el nuevo papa, ante la preocupante realidad de su iglesia

Francisco, el mundo y el dragón

Las profundas crisis del catolicismo en América Latina y Europa ponen la futura relevancia global de la Iglesia en entredicho. Francisco deberá empezar por poner la curia en orden, y luego buscar ´mercados alternativos´ en Asia.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito. PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.

Hace solo un par de semanas, la atención mundial abandonaba el proceso de muerte y sucesión de un líder para posarse en otro proceso similar al otro lado del Atlántico. Más allá de la evidente diferencia de glamour entre el Vaticano y Caracas, la elevación casi simultánea de Nicolás y Francisco pone de relieve las trayectorias opuestas de sus respectivos “ismos”: muerto el líder, unos intentan consolidar su poder material invocando lo espiritual.

Los otros llevan media eternidad haciendo lo contrario. En cierta manera, el apego eclesiástico a lo material es mucho más reprobable que las aspiraciones metafísicas de los seguidores de Chávez. Mientras que los sucesores del comandante apenas intentan escribir su propia versión de los Hechos de los Apóstoles, la Iglesia católica lleva unos mil 600 años ridiculizando la célebre separación entre las cosas del César y las cosas de Dios, atribuida al mismísimo Jesús de Nazaret en el Evangelio de San Mateo.

El nazareno, a decir verdad, no fue el primero en advertir sobre el venenoso coqueteo entre cielo y Tierra. Ni muchísimo menos el último: 18 siglos más tarde, por ejemplo, el célebre pensador francés Alexis de Tocqueville advertía que, al mezclarse con la mundana y terrenal política, la religión aumentaba su autoridad “sobre unos pocos”, pero renunciaba “a la esperanza de reinar sobre todos”.

Los siglos transcurridos entre ambos produjeron el inestimable principio de separación entre Iglesia y Estado, pilar de la modernidad, y la única razón objetiva por la que la misma persona puede cuestionar la legitimidad presidencial de Maduro y aceptar con normalidad el papado de Francisco.

GEOPOLÍTICA SANTA

Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. Detrás de su esplendor renacentista, es fácil olvidar que el Vaticano, en pleno siglo XXI, es un Estado independiente; una monarquía absoluta –en plena era democrática— encabezada por el Papa, cuyo título más importante es el de Pontifex Maximus, herencia directa de los Césares. Jesús no vivió para ver que las cosas del César y las de Dios terminaron fundiéndose en Roma.

Desde cualquier óptica posible, el poder de la Santa Sede es inmenso. Ubicada desde 1929 en la ciudad-estado del Vaticano, es la institución política más antigua y duradera del mundo occidental.

Con más de 700 mil kilómetros cuadrados a su cargo (aproximadamente la superficie de Chile o Turquía) por todo el planeta, es también considerada la tercera mayor terrateniente del mundo.

Su Secretaría de Relaciones con los Estados envía nuncios apostólicos a 179 países, y goza de presencia permanente en la ONU, la OEA, la OMC y otras muchas instituciones internacionales. El papado”, escribió Hobbes, “es el fantasma del difunto imperio romano, sentado y coronado sobre su tumba”.

Lejos de la parafernalia religiosa, los últimos 15 siglos de historia papal representan uno de los proyectos geopolíticos más fascinantes y exitosos de la historia. Sin ejército ni armas para defenderse o imponer su voluntad, el inmenso poder del papado está fundamentado, en palabras del analista Christopher S. Ljungquist, “en su habilidad para legitimar religiosamente una (u otra) ideología como instrumento de poder estatal”, y así establecer alianzas con poderes seculares que favorezcan sus intereses.

El último gran ejemplo de este modus operandi tuvo lugar durante la Guerra Fría, cuando Pío XII y, sobre todo, Juan Pablo II se aliaron abiertamente con el bloque occidental para combatir los regímenes del Pacto de Varsovia y, también, una gran cantidad de insurgencias tercermundistas que utilizaban principios teológicos católicos como parte de sus ideologías.

El desempeño de la Santa Sede en temas de inteligencia fue tal que, en sus memorias, el exconsejero de seguridad nacional estadounidense Zbigniew Brzezinski escribió que a su país le habría ido mucho mejor con Juan Pablo II, en vez de Jimmy Carter, como presidente.

