un país dividido entre la democracia y el autoritarismo

Pakistán, ´¿Quo vadis?´

La victoria electoral de Nawaz Sharif sella la primera transición exitosa entre gobiernos democráticamente elegidos en la historia del país. ¿Servirá para consolidar la democracia frente al ejército y los extremistas?

A principios del año 2000, el mundo de Nawaz Sharif parecía derrumbarse. Encerrado en su celda de la cárcel de Adiala, recibió la noticia, en marzo, de que su abogado principal había sido tiroteado en Karachi. La vendetta del general Musharraf –que lo derrocó cuando intentó despedirlo– iba tomando forma y pocos dudaban de que la cadena perpetua a la que lo habían condenado iba a convertirse en una sentencia a muerte. 21 años después, el mundo se preparaba para ver cómo Pakistán ejecutaba a otro primer ministro derrocado: en 1979, Zulfikar Ali Bhutto fue juzgado, sentenciado y colgado en esa misma prisión. Sus últimas palabras fueron: “Oh, Dios, ayúdame, pues... soy inocente”. Sharif no pronunció las suyas. En pleno escándalo internacional, la familia real saudí intercedió en su nombre y logró cambiar su vida por 10 años de exilio, 21 de abstención política y una serie de multas.

El resto es historia. Tras las elecciones del sábado pasado, Sharif ha culminado lo que, en palabras del diario pakistaní Dawn, es “el retorno [político] más grande desde Lázaro”. La suerte, escribió François de La Rochefoucauld, convierte todas las cosas en ventajas para sus favoritos. Y Nawaz Sharif es uno de ellos: a punto de iniciar su tercera aventura como primer ministro, su historia recuerda a la de Cayo Mario, ese romano al que la diosa fortuna, contra viento y marea, otorgó siete consulados.

Los resultados

Los resultados electorales dejan varias cosas claras. A nivel de escaños, la Liga Musulmana-Nawaz (PML-N) de Sharif emerge como el partido dominante, en una posición cómoda para formar una alianza de gobierno. Los comicios han sido también sintomáticos del cambio en el universo político pakistaní. El desplome del gobernante Partido del Pueblo (PPP) –efectivamente reducido a su bastión en la provincia de Sindh– y la irrupción del Tehreek-i-Insaf (Movimiento Para la Justicia, PTI) como la segunda fuerza del país muestra que la principal rivalidad será entre dos partidos de centroderecha.

Al nivel más profundo, lo ocurrido en Pakistán solo puede calificarse de histórico, dándose la primera transición entre dos gobiernos democráticamente elegidos desde 1947. Hasta ahora, todas y cada una de esas transiciones habían sido abortadas por los militares.

El hecho pone de relieve el compromiso de un pueblo harto de las fuerzas antidemocráticas (militares y extremistas) que acudió a votar en masa –60% de participación, la más alta de la historia– a pesar de las amenazas talibanes y la violencia (50 muertos solo el día de los comicios).

Pakistán y su democracia

Para comprender esta contradictoria realidad, se hace necesaria una mirada a la historia e idiosincrasia del país. La primera tarea, entonces, es responder a una simple pregunta: ¿por qué existe Pakistán?

Como Estado, Pakistán es el sucesor moderno del Imperio Mogol (1526-1858), el ente político –y musulmán– que dominó el subcontinente indio antes de la llegada de los británicos. Pero la idea de Pakistán no nació de manera natural, sino que fue la culminación de lo que empezó como un simple complejo: “los musulmanes, que habían vivido en la India por 500 años con un complejo de superioridad, repentinamente fueron consumidos por un complejo de inferioridad que se agravaba con cada desafío durante la era colonial”, escribió el periodista indio M.J. Akbar en su libro Tinderbox: The Past and Future of Pakistan.

Con el tiempo, ese complejo se fue transformando en una idea: que los musulmanes no podrían estar seguros –física ni religiosamente– siendo una minoría en medio de un océano de hindúes. La lucha independentista alimentó el sueño de una India unida –encarnado en Mohandas Gandhi–, pero la ansiedad musulmana –liderada por el “padre” de Pakistán, Mohammad Ali Jinnah– terminó por prevalecer. El 14 de agosto de 1947 nació Pakistán, la primera nación moderna creada expresamente para proteger a un grupo religioso (Israel fue la segunda, un año después).

