IDEAS O REALIDAD

Panamá: soberanía y geopolítica

En una era de profundos cambios geopolíticos, ¿qué tan preparado está el país para defender su soberanía?

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Palabras como “soberanía” o “geopolítica” forman parte del lenguaje diario de académicos, periodistas y élites políticas. Todos las hemos escuchado en uno u otro contexto pero, aunque suenan muy interesantes y profundas, pocas veces se reflexiona sobre su verdadero significado.

En un sistema internacional cada vez más interconectado, hablar de soberanía es muy difícil. Sobre el papel, la soberanía hace referencia a la capacidad de un Gobierno de tomar decisiones en todo su territorio sin ninguna consideración más que las propias. Esa soberanía, también sobre el papel, está definida por el reconocimiento que todos los demás Gobiernos hacen de ella.

El problema es que todo esto solo existe en teoría. En la práctica, una infinidad de circunstancias hace que la soberanía se acerque más al terreno de las ideas que al de la realidad. Para nuestra discusión, entonces, es importantísimo diferenciar entre una y otra cosa: la soberanía de un Gobierno no está definida por lo que este puede decidir en teoría, sino la capacidad que tiene en la realidad para hacer valer sus decisiones ante la oposición de otros Gobiernos.

De la idea anterior se desprenden tres conclusiones importantes: primero, que soberanía no es un concepto binario, sino algo que se puede poseer en diferentes cantidades; segundo, que ningún Estado es 100% soberano; y tercero, que hablar de soberanía es hablar de decisión. Lastimosamente para los idealistas, la soberanía no es sinónimo de derechos humanos ni de prosperidad económica ni mucho menos de estabilidad social o política. Tampoco es que necesariamente sea antónimo, pero hay que reconocer que, en muchos aspectos y situaciones, la defensa o búsqueda de la soberanía puede chocar con ciertas ideas, conceptos y valores que pueden ser considerados igual o incluso más deseables que la soberanía misma.

De todo esto se deriva una simple pero poderosa conclusión: la cantidad de soberanía de la que goza un Estado en determinado momento no es constante, sino que depende de múltiples factores. Algunos de ellos se pueden controlar y otros no.

Soberanía + geopolítica

Al lidiar con el ejercicio del poder político en un espacio geográfico definido, la soberanía es un concepto inherentemente geopolítico. La soberanía de cada Estado, por ende, no solo está íntimamente relacionada con sino definida por las realidades que la geografía le impone. Esto incluye, por supuesto, tanto el nivel de soberanía del que cada Estado goza en un momento determinado como del ídem al que puede aspirar a corto, medio y largo plazo.

Antes de entrar al caso panameño, conviene establecer el contexto geopolítico actual en el mundo. Pocos historiadores dudan de que estamos viviendo un momento de cambios profundos en la situación internacional. La inédita era de dos superpotencias rivales de alcance global (1945-1989) dio paso a una era más inédita aún, la de un mundo unipolar. Esa era, que empezó hace exactamente 25 años en Berlín, suele ser dividida en dos partes, con el 11-S haciendo de pivote.

De esta era, es importante recordar tres cosas: la primera, que la misma estuvo definida por el dominio estadounidense de los océanos del mundo y la fragmentación y/o debilidad de las potencias de la masa euroasiática. El abrumador poder estadounidense alimentó el sentido de victoria más grande que jamás se haya visto, y por un momento pareció que la historia se había acabado y que, con ella, terminaban las disputas geopolíticas. Fue la era no solo del idealismo –democracia, derechos humanos y ley internacional– sino del desarrollo económico como dimensión casi exclusiva de la “política”, dado que Washington y sus portaaviones se ocupaban de todo lo demás.

La segunda es que esa era se está acabando. O ya se acabó. Aunque el tema da para horas de debate, el ascenso, o reascenso, de una serie de potencias –lideradas por China y Rusia– está resultando en una disminución relativa del poder estadounidense.

Este terremoto geopolítico tiene algunos aspectos que es crucial entender: en cuanto a actitud, a las potencias emergentes las motiva, quizá por encima de todo, el deseo de recuperar la posición de la que sus respectivas civilizaciones gozaron en tiempos pretéritos, sea real, percibida o idealizada. En un mundo unipolar, ese ascenso significa la apertura de espacio –a costa de Washington– para otras maneras de hacer las cosas, política, económica o culturalmente.

