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el precio del petróleo en el mundo

Pendientes del oro negro

Como columna vertebral de la economía global, el petróleo continúa definiendo la situación geopolítica en el mundo.

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Al momento de escribir estas líneas, el precio del barril de petróleo Brent está ligeramente por encima de los 85 dólares. A mediados de junio, ese mismo barril costaba 30 dólares más, lo que representa una caída del 25% en menos de cinco meses. Si bien es cierto que el precio del crudo suele tener picos y valles, los últimos cinco años habían sido de relativa tranquilidad, con el barril rondando los 100 dólares.

Lo que está sucediendo, entonces, parece ser algo más: en octubre, el barril de Brent bajó de 85 dólares por primera vez desde 2010, y Goldman Sachs ha ajustado drásticamente sus estimados para 2015. Según el prestigioso banco de inversión, el Brent mantendrá el precio actual durante el primer cuarto del próximo año –su pronóstico anterior era de 100 dólares–, y podría bajar hasta los 80 dólares para el segundo. Ante semejantes cambios, es necesario saber qué está sucediendo y cuáles podrían ser las consecuencias en el mundo.

Petróleo y geopolítica

Lo primero que hay que reconocer es que ninguna materia prima tiene las dimensiones políticas, tácticas y estratégicas del llamado “oro negro”. Desde que en 1911 un joven Winston Churchill decidiese usarlo como fuente de combustible de la Marina Real británica –reemplazando al carbón–, el petróleo ha jugado un rol central en los asuntos mundiales.

La relación entre petróleo y geopolítica estuvo ahí desde el principio, pero no se consolidó hasta la década de 1970, con el embargo árabe de 1973 –en protesta por el involucramiento estadounidense en la guerra del Yom Kippur– y la revolución iraní de 1979. Desde entonces, las fluctuaciones en el precio del petróleo son analizadas con base en los efectos que tienen tanto a nivel político como de la industria en sí.

El ciclo va más o menos así: los precios altos suelen beneficiar a los productores, perjudicar a los consumidores y estimular el desarrollo de nuevos proyectos. Lo segundo provoca una reducción de la demanda y lo último un aumento del suministro. La consiguiente reducción de precios invierte los roles de ganadores y perdedores, a la vez que paraliza las nuevas inversiones.

Finalmente, el renovado crecimiento de los consumidores provoca un aumento en la demanda que ante un suministro inmóvil o reducido trae un aumento de precios y vuelta a empezar. En términos concretos, a las crisis de los años 1970 les siguió un desplome de precios en los 1980 que según se cree jugó un rol importantísimo en el colapso soviético y –al paralizar las nuevas exploraciones– creó las condiciones para un aumento sin precedentes de los precios, que explotó entre 2005 y 2008. Ese aumento, en el que el barril llegó a superar los 147 dólares, constituye nuestro contexto más inmediato.

Oferta, demanda y el factor saudí

Para entender lo que sucede hoy, hay que considerar tres factores. El primero tiene que ver con el suministro de petróleo. Los precios altos benefician a los países productores, algo que se ha visto reflejado –económica y geopolíticamente– en países como Venezuela, Nigeria, Irán y, sobre todo, Rusia.

Sin embargo, también terminan produciendo un exceso de suministro. Al día de hoy, ese exceso proviene de dos fuentes. Por un lado, la producción “tradicional” continúa expandiéndose: los países de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) generan unos 31 millones de barriles diarios (mbd) –incluyendo a Libia e Irak–, mientras que Rusia se acerca a su récord postsoviético. Por el otro lado está el “factor estadounidense”: la enorme inversión de los últimos años ha posibilitado la extracción petrolera de fuentes otrora inaccesibles, resultando en un boom que no solo está alterando el mercado global sino que está convirtiendo al principal consumidor de petróleo del mundo en el principal productor, y –según las proyecciones– en un país energéticamente autosuficiente para el final de la década.

