apocalipsis nuclear

Norcorea o el teatro de lo absurdo

El régimen norcoreano lleva décadas sobreviviendo a base de pericia diplomática. Nadie, sin embargo, parece preparado.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito

La última iteración del show que protagonizan, desde hace seis décadas, varios actores mundiales en torno a Corea del Norte (oficialmente República Democrática Popular de Corea o RDPC) ha logrado capturar la atención global. Millones de personas, de Alaska a Ciudad del Cabo y de Los Ángeles a Tokyo, se desayunan, almuerzan y cenan las bravuconadas que casi a diario salen de Pyongyang (y de Seúl y Washington, aunque con menor frecuencia), sin saber muy bien cómo interpretarlas.

A priori, el mundo parece estar al borde de una guerra nuclear. Al momento de escribir este análisis, Pyongyang se ha retirado de todos los arreglos de seguridad establecidos en el desenlace de la última conflagración (la Guerra de Corea, primer gran conflicto de la Guerra Fría, que terminó con el Armisticio de 1953), cortando toda comunicación y cooperación con su vecino –y hermano– del sur. Acto seguido, ha amenazado al imperio (Estados Unidos) y su lacayo (Corea del Sur) con un apocalipsis nuclear, moviendo misiles a su costa este y avisando a los diplomáticos extranjeros que su seguridad ya no está garantizada. Según los norcoreanos, la guerra puede estallar en cualquier momento. Estados Unidos (EU), por su parte, ha respondido firmemente a los movimientos de Pyongyang, ampliando su compromiso de seguridad con Seúl, haciendo una serie de ejercicios y despliegues militares y reforzando sus sistemas de defensa en la isla de Guam.

Vista así, la situación es muy delicada, y muchos se temen lo peor: según la sabiduría popular, la RDPC es un Estado comunista –léase “malo”–, autocrático y totalitario, cuyos dementes líderes podrían usar sus enormes recursos militares –incluyendo sofisticadísimas armas nucleares– para atacar a los pacíficos, prósperos y democráticos países (con EU como objetivo principal) que intentan hacerles entrar en razón para que abandonen sus armas nucleares y se unan a la “comunidad de naciones”.

La realidad, sin embargo, es un poco más compleja. Más allá de lo prósperos, pacíficos y democráticos que puedan ser EU y sus aliados, la RDPC sí es un Estado autocrático y totalitario que se hace llamar comunista. Un Estado, para ser más claros, que es amo y señor de sus ciudadanos, con el peor historial de derechos humanos del planeta. Sus líderes, sin embargo, no están dementes, y no hay nada de sofisticado acerca de su maquinaria bélica. Lo que viene ocurriendo en la península coreana en las últimas décadas es un complejo show geopolítico cuya intención es preservar un statu quo que beneficia a todos los involucrados. El resultado es, como dijo una periodista de la BBC, que hoy en Seúl parece que hubiera dos realidades: mientras las noticias anuncian el “aumento de tensiones”, la vida en la capital surcoreana –y en Pyongyang– sigue su curso normal.

Historia y estrategia

Encerrada entre China, Rusia y Japón, la península coreana está en el centro de un gallinero con demasiados gallos (una situación parecida a la de Polonia en Europa). Para sobrevivir, los gobernantes coreanos balanceaban el poder de las potencias a su alrededor, llegando a arreglos –generalmente con China– de lealtad a cambio de protección. Estas condiciones han marcado la idiosincrasia del pueblo coreano, que históricamente ha exhibido un fortísimo sentido nacional y un desprecio igual de intenso por la dependencia en potencias extranjeras. La RDPC es heredera de esta tradición, y la filosofía sobre la que se basa el régimen –llamada juche– enfatiza la autosuficiencia y la fobia por la influencia extranjera. El pináculo del juche es el culto a la dinastía Kim, los semidioses que mantienen al país puro, glorioso e independiente.

Desde esta óptica, los Kim son líderes eminentemente coreanos: durante la Guerra Fría, por ejemplo, Kim Il Sung maniobró magistralmente entre China y Rusia, aliándose con ambas y con ninguna a la vez. Su estrategia empezó dando resultados, y por algún tiempo la RDPC fue incluso más próspera que su vecina del sur. Pero una serie de pésimas decisiones económicas desembocaron en un desastre sin precedentes. Norcorea es uno de los países más pobres del mundo: uno de cada cuatro niños está desnutrido y más de 2 millones de personas fallecieron en la última hambruna.