En cuanto a la geografía, la creciente armonía entre Rusia y China supone un desafío imposible de superar para Estados Unidos (EU). La condición definitoria de la geopolítica estadounidense es que, a pesar de contar con todas las bendiciones que un país puede tener, está en el hemisferio “equivocado”. El núcleo del planeta Tierra –de población y riqueza– está en el hemisferio oriental. Mientras este hemisferio esté dividido, la Armada estadounidense es dueña y señora del juego, al controlar el comercio marítimo. Si Eurasia se comienza a integrar, la situación se invierte. El corazón euro-asiático es inaccesible al poder naval estadounidense, y ahí es precisamente donde se concentra la estrategia de China y Rusia a largo plazo. Esto, en el fondo, no es más que la reanudación de la vieja batalla entre los pensadores geopolíticos que propusieron la primacía del poder terrestre –Sir Halford Mackinder– y los que, como Nicholas Spykman y A. T. Mahan, identificaron que para mandar en el mundo era necesario controlar los océanos.

Entendiendo esto, entonces, es posible interpretar el mundo de hoy. Rusia y China han firmado más de 700 mil millones de dólares en acuerdos energéticos en áreas en las que Washington no tiene control. Ambos, junto a otros Gobiernos, lideran el proyecto económico más ambicioso de la historia: la integración euroasiática a través de una multitud de “nuevas rutas de la seda” que irán de Vladivostok a Lisboa, y de Shanghai a Rotterdam.

La trascendencia de esto es gigantesca. Y frente a ello, Washington busca establecer una línea de contención del Báltico al mar Negro para frenar la expansión rusa, intenta negociar –en secreto y de apuro– masivos tratados de libre comercio para aislar a Beijing y Moscú, y libra una compleja batalla diplomática por los corazones de India y Alemania. Mientras, su disfuncionalidad interna, el peso de sus errores pasados y el orgullo imperial lo mantienen amarrado y desangrándose en el gran Medio Oriente, un área que, a la postre, le es cada vez menos necesaria.

En todos estos teatros, sin embargo, se empieza a reconocer un patrón preocupante: Washington está embarcado en un patrón reactivo, de sabotaje a las iniciativas de otros. Aunque continúa gozando de un poder incomparable bajo cualquier criterio, EU luce hoy como un líder que ya no lidera nada ni a nadie, un país con un gobierno supeditado a los intereses corporativos, un gigante sin estrategia propia, solo movido por el propósito de evitar el ascenso de otros. Esto podrá terminar bien o mal –y hay expertos en ambos bandos–, pero no hay duda de que está ocurriendo: el “mundo estadounidense” ha llegado a su fin.

Por eso, el último punto clave es que el futuro inmediato del orden mundial estará marcado por la reacción estadounidense a su pérdida relativa de poder.

La geopolítica panameña

Para Panamá, sin embargo, la idea anterior será absolutamente crucial. Para entender esto es necesario considerar nuestra situación geopolítica. Yendo de lo interno a lo externo, el territorio panameño goza de la peor combinación para el desarrollo económico: humedad, calor, montañas y falta de ríos navegables. Esta geografía ha hecho que el país sea básicamente una ciudad-Estado con una periferia que llega hasta las fronteras con Costa Rica y Colombia. Sin embargo, lo que en otros países constituiría un desafío directo a la gobernabilidad, en Panamá no: por más aislado que estén ciertos sectores, la identidad panameña y la autoridad del Gobierno central no están en discusión.

Además de una identidad definida –aunque no del todo comprendida– a lo largo y ancho de su territorio, Panamá goza de otra bendición geopolítica: la ausencia de amenazas regionales. De hecho, uno de los motivos por los que la autoridad de esta ciudad no es desafiada en Bocas o Darién es porque los centros de poder políticos más “cercanos” están lejísimos, o separados por accidentes geográficos. San José no solo está lejos y separado por montañas sino que además carece de un ejército con el que proyectar poder. Colombia, que sí tiene ejército y un peso geopolítico de una magnitud muy superior al nuestro, tiene sus grandes centros políticos y demográficos separados de nuestro territorio por una de las selvas más densas del planeta.

Pero no exageremos. Ni las selvas ni las montañas –al menos las de Centroamérica– son completamente impenetrables. Sin subestimar todas estas cosas, el motivo más poderoso por el que no tenemos amenazas es porque Panamá y sus vecinos forman parte de lo que Spykman llamó “el Mediterráneo estadounidense”, que no es otra cosa que la cuenca del mar Caribe. En otras palabras, el “vecindario” en el que nos ha tocado vivir tiene la particularidad de tener un solo capo, que sometió hace mucho tiempo al capo aspirante –México– y al que la única otra potencia hemisférica –Brasil– le queda al otro lado de la selva amazónica.