En 1984, la administración Reagan estableció formalmente relaciones diplomáticas con el Vaticano, solidificando una alianza que dura hasta hoy, y cuya importancia queda demostrada, por ejemplo, por la mención del entonces cardenal Jorge Bergoglio en hasta seis cables de Wikileaks — incluyendo un perfil detallado— durante el cónclave de 2005.

El REBAÑO SAGRADO

Si la historia de la Santa Sede es una lección en realpolitik de alto nivel, su control sobre la imaginación de su rebaño es un caso de estudio. En 1910, los católicos constituían el 48% de todos los cristianos, y el 17% de la población mundial.

Un siglo después, la Iglesia ha logrado mantenerse en la cresta de la ola, cuadruplicando el número de católicos (de 291 millones a 1,200 millones) y manteniendo los porcentajes anteriores.

La diferencia fundamental ha venido en términos de la distribución geográfica de sus fieles: mientras que en 1910 el 65% de los católicos vivía en Europa (y el 89% lo hacía allí o en Latinoamérica), ahora solo un 25% de los católicos vive en el Viejo Continente, mientras que el 39% lo hace en Latinoamérica y el Caribe.

La diferencia en cifras la compensa los 176 millones de católicos que viven actualmente en África (15% del continente), 176 veces más de los que había hace 100 años. El catolicismo sigue siendo la religión con más adherentes del mundo, pero sus aparentemente saludables cifras esconden serios problemas. Para empezar, el cambio en distribución geográfica de los fieles ha traído consigo una considerable pérdida de influencia en los asuntos mundiales.

A la vez, muchos analistas y teólogos señalan una creciente pérdida de confianza, respeto y credibilidad, centrada en temas como la falta de sacerdotes, el manejo de los escándalos de abuso sexual infantil, la admisión de las mujeres al sacerdocio y las posiciones conservadoras de la Iglesia sobre el aborto y la homosexualidad.

Todo esto explica los cada vez más raquíticos porcentajes de participación en temas religiosos. En Italia, por ejemplo, solo el 39% de los católicos asiste a misa, y se estima que uno de cada diez adultos estadounidenses es un excatólico. Como ya se ha repetido incansablemente, Francisco es el primer papa no europeo en mil 300 años, y el primero proveniente del Nuevo Mundo.

Latinoamérica, parte sustancial de ese mundo nuevo, alberga 483 millones de católicos, 200 millones más que Europa, una tendencia que seguramente se verá acentuada, dada la diferencia en tasas de nacimiento de ambas regiones.

Las razones para escoger a un latinoamericano, sin embargo, no son para reconocer una realidad sino para intentar detener una crisis cada vez más visible. En palabras del veterano periodista mexicano Diego Cevallos, Latinoamérica ha pasado de ser, a ojos del Vaticano, un continente “de esperanza” a ser uno “de preocupación"

PAN PARA HOY, HAMBRE PARA ÑANANA.

Las cifras hablan por sí solas. En la actualidad, el 65% de la población brasileña se considera católica, un porcentaje que rondaba el 90% en 1970. En México, el porcentaje de católicos bajó del 88% al 83% entre 2000 y 2010. De continuar estas tendencias, se estima que, para 2025, el 50% de los latinoamericanos se considerará católico, una estrepitosa caída si lo comparamos con el 70% actual (y el 81% de 1996).

El panorama es aún más desolador si ahondamos en las cifras. En Argentina, por ejemplo, el 76.8% de la población dice que es católica, pero solo el 33% considera la religión como algo importante en sus vidas, y solo el 19% asiste regularmente a misa.

Chile, Uruguay y Paraguay tienen cifras similares. A nivel latinoamericano, esa cifra ronda el 40%. La caída del catolicismo ha venido acompañada de un crecimiento del protestantismo. A día de hoy, se estima que uno de cada siete latinoamericanos es miembro de alguna iglesia protestante, mientras que en 1990 esa cifra era apenas del 4%.

