debate por el referéndum

Escocia, el final del principio

A pesar de la victoria del no en el reciente referéndum, es posible que los británicos hayan abierto una caja de Pandora.

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“Este no es el final, no es ni siquiera el principio del final. Puede ser, más bien, el final del principio”. Así se refería Winston Churchill, en un discurso en noviembre de 1942, a la lucha que había marcado la mayor parte de su vida: la de su gente contra los alemanes. En aquel momento, el Imperio Británico daba sus últimos coletazos como centro de gravedad del sistema internacional, una posición que había disfrutado desde las Guerras Napoleónicas (1803-1815).

En esas 14 décadas, los británicos cambiaron el mundo para siempre, liderando la Revolución Industrial y extendiéndola por todo el planeta a través de la mayor estructura imperial de la historia. Una estructura que tenía como piedra angular la unión política de dos naciones históricamente antagónicas: Inglaterra y Escocia.

Esa unión, el eje sobre el que giró el mundo por casi 150 años, estuvo más cerca que nunca de disolverse hace tres días. El jueves, el pueblo escocés votó en contra de la independencia en un referéndum que ponía en riesgo más de 300 años de unidad política en la isla de Gran Bretaña.

La victoria del no –por 55% a 45%– acabó con semanas de especulación –las encuestas indicaban que la distancia entre ambas posiciones se había acortado– y, dado que no había un cronograma de independencia definido, evitó la enorme incertidumbre que habría acarreado una victoria del campo nacionalista. Por otro lado –y más allá del resultado concreto–, la consulta echa a andar un proceso que afectará profundamente el futuro político del Reino Unido (RU) y que podría tener consecuencias en los campos europeo y global.

La independencia turbia

A lo ocurrido en Escocia se le pueden hacer dos análisis. El primero es más inmediato, y podríamos comenzarlo con una mirada al fracaso independentista.

En cierta manera, hablar de “fracaso” no es del todo correcto. A pesar del resultado, el debate sobre la independencia ha movilizado –y revigorizado– a la sociedad escocesa de una manera no vista en varias generaciones. Los nacionalistas han logrado introducir la visión de una Escocia independiente y próspera en la psique de sus compatriotas.

En otras palabras, como escribió Peter Geoghegan en Foreign Policy, “han demostrado que Escocia puede ser un país aparte”.

Dicho eso, es imprescindible enfocarnos en el porqué de los resultados. Básicamente, la derrota del no se debió a su incapacidad de plantear una visión sólida de cómo llegar a una Escocia independiente y, peor aun, de cómo mantenerla y desarrollarla.

En el campo energético –el país cuenta con importantes reservas de petróleo– se hicieron grandes promesas basadas en proyecciones optimistas. En lo internacional, nunca estuvo claro cómo haría Escocia para entrar en la Unión Europea (UE).

Como se mencionó, ni siquiera se sabía con certeza cómo sería el proceso de independencia en caso de ganar el sí. En general, escribió Ross McKibbin en el London Re view of Books, el argumento nacionalista era “que la independencia será transformadora de por sí, los detalles pueden dejarse para otro día”.

Dentro de esto, quizá la parte más sangrante era la económica, concretamente el tema de la moneda. Los proponentes de la independencia se movían, en orden de preferencia, entre preservar la libra esterlina, la adopción del euro y la creación de una moneda escocesa. Más allá de las enormes dificultades de cada opción, el uso de la libra o el euro –controladas desde Londres y Fráncfort, respectivamente– efectivamente disminuía la soberanía económica escocesa y aumentaba la vulnerabilidad de su economía.

Escocia, en otras palabras, aspiraba a ser tan independiente como Panamá o los países menos influyentes de la eurozona. “Es sorprendente que los defensores de la independencia insistan en la creación de un Estado con una independencia tan limitada”, escribió el economista Paul de Grauwe.

Para la escritora Anne Enright, la paradoja escocesa –independencia política a costa de soberanía económica– “pone de relieve la cuestión de qué exactamente controla una nación-Estado en una economía global”.

