de ateo rebelde a musulmán devoto

Encontrando a Alá en Guantánamo

Terry Holdbrooks, un joven problemático de Phoenix, Arizona, se unió al ejército buscando orden y estructura para su vida. Tras seis meses de trabajar como guardia en Guantánamo, se convirtió al islam.

No había pasado mucho tiempo desde el inicio de nuestra conversación telefónica cuando Terry Holdbrooks me aclaró que no se consideraba un héroe. Los héroes, explicó, son aquellos que nadan contracorriente sin importar las circunstancias y, sobre todo, las consecuencias. “El momento para hablar, para protestar, era estando allá, no varios años después”, dijo, con tono sombrío.

Terry pagó cara su “falta de heroísmo” mientras trabajó como guardia en el centro de detención de Guantánamo: cuando fue dado de alta del Ejército estadounidense, en 2005, pasó gran parte de los tres años siguientes “intentando ahogar en alcohol el arrepentimiento y la decepción que sentía conmigo mismo por haber servido en Guantánamo, y por las cosas que vi e hice allí”.

Durante esa época oscura, Terry se divorció de su esposa. Su vida se iba por el precipicio, y parecía que la historia de sus padres –ambos drogadictos– iba a terminar marcando su destino. Pero él tenía cosas a las que agarrarse: para empezar, la educación que le habían dado sus abuelos –que lo criaron desde los siete años– había despertado en él esa mezcla de curiosidad y disconformidad necesarias para quien decide buscar su propia verdad. Pero, además, tenía la verdad que había encontrado. Su verdad. Porque, tras solo seis meses en Guantánamo, Terry se había convertido al islam.

Desmontando la propaganda

Terry Holdbrooks no será un héroe, pero ciertamente no es uno de los “esclavos” que, parafraseando al líder político y orador estadounidense Robert Ingersoll, se traicionan a sí mismos y al resto de la humanidad siguiendo ciegamente las ideas imperantes en la sociedad. Irónicamente, ¿Traidor? es el título de su libro, publicado hace 11 días, y en el que narra la fascinante travesía espiritual –de ateo rebelde a musulmán devoto– que vivió mientras trabajó en Guantánamo, un lugar descrito por él como “la axila del mundo” y por Amnistía Internacional como “el gulag de nuestros tiempos”.

Desde luego, “publicar” es un eufemismo en su caso. “Estuve trabajando en el libro por unos cinco años, y gran parte de ese tiempo lo pasé intentando buscar una editorial”, asegura. “Envié el manuscrito a unos mil 200 editores y reseñadores, y nadie quiso tocarlo. Lo más cerca que estuve de que lo publicaran involucraba cortar la mitad del libro. La idea de un guardia que se convierte en musulmán trabajando en Guantánamo es un tabú demasiado grande”.

Terry –o Mustafa Abdullah, su nombre musulmán– decidió publicar el libro él mismo, y hoy está disponible por pedido en Amazon y en su propio website (www.gtmobook.com). En ¿Traidor?, Holdbrooks cuenta cómo, tras un breve período de entrenamiento, fue enviado a Guantánamo como parte de la Compañía 463 de Policía Militar.

Tenía apenas 19 años, pero su trabajo era sencillo: limpieza, recolección de basura, vigilar a los detenidos y escoltarlos a los interrogatorios. Había muchas oportunidades de comunicación entre reclusos y guardias, y las cosas empezaron a cambiar. “Tengo un título de sociología, así que el estudio de las personas, culturas y religiones es algo que llevo en mi naturaleza.

Y la oportunidad de hablar con personas de 48 países distintos en un solo lugar no era algo que iba a dejar pasar. Así que muy rápidamente encontré a aquellos detenidos que hablaban inglés”, cuenta, recordando sus primeros días en el centro de detención.

“Obviamente, el proceso fue muy rápido. En cuestión de un par de días ya me había dado cuenta de que lo que me habían dicho en los entrenamientos era pura propaganda. Muchos de los detenidos hablaban inglés, y muchos otros idiomas.