Cuando cayó la URSS, Pyongyang quedó en una situación difícil. Su economía ya estaba en ruinas, y muchísimos analistas y expertos esperaban un colapso inminente. La supervivencia del régimen se convirtió en la única prioridad. Y una vez más, los sucesores de Kim Il Sung –liderados por su hijo Kim Jong Il– elaboraron una brillante estrategia diplomática que les ha permitido mantenerse en el poder hasta hoy. Esa estrategia, que sigue bajo el mando de Kim Jong Un, ha sido bautizada por el prestigioso analista George Friedman como “feroz, débil y demente”. En varios ensayos, Friedman ha explicado cómo los norcoreanos, al convencer al mundo de su ferocidad, debilidad y demencia, han logrado que los dejen en paz.

Al presentar su considerable capacidad militar y sus esfuerzos por obtener el poder devastador de las armas nucleares, los norcoreanos lucen feroces y temibles. Muchos países han usado la estrategia de la ferocidad, pero la RDPC le añadió un elemento clave. Al publicitar su debilidad –las hambrunas, sobre todo–, Pyongyang ha logrado que, en la mente de sus enemigos, intervenir no valga la pena: ¿para qué arriesgarse a sufrir su ferocidad cuando está a punto de colapsar? Finalmente, con su extravagante y errática mezcla de retórica y acción, los norcoreanos aparentan estar locos. Este punto es clave: las relaciones internacionales están basadas en la racionalidad de sus actores.

La lógica de Pyongyang

Para Friedman, de las tres características de la imagen norcoreana, la ferocidad es la más complicada de todas. Pyongyang debía lucir feroz y temible, pero nunca cruzar una de las líneas rojas de sus enemigos. Es ahí donde entra el eterno programa nuclear que parece avanzar, y realiza pruebas, pero nunca llega a producir un arma. El ciclo ya es conocido: los norcoreanos amenazan, hacen una prueba nuclear o de algún misil, y las potencias mundiales se apresuran a pedirles calma. Ocasionalmente, los “convencen” de volver a las negociaciones, en las que obtienen la suficiente ayuda económica y humanitaria para sobrevivir y pelear un día más. Es así como la RDPC, un país con un PIB similar al de Letonia o Turkmenistán, mantiene en vilo a las naciones más poderosas del mundo. La conclusión de Friedman es contundente: “el posicionamiento norcoreano es excelente. Y habiendo obtenido está posición no va a arriesgarla, por más amenazas que lance un líder veinteañero”.

En este contexto deben entenderse los movimientos de las últimas semanas. Aún así, el significativo aumento de la retórica tiene poco de casualidad. Como escribió hace poco The Economist, “incluso por sus propios estándares, la conducta reciente de Norcorea es extraordinaria”.

Para muchos analistas, los últimos movimientos norcoreanos son principalmente para consumo interno. El joven Kim –de unos 30 años– tiene una doble necesidad de cimentar su autoridad y credibilidad. En un régimen cuya línea oficial (o Songun) pone al ejército por encima de todo, Kim Jong Un necesita establecer sus credenciales ante los generales norcoreanos. El reciente despido del jefe del ejército, Ri Yong Ho, y los rumores de que su tío político Jang Song Thaek es la mano que mece la cuna en Pyongyang, pueden ser entendidos desde esta perspectiva.

Al mismo tiempo, el líder necesita ganarse la credibilidad de un pueblo que, según varios reportes, empieza a entender cada vez mejor la pesadilla que es su país. Algunos observadores han señalado un claro objetivo de hacer ver al joven líder como la imagen rediviva de su abuelo, el fundador y presidente eterno de la patria Kim Il Sung.

Por otro lado, muchos creen que las bravuconadas norcoreanas tienen destinatarios extranjeros. Desde hace muchos años, Pyongyang ha “probado” a todos los presidentes surcoreanos durante sus primeros meses, y la presidenta Park Geun-hye acaba de asumir. Otros analistas aseguran que la RDPC necesita cambiar el statu quo. La situación económica, especulan, puede ser peor de lo que se sabe, de ahí que el régimen esté dispuesto a llevar la tensión al máximo para obtener sus verdaderos objetivos: un acuerdo de paz en el que EU los reconozca diplomáticamente como país con capacidad nuclear y se levanten las sanciones económicas.