Eso nos lleva al segundo factor: la demanda. Por sí sola, la transición energética estadounidense representa un terremoto. Sin embargo, sus efectos habían sido mitigados por la irrupción de China, un consumidor cuya voracidad parecía ilimitada. Aparentaba pues que la desaceleración económica del gigante asiático, unida a las atascadas recuperaciones en Europa y Japón, han llevado a la Agencia Energética Internacional (IEA) a rebajar sus estimados de demanda global en 200 mil barriles diarios para 2014 y en 300 mil para 2015. La cosa, además, no tiene visos de mejorar: a principios de octubre, el Fondo Monetario Internacional (FMI) recortó sus pronósticos para la economía mundial en 2014 y 2015 y advirtió que el ritmo de crecimiento pre 2008 podría volverse imposible de alcanzar.

Completando el panorama está el tercer factor, que es el comportamiento de Arabia Saudita. Como principal productor del mundo y líder de OPEP, el reino saudí goza de la capacidad de aumentar o reducir su producción para influir en los precios. En la situación actual, el mundo esperaba que los saudíes redujeran su producción, pero lo que ha ocurrido ha sido todo lo contrario: el 1 de octubre, Riyadh bajó los precios de sus exportaciones a Asia, provocando una reacción en cadena que algunos bancos tildaron de “guerra de precios”.

El comportamiento saudí se ha traducido en un mes de intensa especulación. Naturalmente, no demoraron en aparecer los rumores de que Riyadh –en tándem con Washington, según algunos– buscaba un desplome de precios para perjudicar a Rusia e Irán. Este análisis llegó incluso a las páginas del New York Times –de la pluma de Thomas Friedman–, provocando amplio rechazo en los medios saudíes.

La situación saudí, sin embargo, merece un análisis alejado de las teorías de conspiración. Para Riyadh, existen cálculos a corto y largo plazo. En el primero, su economía pierde unos 90 mil millones de dólares anuales si el barril pasa de 115 a 85 dólares. Sin embargo, los saudíes son perfectamente conscientes de que el aumento en el suministro global viene de fuera de la OPEP –Rusia y Estados Unidos (EU), principalmente–, cuya cuota ha pasado de 55 a 57 mbd en un año.

En Riyadh saben, además, que gran parte de esa producción es de alto costo, al contrario de la suya. Dado que el petróleo es el activo más estratégico de los saudíes, el reino está en la capacidad de usar sus impresionantes reservas monetarias –unos 737 mil millones de dólares– para aguantar un periodo de precios bajos –pierden dinero por debajo de los 95 dólares– que sirva para presionar a los productores de alto costo, paralizar nuevas inversiones y defender su cuota de mercado. Más que un intento de perjudicar a nadie, la actitud de Riyadh es de supervivencia básica.

Vistas de esa manera, las decisiones saudíes cambian por completo el rol de EU. Lejos de ser un aliado contra Teherán y Moscú, Washington parece ser el verdadero objetivo de la estrategia de Riyadh. El petróleo estadounidense, después de todo, representa la mayor amenaza para la OPEP –tanto en cuota de mercado como en capacidad de control de precios–, y el cartel está reaccionando en consecuencia. A finales de este mes, sus miembros se reunirán para discutir ajustes de producción. Y aunque se duda de su capacidad de coordinación, la posición del cartel parece clara. Su secretario general, Abdullah al-Badri, aseguró que “no hay motivo para el pánico”. Si los precios se mantienen, explicó, “veremos mucha inversión y mucho petróleo abandonando el mercado. Cerca del 65% de los productores tienen costos altos, pero no la OPEP”.

Ganadores, perdedores y consecuencias

Sabiendo lo que sucede, es necesario analizar las consecuencias. Para empezar, la sabiduría popular indica que la economía mundial y los consumidores –o sea, todos nosotros– serán los primeros beneficiados. Se estima que una reducción del 25% en los precios del petróleo se traduzca en un aumento del 0.5% del PIB mundial. En términos concretos, los 90 mbd que se producen en el mundo representan 3.8 billones de dólares al año a 115 dólares por barril, y 2.8 billones con el barril a 85 dólares. Cualquier país que consuma más de lo que produce sale ganando de ese billón de dólares de diferencia.