A la luz de estas contradicciones, y de la campaña de miedo llevada a cabo desde Londres (“si dejan el RU será para siempre”, dijo David Cameron, primer ministro británico, antes del referéndum), no es difícil entender lo sucedido con la consulta escocesa.

¿Y ahora qué?

El triunfo del no evitó lo que, casi con toda seguridad, habría sido una crisis importantísima en Londres. Más allá de eso, hay pocos motivos para el alivio: luego de pasarse casi dos años sesteando –el referéndum se anunció en octubre de 2012–, el establishment londinense entró en pánico, e incluso llegó a dar el referéndum por perdido, a medida que se acercaba el día D. Ahora, deben lidiar con la realidad de que más de un millón y medio de sus ciudadanos –9 de cada 20 escoceses– expresó abiertamente su voluntad de romper con el RU.

Para más inri, las estadísticas demuestran que la simpatía por la independencia es inversamente proporcional a la edad del electorado. Para el movimiento independentista, entonces, el referéndum del jueves fue apenas el final del principio.

El 18-S deja desafíos inmediatos. Para los escoceses, escribió Fintan O´Toole en The Guardian, la cuestión es si “vuelven (...) a un estado de impotencia frustrada o si pueden mantener la energía democrática que se ha liberado”. Por otro lado, para el RU la principal tarea será ganarse el apoyo de los escoceses que votaron sí.

Debido a la desindustrialización de la era Thatcher –que afectó profundamente la economía escocesa–, el Partido Conservador es poco menos que un paria al norte del Muro de Adriano, con solo un diputado. En este contexto, el referéndum del jueves constituye la primera de tres votaciones que marcarán el futuro del país: una victoria conservadora en las elecciones generales del próximo marzo podría acarrear un nuevo referéndum en 2017, pero esta vez para sacar al RU de la UE.

Así, en tres años, los escoceses –mayoritariamente proeuropeos– podrían hallarse fuera de la UE en contra de su voluntad, lo que podría reactivar el sentimiento independentista. En todo caso, lo que nadie parece dudar es que el Gobierno escocés verá su autonomía aumentada –sobre todo a nivel fiscal–, algo en lo que todas las facciones parecen estar de acuerdo.

Apenas se conocieron los resultados, Cameron nombró un encargado de supervisar la implementación de las reformas. Mientras que se espera un borrador para enero, es previsible que las negociaciones serán difíciles.

Y eso no será todo. El aumento de la autonomía escocesa no solo inspirará exigencias similares en Gales e Irlanda del Norte, sino que volverá a poner sobre la mesa lo que se conoce como “la cuestión de West Lothia”: dado que los diputados ingleses no tienen jurisdicción sobre asuntos escoceses, ¿es justo que un diputado escocés en Westminster pueda decidir sobre asuntos ingleses?

Las encuestas, por lo pronto, dicen que el 62% de los ingleses cree que los parlamentarios escoceses no deberían votar en leyes exclusivamente inglesas. Antes del referéndum, el politólogo David Runciman ya había avisado que “el nacionalismo inglés va a aparecer, especialmente si el triunfo del no se traduce en concesiones para los escoceses”.

Juntos pero nunca revueltos

Detrás de todo esto, sin embargo, yacen verdades fundamentales –sobre el RU y sobre el mundo– cuya comprensión es vital. La primera es que, a pesar de ocupar la misma isla, Inglaterra y Escocia son dos naciones distintas. Esto ha resultado en un antagonismo histórico: a los ingleses les preocupaba que otras potencias –Francia en especial– utilizaran a Escocia como plataforma de invasión, mientras que a los escoceses les aterraba que esto se tradujese en abuso inglés y –eventualmente– la desaparición de su nación.

Ingleses y escoceses pelearon muchas guerras, pero una serie de infortunios –incluyendo el desastre económico causado por el intento de establecer una colonia en Panamá– llevó a Edimburgo, en 1707, a acceder a una unión política con Londres.

A partir de entonces, lo que habían sido dos naciones más, luchando por supervivencia en una isla remota, se convirtió en la semilla del mayor imperio jamás visto.

