaciones del Papa. Asume, además, los preparativos para el cónclave en la Capilla Sixtina y supervisa la elección del sucesor.

La función del camarlengo existe desde el siglo XV. El cargo de camarlengo es ocupado desde 2007 por Tarcisio Bertone, de 78 años (en la foto).

Bertone es considerado uno de los posibles sucesores de Benedicto XVI.

DPA

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