En Brasil, se estima que unas 500 mil personas abandonan el catolicismo cada año, la mayoría para irse a iglesias protestantes. Y en Guatemala, el caso más “extremo”, aproximadamente el 30% de la población, incluyendo a tres presidentes, se identifica como “evangélico”. Todo esto se ha traducido en una pérdida de influencia sin precedentes en el ámbito político.

En 2009, políticos en México DF legalizaron el aborto, la eutanasia, y el matrimonio homosexual, prestándole nula atención a las amenazas de excomunión. En 2010, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner legalizó el matrimonio homosexual, refiriéndose a la oposición del entonces cardenal Bergoglio como una “reminiscencia de la Edad Media y la Inquisición”.

El año pasado, el presidente chileno, Sebastián Piñera –demócrata cristiano, para más inri–, promulgó una ley antidiscriminación que incluía la orientación sexual entre sus categorías, y en la actualidad se encuentra promoviendo una ley para legalizar el matrimonio homosexual.

Uruguay se encuentra procesando una ley similar, y según las encuestas el 50% de la población uruguaya, el 40% de la brasileña y el 38% de la mexicana se muestran favorables a las uniones homosexuales. “ No es de extrañar que el cónclave haya escogido a un Papa latinoamericano”, escribió recientemente el académico Omar Encarnación. “ Aún así –concluyó– el abismo entre las ideas del nuevo Papa y lo que la mayoría de latinoamericanos quiere para su vida religiosa es tan grande, que Bergoglio no podrá salvarlo”.

En su artículo La crisis católica en América Latina, el Dr. Encarnación también señala la nacionalidad del nuevo pontífice como “una extraña decisión” si el objetivo es “entusiasmar a la mayoría de católicos latinoamericanos”.

Por un lado, asegura, Argentina es “ampliamente conocida” como una “sociedad europea en el exilio”, lo que hace probable que el nombramiento de un ítaloargentino deje a muchos indiferentes. Pero la particular historia de la Iglesia católica en ese país es aún más importante.

En ningún otro país de la región está tan manchada la reputación de la Iglesia católica como en Argentina”, escribió. La relación de Jorge Bergoglio con la dictadura militar de Jorge Videla merece un análisis aparte, pero seguramente traerá pocos beneficios a los objetivos papales en la región.

Por lo pronto, Francisco viajará a Río de Janeiro en julio –con misa en Copacabana incluida– y visitará su país (y quizá Chile y Uruguay) a finales de año, prudentemente después de las elecciones legislativas en Argentina.

PONER LA CASA EN ORDEN

En medio de este panorama, quizá los peores enemigos son los que están más cerca. Para los expertos, cada vez está más claro que Francisco deberá empezar por limpiar a fondo en Roma. Si bien es cierto que la Iglesia católica nunca ha caminado demasiado alejada del escándalo, en la era de la globalización las acusaciones de pedofilia, fraudes bancarios, lavado de dinero, extorsiones (y todo lo que trajo y traerá el escándalo Vatileaks) son más peligrosas y dañinas que nunca.

El epicentro de todo es la curia romana, como se conoce a la burocracia vaticana, y que según todos los expertos necesita una profunda reforma. “Francisco tiene la oportunidad de construir algo nuevo. Probablemente empezará a nombrar extranjeros, como él mismo, en la curia”, escribió el periodista Víctor Gaetan en la afamada revista Foreign Affairs. “La reforma incluye, inevitablemente, el reconocimiento de la magnitud de todos los negocios sucios que han sido 'tradición' en el Vaticano. Y eso significa que tendrá que despedir gente”, opinó Jane Kramer en el semanal The New Yorker.

Uno de los primeros informes que recibió el argentino contiene la investigación hecha por tres cardenales sobre el escándalo Vatileaks, y se espera que su primera decisión importante sea el nombramiento de un nuevo secretario de Estado, en reemplazo del cardenal Tarcisio Bertone, algo que quizás empiece a dar pistas sobre sus intenciones.

Si logra poner la casa en orden, Francisco tendrá mucho ganado para navegar las peligrosas aguas de las relaciones internacionales. Sin darle tiempo para respirar, su compatriota Cristina Fernández ya le pidió su mediación en la disputa con Gran Bretaña por las islas Malvinas/Falklands (en una misa el año pasado, el entonces cardenal dijo que “venimos a rezar por aquellos que han caído, hijos de la patria que salieron a defender a su madre, a reclamar que es suyo [de la patria] y les fue usurpado”).