El beneficioso ´statu quo´

Es imposible saber hasta dónde está dispuesto a llegar Pyongyang, pero la simple retórica obliga a todos los ejércitos involucrados a máximos niveles de alerta. Por lo pronto, varias encuestas hablan de una creciente desconfianza en Surcorea para con los estadounidenses. Dos de cada tres surcoreanos creen que el país debe desarrollar sus propias armas nucleares, y solo el 48% confía en que EU usaría esas armas para defenderlos en caso de un ataque nuclear del Norte. Norcorea, por su parte, está llevando su relación con China a los límites. Cada vez más reportes hablan del hartazgo en Beijing ante la actitud norcoreana. Se estima que China controla el 70% de la economía norcoreana y tiene la capacidad, si así lo deseara, de hacer colapsar al país en cuestión de días.

Llegados a este punto, el asunto parece sencillo: la clave la poseen los chinos. Lo cierto, sin embargo, es que China no solo tiene mucha menos influencia sobre la RDPC de lo que parece, sino que incluye sus propias razones –principalmente la estabilidad en la frontera, el potencial influjo de refugiados que un colapso traería, y el tener un Estado “amigo” separándola de las tropas americanas en Surcorea– para preservar la estabilidad del régimen de los Kim. Mientras Beijing valore más su estabilidad y asuntos internos que la amenaza nuclear norcoreana, las cosas tienen pocos visos de cambiar.

Lo mismo podría decirse de EU. En pleno “pivoteo hacia Asia”, el régimen norcoreano le da un fuerte argumento para justificar su presencia militar en la región. (El objetivo real, por supuesto, es contener a China). Además, un colapso norcoreano traería una serie de consecuencias, potencialmente devastadoras. Fuga de información, material y tecnología nuclear y la madre de todas las intervenciones humanitarias –25 millones de refugiados de golpe– que obligaría a tres o cuatro potencias mundiales a tomar decisiones, en cuestión de horas o días, que podrían ser cruciales. Después de todo, la situación actual tiene su origen en un arreglo similar, cuando soviéticos y americanos se repartieron la península coreana tras la guerra.

En las actuales circunstancias existen dos posibilidades concretas. La primera es que haya un verdadero conflicto, ya sea iniciado por un ataque norcoreano o por un error de cálculo de cualquier lado. La segunda es que la actual crisis pase y el statu quo se prolongue un poco más. En ese escenario, es imposible no sentir que el colapso de la RDPC es solo cuestión de tiempo. Así las cosas, pase lo que pase, el mundo deberá prepararse para el derrumbe de un país de 25 millones de personas, en posesión de un programa de armamento nuclear, y en el corazón de un continente donde cada vez hay más tensión (las disputas territoriales siguen ahí).

Es difícil imaginar un mejor escenario para una posible Tercera Guerra Mundial.

La posibilidad impensable

Pero hay otra posibilidad, aunque impensable al día de hoy. Dado que Pyongyang no tiene intenciones de desarmarse (ni debería, pues todos los países que lo han hecho, como Irak y Libia, han sido invadidos), podría asumirse que es inútil seguir insistiendo. Siguiendo esa línea, podría plantearse una gran negociación multilateral en la que EU –y la “comunidad internacional”– reconozca a Pyongyang como potencia nuclear a cambio de una apertura económica y política gradual.

Por supuesto, la bomba norcoreana acarrearía una bomba surcoreana, una japonesa y quizá, ya puestos, una iraní (y una saudí, y así sucesivamente). Esto puede sonar a pesadilla, pero no necesariamente. Después de todo, en la comunidad académica siempre ha existido un intenso debate sobre si la proliferación de armas nucleares traería un mundo más pacífico.

Corea del Norte, la última reliquia de la Guerra Fría, plantea un dilema que atraviesa el corazón de varios debates en las relaciones internacionales. Hay uno, sin embargo, que ha quedado totalmente ridiculizado: quien crea que vivimos en un mundo donde la vida humana, su dignidad y libertad valen algo ante la pura y dura realpolitik, que se dé cuenta de que en este análisis no hay una sola mención a los más de 200 mil norcoreanos que viven esclavizados y abusados por su propio gobierno en campos de concentración. Para los burócratas en Washington, Seúl, Beijing, Moscú y Tokio, son solo un molesto pie de página en los informes de sus think tanks y agencias de inteligencia.

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