El joven Estado nació, pues, con el corazón partío, y con la dificilísima tarea de cuadrar el círculo de religión y democracia. Tras una primera dictadura militar (1958-1969), el primer experimento democrático real (las elecciones de 1970) terminó con otra guerra de independencia, resultando de ella la nueva nación de Bangladesh.

Tras la guerra, siete años de gobierno civil dieron paso a otra dictadura militar, esta vez liderada por el hombre que patrocinó la “islamización” del país como ningún otro: el general Zia ul-Haq. Zia, discípulo del “padrino islámico” de Pakistán, Maulana Maududi, definió el dilema existencial del país con una simple pregunta: si Pakistán no había sido creado para el islam, ¿qué era, entonces? ¿Una India de segunda categoría?

En sus 11 años en el poder, Zia cambió el lema del ejército a ´Jihad fi sabil Allah´ (Jihad en el nombre de Alá) y trabajó para establecer el Nizam-e-Mustafa (gobierno del Profeta) a través de la imposición estricta de la Sharia (ley islámica) en todo el país.

En los 25 años desde la muerte de Zia, Pakistán ha visto varios gobiernos civiles y una última dictadura militar (la de Pervez Musharraf, de 1999 a 2008). Sin embargo, los esfuerzos por revertir la “islamización” del país no han tenido éxito, sino todo lo contrario: hoy por hoy, Pakistán es el “hogar” de al Qaeda y una gigantesca insurgencia islamista amenaza a su sociedad.

Más de 40 mil pakistaníes han muerto –incluyendo a la célebre Benazir Bhutto– en ataques terroristas en las últimas décadas. Por si eso fuera poco, la economía es un desastre y la infraestructura se cae a pedazos. Y para más inri, el país ha estado dominado por el ejército –concretamente la todopoderosa agencia Inter-Services Intelligence (ISI)– casi desde su fundación. ¿Cómo puede ser, entonces, que la democracia pakistaní luzca más fuerte que nunca?

Para empezar, el proceso constitucional es parte fundamental de la historia del país. Y por primera vez, los dos partidos más importantes (el PPP y el PML-N) se han abstenido de aliarse con el ejército para tumbarse entre ellos.

Más allá de eso, el secreto del fortalecimiento de la democracia pakistaní puede encontrarse en la pérdida de autoridad y capacidad del ejército para manejar el país. Las razones son múltiples, pero quizá las más importante sean, por un lado, el aumento de la actividad civil, el ascenso de los medios privados y la emergencia del órgano judicial como contrapeso del ejército; y por otro, la enorme crisis yihadista en la que su sumió el país tras los atentados del 11-S.

El Ejército pakistaní, que había patrocinado militantes islamistas para avanzar sus intereses en India y Afganistán, se vio obligado (por Washington) a hacerle la guerra a esos grupos. Los islamistas, por supuesto, respondieron lanzando una guerra contra el Estado que continúa al día de hoy.

La presión de los militantes (luchando contra el ejército, EU y la democracia), la sociedad civil (luchando por la democracia y contra el terrorismo, y a la vez contra la “guerra estadounidense” que obliga a los pakistaníes a matarse entre sí) y la comunidad internacional (pidiendo un retorno del gobierno civil, pero también cooperación en la lucha contra el terrorismo) dejó a los militares en una posición complicadísima para gobernar.

Musharraf cedió, Bhutto fue asesinada y su marido ganó las elecciones. Cinco años desastrosos pasaron, pero lejos de volver a los soldados o a los islamistas, los comicios recién celebrados han certificado que el pueblo confía en sus líderes civiles para solucionar los problemas del país. En pocas palabras, es posible que la de Musharraf haya sido la última dictadura militar de Pakistán.

Los desafíos internos

En su tercer turno al bate, se espera que Nawaz Sharif, magnate del acero, haya aprendido a navegar las complicadas aguas de la política pakistaní, que logre mejorar el día a día de sus compatriotas y sobre todo que contribuya a la consolidación de la democracia. Antes de que acabe el año, Pakistán tendrá un nuevo jefe del ejército y un nuevo presidente de la Corte Suprema. La manera como se produzcan esos cambios será una buena muestra de la dirección en la que marcha el país.

Los desafíos de Sharif empiezan por la economía. Con sus políticas liberales, muchos analistas esperan que el PML-N tenga éxito en el manejo de una situación al borde del caos. El nuevo gobierno deberá ponerse manos a la obra cuanto antes, pues el presupuesto para el próximo año fiscal vence en junio. Además, se espera que bajo el PML-N, Islamabad pueda renegociar un préstamo de $11 mil 300 millones del FMI, suspendido por la incapacidad del gobierno anterior de implementar ciertas reformas. El éxito de su gestión económica dependerá, en gran medida, de su relación con los gobiernos de cada provincia. De estas, la más importante será su relación con el gobierno del PTI en la provincia de KPK.