Nos habían dicho que estos tipos eran malvados e ignorantes, pero al llegar allí vi que ese ignorante en la celda hablaba inglés, árabe, urdu y pastún, mientras que mis compañeros no podían siquiera hablar inglés correctamente. ¿Quién era el ignorante, entonces? No me tomó mucho tiempo entender esto, y poco a poco fui armando el rompecabezas, y mis ojos fueron abriéndose a una perspectiva global más amplia”.

Encontrando a Alá en el gulag

Terry comenzó a ser conocido como “el guardia bueno”, y su comunicación con los detenidos fue en aumento. “Cada vez que quería tener una conversación inteligente, hablaba con algún detenido. Si quería hablar de pornografía, fútbol americano o alcohol, hablaba con mis compañeros”, asegura. Aprendió mucho hablando con los detenidos, pero fueron sus actos los que más lo impactaron.

“Veía que los detenidos eran interrogados por cualquier cantidad de horas, y cuando volvían a sus celdas, no hablaban con sus compañeros, no les gritaban a los guardias, ni se quejaban de los abusos sufridos... no, lo primero que hacían era las oraciones que se habían perdido por estar en interrogación”.

“Eran tan estrictos, tan devotos. No se desviaban de su curso... ni por estar en Guantánamo ni por ser torturados y abusados... nada los desviaba de su fe. La practicaban de la misma manera que lo harían si fueran libres.

Y ver eso, ver su convicción, ver que solo con su fe eran capaces de levantarse cada día y seguir con su vida, fue impactante para mí. Creo que, en el año que estuve allí, no hubo una sola ocasión en la que un musulmán renunciara a su fe”.

A medida que pasaban las semanas, su reputación empezó a conocerse entre los detenidos. “Mágicamente, más y más detenidos aprendían inglés de la noche a la mañana. Ahí descubrí que casi todos lo hablaban, pero no querían que supiéramos. Y lo entiendo: yo no querría hablar con mis captores”. Su interés por el islam iba creciendo día a día.

“Empecé buscando cosas en Google, y luego leyendo libros, y todo lo que leía allí lo debatía luego con los detenidos. Eventualmente, Ahmed Errachidi, el detenido 590 (un chef marroquí que pasó cinco años en la prisión antes de ser declarado inocente), me dio su Corán. Lo tomé y lo leí, y fue la primera vez que un texto religioso tenía sentido de cabo a rabo. No estoy diciendo que creí en el islam en ese momento, solo lo digo en términos de lógica y coherencia”.

La odisea espiritual de Terry terminó el 29 de diciembre de 2003. Esa noche, mientras conversaba con Errachidi, Holdbrooks le pasó papel y pluma por entre las rejas, y le pidió que escribiera la shahada (la declaración de fe musulmana: “no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”) en inglés y árabe transliterado. Pronunció las palabras, y se convirtió en musulmán.

Terry era ahora Mustafa. Había nadado contracorriente y encontrado su verdad. Pero eso era solo el comienzo de otro capítulo. “Al principio intenté mantenerlo en secreto. Mi compañero de cuarto me sorprendió rezando varias veces. Yo hacía como que buscaba algo debajo de la cama, pero él no era tonto y sabía lo que estaba pasando. Poco después me habló y me dijo que no tenía ningún problema con eso”.

La política del miedo y el odio

La actitud de su compañero no fue compartida por el resto. Los guardias empezaron a escuchar a los detenidos llamándolo Mustafa, y lo veían estudiando árabe. “Poco a poco, mis comandantes empezaron a darse cuenta. Ahí llegaron los problemas.

Hubo varios abusos verbales y físicos”. Una noche, su jefe lo llevó a un patio trasero, en donde otros cinco guardias esperaban. Le gritaron, preguntándole si se había convertido en un traidor. Su jefe le pegó un puñetazo, y ambos intercambiaron golpes.

“El régimen”, como Holdbrooks llama al establishment militar, “intentó hacer mi vida imposible en Guantánamo. Todos ellos pensaban que el maltrato y el abuso a los prisioneros estaba justificado por el 11-S. Recuerdo que mis superiores me decían que estaba bien patear o golpear a los detenidos porque “estábamos devolviéndoles el 11-S”.