Ese capo, a la postre, ha sido el capo de tutti capi en el mundo por el último cuarto de siglo, pero eso para nosotros es casi irrelevante. Entre Panamá y cualquier otra potencia están los océanos y las selvas más grandes del mundo. Vivimos en lo más profundo de la Pax Americana. Así, el hecho central y definitorio de la geopolítica panameña es su ubicación en el “círculo cero” del poder estadounidense.

Este hecho es aun más importante que el de nuestra “posición estratégica” y la angostura de nuestro territorio. De hecho, el Canal de Panamá –y lo que se suele llamar “el conglomerado interoceánico” que constituye el motor del país– no es importante en términos absolutos sino solo en relación a la viabilidad y preponderancia del comercio marítimo. Los panameños tendemos a pensar que nuestra posición geográfica nos da una importancia inmutable, indiferente a cualquier otro cambio en el mundo. Esto se debe a que nuestra “historia” coincide con la apertura de la era europea del mundo hace poco más de 500 años, una época que estuvo dominada por potencias marítimas –de España y Portugal a EU, pasando por Gran Bretaña– que, naturalmente, le dieron gran importancia al istmo panameño.

Sin embargo, el comercio marítimo no existe en el vacío sino que se lleva a cabo mediante buques y a través de líneas marítimas, canales y estrechos que deben ser defendidos. En la medida que ha habido una sola potencia –o varias aliadas– controlando la seguridad de esa infraestructura, el comercio marítimo ha aumentado en importancia y viabilidad. En la medida en que ha reinado el desorden en los mares, el comercio marítimo se ha vuelto inviable.

Hoy, cuando recién empieza a concluir la “era estadounidense”, el mismo constituye el 90% del comercio total en el mundo, y no es casualidad. Es importante, entonces, comprender que la relevancia de nuestro país en el mundo es directamente proporcional a la posición geopolítica de EU.

´Made in USA´

Finalmente, es importante tener claro hasta qué punto el Panamá de hoy es un producto de la era unipolar del mundo. Las condiciones iniciales, es verdad, no fueron las mejores: desde nuestro nacimiento como Estado usamos una moneda completamente fuera de nuestro control, y como precio al avance más crucial de nuestra historia tuvimos que ceder formalmente una parte de nuestra soberanía a la voluntad estadounidense de intervenir en el Canal.

Pero lo peor estaba por llegar: al contrario que (casi) todos los Estados soberanos del mundo, nuestro país no tiene un ejército, el medio por excelencia para preservar soberanías. Más aun, la decisión de desmantelar el que teníamos fue tomada luego de que el Ejército estadounidense, el más poderoso de la historia, aplastara a nuestros soldados y matara un número de civiles que aún no nos hemos dignado a contar. En las últimas décadas, mientras avanzaba la era unipolar, nuestra diplomacia ha pasado de ser una de las más sofisticadas del planeta a ser un circo. Nuestro servicio de inteligencia, otrora el mejor de Latinoamérica, hoy no llega ni a sombra de lo que fue. Y nuestro sistema educativo, el que debe transmitir el significado de conceptos como “soberanía”, “geopolítica” y “Panamá”, sigue en caída libre.

Nos hemos automutilado como país. Unos lo hicieron voluntariamente y otros a la fuerza, pero todos compramos el billete de lotería que nos vendieron en Washington, el del fin de la historia. Y no nos engañemos: materialmente, económicamente, ese fin nos convenía, pero nunca fue real.

Nos encontramos con un “Estado” sin soberanía real, un protectorado informal que es incapaz de llevarle la contraria a EU y que, aun peor, está traumatizado por lo que sucedió cuando se atrevió a hacerlo. Una sociedad cuyo Gobierno pasó de dictadura militar a mafia oligárquica de cuarto mundo, con unos políticos cuya corrupción solo es superada por su ineptitud, ignorancia y chabacanería, y con una capacidad de cambio que se reduce a pasos agigantados, a medida que nuestras escuelas y universidades producen legiones de zombies buenos para nada, mediocres, superficiales y consumistas, más identificados con el Black Friday que con el aniversario de nuestra independencia de España.

Ahora que el mundo empieza a experimentar el cambio más importante de los últimos 500 años, Panamá se encuentra a la deriva, completamente a merced de fuerzas externas.

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