Controlando Escocia –además del Canal de la Mancha–, el RU se adueñaba del Atlántico norte, bloqueando el acceso a cualquier Armada noreuropea. La eliminación de la amenaza mutua, unida a la protección natural de la isla británica, propició una era de innovación que produjo la Revolución Industrial.

Así, Edimburgo y Glasgow exportaron sus productos por todo el planeta. Y aunque las industrias europeas comenzaron a decaer en las décadas finales del siglo XX, el descubrimiento de petróleo en aguas escocesas –y el reenfoque económico hacia la tecnología y los servicios– continuaron dándole a Escocia una considerable relevancia geopolítica.

Significativamente, los siglos de éxito mutuo no lograron acabar con el separatismo escocés. En 1999 se restableció el parlamento en Edimburgo, y en 2011 la victoria electoral del Partido Nacionalista Escocés trajo la petición formal de un referendo de independencia que se llevó a cabo el jueves.

Naciones y fronteras

Para entender lo que ocurre en la isla de Gran Bretaña es necesario cruzar el canal de la Mancha y retroceder 225 años. La Ilustración francesa, y su subsecuente revolución, entronizaron la nación como concepto y liberaron una de las fuerzas más terribles de la historia del hombre.

La idea de que la nación –un grupo de personas con un destino compartido– tenía un derecho inherente a la autodeterminación, y que esa autodeterminación debía ser ejecutada en el marco de una democracia republicana, fue tan poderosa que llevó al mundo a pasar más de un siglo convulsionando violentamente. Desde las primeras unificaciones europeas –Alemania e Italia– hasta la reciente separación de Sudán en dos países, la cuestión de las naciones y sus fronteras sigue envenenando almas y protagonizando gran parte de los problemas en el plano internacional.

Para entender la relevancia del caso escocés, sin embargo, es necesario reconocer el patrón histórico del nacionalismo. La idea de nación causó tantos estragos que, para 1948, la inviolabilidad de las fronteras nacionales era prácticamente un principio global. Y si bien el mundo ha seguido fragmentándose políticamente, dichos episodios habían ocurrido en el contexto del colapso de imperios –del colonialismo europeo a la Unión Soviética– o de países considerados políticamente subdesarrollados (de Pakistán a Sudán) o excepcionales (Yugoslavia o Checoslovaquia).

Lo importante, sin embargo, es que las fronteras de los países occidentales eran sacrosantas e inviolables. De hecho, la porción europea de estos países comenzó un proceso de unificación política y económica que tenía –y tiene– como trasfondo la idea de que el nacionalismo puede ser superado.

Lo que hace a Escocia importante es que no hay excepción posible. Y esto tiene dos consecuencias fundamentales. La primera es geográfica: Escocia es parte integral de uno de los pilares del mundo occidental. Si la integridad territorial del RU –y de la UE, por extensión– puede discutirse, ¿por qué no la de cualquier otro país?

El referendo escocés se llevó a cabo teniendo a los catalanes en el rabillo del ojo, pero lo cierto es que hay decenas de movimientos independentistas a lo largo y ancho del planeta. Todos, por supuesto, con argumentos legítimos para convertirse en Estados independientes.

La segunda consecuencia del precedente escocés es conceptual. La identidad escocesa pasó siglos enterrada en una supraidentidad británica solo para resurgir con un ímpetu asombroso. Esto habla volúmenes no solo del poder de la idea de nación –que, aparentemente, nunca puede ser derrotado– sino también de la invalidez del modelo –irónicamente tan británico– del “hombre económico”. Analizada de manera racional, la independencia escocesa no tenía mucho sentido, y sin embargo el 45% del electorado la apoyó.

El espíritu humano, ya deberíamos saberlo, es muchísimo más que el interés egoísta en el bienestar personal. Frente al nacionalismo, la razón ha perdido todas las batallas. Y tras una tregua de casi siete décadas, la idea que destruyó Europa (y sigue azotando al mundo) ha vuelto por sus fueros a la tierra que la creó.

En ese sentido, también, es probable que lo del jueves sea solo el final del principio.

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