¿Cómo puede ser que golpeando a alguien que no tuvo nada que ver, estuviéramos devolviendo algo?”. Antes de ser asignado a Guantánamo, Terry y otros futuros guardias fueron llevados al Ground Zero en Nueva York. En el primer capítulo de su libro, Terry escribe las palabras de sus superiores: “¡Recuerden, ellos no son personas! ¡Son terroristas llenos de odio, y no dudarán en matarlos! ¡NUNCA OLVIDEN ESTO! ¡NUNCA OLVIDEN EL 11-S! ¡NUNCA OLVIDEN POR QUÉ LUCHAMOS!”.

Para Holdbrooks, esta actitud hacia los musulmanes no solo es patrocinada por el ejército, sino parte de una serie de ideas que están siendo diseminadas por los medios. “El ejército se tragó las ideas de CNN y FOX de que el islam es el enemigo, que los musulmanes son malos, que odian a los cristianos, que odian a Cristo... todo esto es absurdo. Es increíblemente fácil convencer a los estadounidenses de que es correcto odiar al prójimo”.

Terry cree que los musulmanes deben unirse y lucha por sus derechos y contra los estereotipos, “como han hecho todas las demás minorías en Estados Unidos”. Pero también cree que el país está entrando en una situación preocupante con respecto a los derechos y libertades ciudadanos. Por eso, entre otras cosas, cree que es necesario cerrar Guantánamo y devolver el territorio a Cuba.

La pesadilla orwelliana

La erosión de las libertades y derechos de los estadounidenses, cree Terry, está llevando a un estado “parecido al que describió George Orwell en su libro 1984. Un estado en el que siempre creemos estar en guerra. No importa que no estemos en ninguna guerra, si creemos que hay una amenaza real, estaremos dispuestos a hacer lo que sea por nuestra seguridad”.

Esa es la lógica de Guantánamo, un lugar “que apesta y está sucio todo el tiempo”, y donde “a los detenidos no se les permite ducharse”. Un problema que, de no resolverse, se pondrá peor. “Quedan 166 presos, pero apenas se vacíe creo que el Gobierno lo va a volver a llenar. Y no necesariamente va a ser con hombres comprados en el mundo árabe”, asegura.

Terry estuvo en Guantánamo unos meses más, y en 2004 fue trasladado a la base de Fort Leonard Wood, en Missouri. Tras ser dado de alta del ejército por un “desorden general de personalidad”, su vida empezó a salirse de control. “En ese momento recordé que era feliz cuando practicaba el islam, y me di cuenta de que era lo que tenía que hacer”.

Y eso fue lo que hizo: hoy, Terry vive con su segunda esposa, y trabaja con el Muslim Legal Fund of America, una ONG que ofrece asistencia legal a musulmanes sin recursos. Ha viajado a países musulmanes como Jordania, Turquía o los Emiratos, e incluso hizo un peregrinaje –llamado Umrah– a La Meca. Sueña con ir a Perú y al “fin del mundo” en Argentina.

Su vida en Phoenix no es fácil –“estoy acostumbrado a las miradas desaprobadoras, los comentarios venenosos y las amenazas”, dice– pero cree que los estadounidenses deben “reclamar el país”. “Los think tanks están gobernándonos, haciendo lo que es mejor para sus ganancias, no para la gente. Mira Guantánamo, por ejemplo, donde desperdiciamos 900 mil dólares al año por cada detenido. Y encima, casi todos son inocentes”.

Para Terry, la situación de los musulmanes en EU es grave. “Los musulmanes estadounidenses tienen miedo de rezar en público, de vestirse como musulmanes, de hablar en árabe, y de hacer otras cosas que hacen los musulmanes. No debería ser así. Esta es la tierra de los libres y el hogar de los valientes, no debería haber dobles estándares”.

Por el teléfono, su frustración es evidente, pero es difícil encontrar optimismo. “Desafortunadamente, creo que los estadounidenses son individuos muy etnocéntricos. No existen o piensan nada más allá de su mundo inmediato.

No entienden que la tortura, el abuso, los regímenes corruptos, las hambrunas, las epidemias, las guerras y los bombardeos son ocurrencias diarias en otros países. Lo ocurrido en el maratón de Boston es una ocurrencia diaria en otros países. Pero si sucede aquí, es una tragedia”.

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