CARLOS MESA, EXPRESIDENTE DE BOLIVIA (2003-2005)

'Evo no es el inventor del agua tibia'

El intelectual y expresidente boliviano, que visitó recientemente Panamá, analiza los ejes fundamentales sobre los que gira la realidad de su país.

Temas:

Además de expresidente, Mesa es historiador, periodista y especialista en cine. LA PRENSA/Maydée Romero. Además de expresidente, Mesa es historiador, periodista y especialista en cine. LA PRENSA/Maydée Romero.
Además de expresidente, Mesa es historiador, periodista y especialista en cine. LA PRENSA/Maydée Romero.

Carlos Mesa cuenta con uno de los currículum vítae más extraordinarios que uno pueda imaginar: es uno de los historiadores más destacados de Bolivia, autor –junto a sus padres (¡!)– del libro más leído del país en ese género, Historia de Bolivia. Como periodista, ha dirigido diarios y televisoras, conducido programas de entrevistas, producido numerosos documentales y ganado algunos de los premios más importantes del ámbito, tanto en su país como a nivel internacional. Además, es una de las figuras definitivas del cine boliviano, sobre el que ha escrito varios libros y al que contribuyó fundando y dirigiendo, entre 1976 y 1985, la Cinemateca Boliviana.

Como político, Mesa protagonizó uno de los momentos más importantes de la historia reciente boliviana. En 2002 se convirtió en el vicepresidente –independiente– de Gonzalo Goni Sánchez de Losada. Y tras la renuncia de este, en octubre de 2003, se encontró al frente de un país que iniciaba un turbulento proceso que daría, dos años después, con el triunfo electoral del hombre que encabezó las protestas que llevaron a la renuncia de Goni. Evo Morales Ayma se convirtió en el primer presidente indígena del país, y gobierna Bolivia desde entonces.

A comienzos de abril, Mesa estuvo en Panamá para participar como jurado en los Premios Platino y como expositor en la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) que organizó la Apede. Entre medias, conversó con este diario sobre la historia y la política de su país.

Cuando uno mira el mapa suramericano ve que hay dos países que no tienen mar. Esos países, a la vez, son los perdedores de las dos grandes guerras de la historia de Suramérica. ¿Cómo se ven todavía las cicatrices de la Guerra del Pacífico en Bolivia?

Hay una diferencia entre Paraguay y Bolivia: mientras que Paraguay nunca tuvo mar, Bolivia nació a la vida independiente con acceso al océano Pacífico y perdió ese acceso porque le fue arrebatado, le fue usurpado por Chile en la Guerra del Pacífico.

Las heridas de la guerra han quedado. Son parte del imaginario fundamental de Bolivia, y han convertido la causa de la recuperación del mar en el elemento más fuerte de cohesión del país. Ahora el presidente Morales ha presentado ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya [Holanda] un juicio contra Chile para buscar una forma distinta de lograr éxito en nuestra reivindicación marítima, que hasta ahora no se ha podido obtener.

¿Cómo ha marcado esa pérdida de acceso al mar la economía boliviana?

Hay dos consideraciones que me parecen claves. Uno, sería absurdo presumir que la pobreza y los problemas que enfrenta el país de manera estructural son exclusivamente motivados por mediterraneidad. Eso sería extrapolar las cosas y no reconocer los propios errores e insuficiencias de las élites políticas bolivianas.

Dicho esto, es incuestionable que la mediterraneidad tiene un costo económico. Nosotros publicamos en 2004 el Libro Azul de la demanda marítima, donde se calculó una pérdida de por lo menos 1.5% del PIB anualmente, lo cual resulta en una acumulación a lo largo del tiempo muy significativa.

El gas. ¿Bendición o maldición?

Es una bendición en la medida en que le ha permitido a Bolivia unos ingresos espectaculares en los últimos 10 años.

Esa es una oportunidad que no necesariamente se está aprovechando a mediano y largo plazo. No te voy a decir que sea un desastre lo que se está haciendo, pero sí creo que es lento e insuficiente en el proceso de diversificación y la búsqueda de un cambio de matriz productiva.

Como presidente, usted manejó la llamada “guerra del gas”. ¿Cómo fue eso?