Por otro lado, el manejo de una relación cada vez más compleja con el mundo islámico promete darle no pocos dolores de cabeza. Curiosamente, fue san Francisco de Asís quien medió conflictos entre cristianos y musulmanes en Egipto y estableció comunidades cristianas en Palestina en el siglo XIII. Desde 1342, sus sucesores franciscanos han sido universalmente reconocidos como los custodios de Tierra Santa, y siguen jugando un importante rol en el mundo árabe y musulmán.

EL DRAGÓN Y LA LUZ

Pero tal vez el desafío más grande para el nuevo Papa no esté en Latinoamérica ni en Roma ni en Medio Oriente. En los últimos años, el Gobierno estadounidense ha estado presionando para remover los límites temporales que figuran en las legislaciones de abuso sexual infantil (bajo las leyes actuales, las víctimas deben hacer sus denuncias antes de cierta edad).

De eliminar estas restricciones, el número de víctimas podría aumentar drásticamente (aquellos abusados hace 20, 30 o 40 años), potencialmente perjudicando aún más a la Iglesia católica estadounidense (que ya es la más afectada). En términos demográficos, esto no debería representar un dolor de cabeza demasiado severo para Francisco.

Al fin y al cabo, EU solo tiene el 5% de los católicos del mundo. El verdadero problema es económico: la Iglesia católica estadounidense contribuye aproximadamente con el 40% de los fondos del Vaticano. En un reciente artículo, el periodista italiano Francesco Sisci especula con que, ante esta posibilidad, la Iglesia se encuentra en la necesidad de desarrollar “mercados alternativos”.

Con el catolicismo en franco declive en Europa y Latinoamérica, y con África fuera del mapa por cuestiones obvias, el mapa apunta a Asia, hogar del 60% de la población del mundo y futuro eje de la economía global. “ La presencia aquí y ahora de la Iglesia católica puede significar la diferencia entre mantener su relevancia en este siglo o acelerar aún más su decadencia”, escribió.

Asia, cuna de las religiones más antiguas del mundo, sería un hueso durísimo de roer para la Santa Sede. Se estima que el 5% de la población asiática es católica, gran parte de ella concentrada en las islas Filipinas. “La única apertura realista es China. El budismo es muy débil, y los chinos tienen hambre de nuevas religiones”, escribió Sisci.

China, además, es la segunda economía más grande del mundo, no tiene problemas con los escándalos de abuso sexual, y comparte con la Iglesia la preocupación por la influencia musulmana. “ Puede ser la solución real al futuro del catolicismo. China necesita entender el mundo y hacerse entender. Roma podría jugar un rol sin igual integrando este inmenso país en un mundo dominado por EU y Europa”, concluyó el italiano.

Las relaciones chino-vaticanas son, cuando menos, tensas. Desde el punto de vista de Beijing, el principal problema son las relaciones diplomáticas que el Vaticano mantiene con Taiwan. La tensión se ve constantemente agravada por la falta de reconocimiento chino a la autoridad papal sobre su población católica. Como país ateo, China mantiene un férreo control sobre todas las actividades religiosas del país, y tiende a ordenar sus propios obispos, con el doble objetivo de servir a la creciente población católica y controlarla mejor.

La Santa Sede, por su parte, responde excomulgando a los obispos que aceptan ser ordenados sin aprobación papal. En medio del océano de problemas que aguardan al nuevo jefe del catolicismo, quizá la clave esté en la relación con el gigante chino. No parece difícil imaginar una solución satisfactoria para ambos (establecimiento de relaciones a cambio de mayor cooperación y apoyo en la evangelización en China).

Para una institución que se proclama heredera del Imperio Romano, establecer una alianza con el dragón comunista no debería implicar mayor dificultad. Y después de todo, el jesuita san Francisco Javier murió en 1552 esperando entrar a China, después de haber evangelizado media Asia. A día de hoy, muchos historiadores se preguntan qué habría pasado si hubiera entrado. Casi cinco siglos después, otro Francisco jesuita puede terminar dándoles la respuesta.

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