KPK es la provincia de los Pashtun, el pueblo que vive a ambos lados de la (inexistente) frontera afgano-pakistaní (la llamada “línea Durand”) y del que proviene la gran mayoría de los talibanes. La provincia es, por supuesto, la región del país más afectada por la insurgencia talibán, y por los drones (aviones no tripulados) estadounidenses que sobrevuelan sus cielos a diario y que ya han matado a miles de pakistaníes.

En el centro de la situación en KPK está por supuesto el ejército, por lo que la relación Sharif-PTI tendrá un gran impacto en la relación entre los estamentos civiles y militares del país. Si el PML-N y el PTI se enfrentan, el ejército podría pescar en río revuelto y revertir todos los avances democráticos. Por el contrario, si logran cooperar, serán las relaciones externas –sobre todo con India y EU– las que determinen el balance de poder entre civiles y uniformados.

Desafíos externos

Siguiendo esta tónica, Sharif ha anunciado con bombo y platillo su intención de mejorar las relaciones con India, sosteniendo una “larga conversación” telefónica el día de su victoria con el primer ministro indio Manmohan Singh e incluso invitándolo a visitar Pakistán. El asunto no es nuevo ni insignificante: la obsesión del ejército con la India ha sido la piedra angular sobre la que se ha basado su autoridad.

Sharif sabe mejor que nadie que normalizando las relaciones con su vecino podría asestar un golpe definitivo al ejército como dueño del país.

El futuro de las relaciones indo-pakistaníes depende en gran parte de las decisiones que se tomen en Washington. El dilema estadounidense será, como casi siempre, si hacer lo que dice su retórica –o sea, apoyar la democracia pakistaní a toda costa– o lo que dice la realpolitik: seguir utilizando al ejército como principal interlocutor y, de ser necesario, volver a patrocinar un golpe en cuanto el gobierno civil se desvíe de sus designios en la zona Pashtun.

La relación con Afganistán marcará el futuro inmediato pakistaní en muchas maneras. El año que viene, EU empezará a retirarse del país vecino y el arreglo de poder en Kabul será crítico para Islamabad. Cualquier cosa que no sea un acuerdo que incluya a todas las fracciones afganas sería un gran riesgo. El peor de los escenarios sería una vuelta a la guerra civil o un país dominado por el Talibán. De darse ese escenario, la situación de seguridad podría volverse incontrolable (y propiciaría otro retorno del ejército al poder).

La situación en Afganistán luce terriblemente complicada. Sin embargo, la clave de todo puede hallarse en la historia que abre este análisis. Arabia Saudita goza de excelentes relaciones con Sharif y estaría dispuesta a reemplazar a EU como principal apoyo económico del futuro Estado afgano. Esto, por supuesto, facilitaría la consecución de un arreglo que preservara los intereses afganos y pakistaníes. El precio de los saudíes, sin embargo, sería alto: el distanciamiento de Kabul e Islamabad con Teherán.

A simple vista, la situación no parece tan complicada. Al fin y al cabo, Irán es un paria internacional y EU lo tiene entre ceja y ceja. La realidad, sin embargo, es que EU se va y tanto Afganistán como Pakistán comparten largas fronteras con Irán. Y la capacidad de venganza de los persas en ambos países es muy alta. Viendo la complicada situación en Siria, lo último que la República Islámica necesita son más problemas en su frente oriental. Kabul e Islamabad tendrán que calibrar bien sus decisiones.

Esas son las circunstancias en las que entra Sharif al poder. Del éxito de su gestión dependerá no solo su futuro y el de su partido, sino el de la gran lucha que atraviesa el corazón pakistaní: entre la democracia y el autoritarismo. Para ello deberá balancear sus intereses con los de sus opositores y los de los uniformados, y rezar que las grandes potencias resistan la tentación de acudir al ejército como solución rápida. Pero la verdadera batalla se librará en el corazón de cada pakistaní: Pakistán, concluyó M. J. Akbar, “puede convertirse en una nación moderna y estable, pero solo si los hijos del padre de la nación, Jinnah, derrotan a los descendientes ideológicos de su padrino, Maududi”.

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