Yo llegué al gobierno en un momento en el que el país estaba al borde de una confrontación civil muy grave, y pacifiqué el país con un esfuerzo muy grande y muy rápido.

Establecí un conjunto de decisiones que recogían las demandas de lo que se conoce como la “guerra del gas”. Esas demandas tenían que ver con la reforma que hice, que permitió incorporar la Asamblea Constituyente como mecanismo constitucional; que incorporó el referéndum como consulta nacional, departamental y municipal; que estableció la iniciativa legislativa ciudadana y eliminó el monopolio de los partidos políticos para presentar candidaturas. Sobre ese paquete llevé adelante el referéndum que cambió la política de hidrocarburos y que permite los ingresos de los que estamos hablando hoy. En consecuencia, en los dos años que goberné llevé adelante –creo yo– el proceso que permitió un cambio histórico de la democracia boliviana. Y lo logré en paz.

Se suele concebir a los presidentes como personas con un amplio margen de maniobra para hacer lo que les parezca. ¿Qué tan cierto es eso?

Depende del contexto. Bolivia vivió en el paso del siglo XX al XXI un debilitamiento progresivo del poder presidencial. El voto se atomizó: los tres presidentes anteriores a mi llegada al gobierno –y yo mismo como candidato vicepresidencial– obtuvieron 23% de los votos. Con ese porcentaje, ¿cómo estructuras poder? ¿cómo estructuras capacidad de decisión? Tienes que hacer alianzas, y tienes una oposición del 80% del país. Esa realidad condicionó mi gobierno.

Por otro lado, el presidente Morales empezó con el 54% y tuvo un segundo mandato del 64% de los votos. Con un partido que tiene control de todos los poderes y, particularmente, dos tercios del Legislativo. En consecuencia, hay presidentes que nacen con un gran poder de convocatoria por el voto recibido y que además tienen una vocación autoritaria, como es el caso del presidente Morales. Depende mucho del momento histórico y de las condiciones de voto que recibas.

¿Qué tan intensas eran las presiones –políticas y comerciales– estadounidenses durante su Presidencia?

Yo viví un giro. Viví el momento inmediatamente posterior al colapso del sistema de partidos tradicional. Eso generó una toma de conciencia tardía de Estados Unidos (EU) de que no podía seguir presionando a la democracia boliviana, porque iba a destruirla. En consecuencia, EU frenó en seco su presión sobre mi gobierno. Y en el caso del presidente Morales, él tomó la iniciativa agresivamente y prácticamente rompió lanzas con EU.

Desde el punto de vista del apoyo económico –yo heredé un 8% de déficit fiscal, que es una cosa brutal– hay que decir que EU tomó una actitud positiva –junto con México y la Unión Europea– que nos permitió salir de un déficit muy grande que, con políticas de austeridad, pudimos revertir.

¿Y las presiones de Brasil?

Indudablemente, Brasil es hoy una potencia mundial, y es un país que para nosotros es clave.

La relación con Brasil ha tenido sus más y sus menos. Bolivia ha tenido históricamente la impresión de que Brasil tenía una política expansionista. Y yo diría que la presencia brasileña a través de una empresa como Petrobras en Bolivia ha sido muy significativa, pues copó gran parte del circuito de producción y distribución del gas.

En el costo-beneficio, Brasil respaldará a Bolivia en el límite de su inestabilidad. En otras palabras, lo que a Brasil le interesa es Bolivia como país estable. El vínculo de venta de gas es muy sensible: si tuviéramos un quiebre con el Brasil nuestra economía se cae en pedazos. Y Brasil lo sabe. Incluso pienso yo que Brasil compraría gas por razones políticas, aunque no lo necesitase, precisamente porque conoce la sensibilidad. Lo que no estoy tan seguro es que en una nueva negociación de gas con Brasil –nuestro contrato se vence en 2019– los precios negociados hoy van a ser los mismos.

Hoy día las relaciones entre Bolivia y Brasil no son las que eran con Lula. Es evidente que hay tensiones muy grandes. Y en el tema narcotráfico, Brasil no ha sido equivalente en su acción a lo que fue EU, siendo Brasil en estos momentos el principal destino de la droga boliviana.

Hemos mencionado varias veces al presidente Morales. ¿Cuál es su significado en la historia de Bolivia?

Muy importante. Fundamental. Es uno de los presidentes más importantes en nuestra historia sin ninguna duda. El carácter simbólico de lo indígena que él encarna tiene una profundidad que lo convierte –no solamente como presidente sino también si dejara de serlo– en una figura política definitiva en el futuro –y, por supuesto, en el presente– del país.

Aquí hay que hacer un subrayado muy importante: Morales no es el inventor del agua tibia en el tema de la inclusión, de la dignidad o la incorporación indígena. Morales es el que termina una tarea que el proceso histórico y la democracia boliviana construyeron de manera muy importante. Ahora, lo que no podíamos hacer los presidentes que lo antecedimos es ser indígenas, porque eso o lo eres o no lo eres. Y él aprovechó magníficamente esa circunstancia. Lo que Morales ha hecho es culminar la movilidad social, darle a los indígenas el lugar que merecen en la historia.

¿Qué hay más allá del “primer presidente indígena” que llegó al poder en 2006?

En lo positivo, una bonanza económica bien administrada macroeconómicamente. En lo negativo: una vocación autoritaria; una lógica del poder por el poder mismo; la idea de que una persona encarna un proceso de cambio; la idea de que hay que atar todos los mecanismos para garantizar la reproducción indefinida del presidente y de su partido en el gobierno; la falta de diálogo con la oposición; y una vocación que yo no puedo suscribir que es el control del poder judicial y del poder electoral.

¿Cómo debería evolucionar una Bolivia post-Evo?

En lo económico, hacia la búsqueda de una nueva matriz productiva, aunque no es fácil. En lo político, hacia una recomposición de la institucionalidad. La recomposición de los poderes independientes y coordinados entre sí. Que el poder Ejecutivo no cope todos los espacios. Y que tengamos un pluralismo político y, por supuesto, una alternancia en el poder. Soy radicalmente contrario a la lógica de una reelección indefinida del presidente y creo que el Tribunal Constitucional que ha admitido una segunda reelección ha vulnerado la Constitución.

Michelle Bachelet tiene un problema: sus minas de cobre se están haciendo viejas y necesitan cada vez más energía. Bolivia no le puede vender gas por ley. ¿Ve usted la posibilidad de una negociación con Bolivia involucrando un posible acceso al Pacífico?

Empecemos por decir que la economía boliviana y la chilena son profundamente complementarias, como pocas economías de la región. Y la ironía de esa complementariedad es que no se puede aplicar por el problema que tenemos con Chile.

Yo no creo en la lógica de “tú me das mar y yo te doy gas” de manera automática. Porque desde el punto de vista de la autovaloración chilena eso es una forma de venderte. Suena a un trueque comercial, y no puede ser entendido como tal.

Desde el punto de vista de Bolivia, la lógica es la siguiente: lo que nosotros le estamos pidiendo a Chile es que nos devuelva un pequeñísimo acceso al mar que no tiene ninguna relación con los 120 mil kilómetros cuadrados que nos arrebataron. Chile no puede asumir que está perdiendo un territorio sino que está devolviéndole un pedacito de lo que le quitó a Bolivia.

Ahora, no tengo la menor duda de que la solución del problema marítimo boliviano automáticamente viene acompañada de una apertura extraordinaria –empezando por la energía, continuando por el agua y siguiendo por otro tipo de cosas– que tiene que ver con el desarrollo del norte de Chile y del oeste de Bolivia de manera mucho más eficiente.

Por lo tanto, la ganancia neta para Chile y Bolivia de la solución del problema marítimo no tiene parangón con la pérdida que le representaría a Chile esa cesión. Para mí es algo incomprensible que Chile insista en cerrar sus puertas a esta negociación. Mientras no resolvamos el problema no habrá gas para Chile y no tendremos estas opciones. Y creo que el camino que ha buscado Bolivia es el único camino posible, porque por las buenas hemos estado más de 100 años intentando lograr una solución y a Chile simplemente no le ha dado la gana de hacerlo.

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