Así, se pueden identificar dos grupos de países que se beneficiarán de la caída de los precios: los importadores masivos y los países dependientes de la agricultura. En concreto, China podría ahorrar hasta 60 mil millones de dólares, reducir la contaminación ambiental y los subsidios energéticos. Lo mismo ocurriría en India, donde los precios bajos influirían positivamente en toda la economía, pero particularmente en su sector agricultural. En EU –que sigue siendo un importador neto–, los consumidores podrían ahorrar hasta 200 mil millones de dólares anuales, aunque su industria petrolera sufriría en el proceso.

En Europa el panorama también es mixto, porque el enorme ahorro –unos 100 mil millones de dólares– podría traer un aumento en la inflación. Potencias regionales como Turquía o Japón también se verían enormemente beneficiados.

Luego están los perdedores. En un reciente informe, el think tank Gateway House señaló a 19 países donde el petróleo y el gas representan más del 10% del PIB. Todos estos países sufrirán, pero tres de ellos tienen relevancia global. El primero es Rusia, cuyo presupuesto de 2015 supone un precio de 100 dólares por barril. En una situación económica ya grave, Moscú tendrá que contar con sus reservas monetarias –454 millones de dólares– para capear un temporal que podría tener consecuencias domésticas –en sus planes de renovación militar– e internacionales, específicamente en Ucrania y el resto de la antigua URSS.

El siguiente en la lista es Venezuela –miembro de OPEP–, que a pesar de hacer sus cálculos oficiales con un precio de 60 dólares por barril, cuenta con una situación económica tan grave que –según se calcula– necesita un barril a 120 dólares para mantener sus gastos. El enorme déficit fiscal, la inflación descontrolada y las paupérrimas reservas internacionales –menos de 20 mil millones de dólares– podrían llevar a Caracas a tomar decisiones con respecto a PetroCaribe, el programa regional que le cuesta unos 2 mil 300 millones de dólares al año y que representa mucho más que eso para los países beneficiados, de Nicaragua a Haití.

Finalmente está Irán, que necesita el barril a 135 dólares para mantener sus planes de gasto. A pesar de que el presidente Rouhani ha devuelto cierto nivel de estabilidad macroeconómica, la situación es amenazante tanto a lo interno como a lo externo del país, especialmente de cara a las negociaciones nucleares con Washington.

La gravedad de la situación para Teherán y Caracas dificultará enormemente la respuesta de la OPEP a la crisis. Más allá de eso, la bajada de precios podría tener consecuencias trascendentales para Oriente Medio. Algunos analistas se han atrevido a especular que la falta de ingresos en países como Arabia Saudita, Irán, los Emiratos Árabes, Bahrein, Kuwait, Omán o Qatar no solo se traducirá en una capacidad reducida de “comprar” la estabilidad social en sus monarquías sino de influir en la situación regional, desde Egipto hasta Siria y Yemen. La situación, escribió Amit Bhandari, podría darle “una oportunidad a la paz” en la región. Por otro lado, la caída de precios pone de relieve el futuro geopolítico de una región que interesa cada vez menos a EU y que gravita –quizá irremediablemente– hacia las sociedades asiáticas al otro lado del océano Índico.

Las consecuencias geopolíticas de la caída de precios dependerán, por supuesto, de su duración. A excepción de Venezuela, la mayoría de los Gobiernos más afectados cuentan con las herramientas para aguantar la tormenta a corto plazo.

Por todo lo expuesto, sin embargo, el panorama no invita al optimismo de los países productores. Una bajada sostenida de precios podría tener consecuencias dramáticas no solo para ciertos Gobiernos sino en la industria petrolera en sí, paralizando las nuevas tecnologías. Tras tres años de estabilidad, el desplome actual ha echado por tierra las dos premisas que fundamentaron las estrategias de la industria: que el crecimiento asiático sostendría la demanda, y que esa demanda haría rentables las altas inversiones en los nuevos proyectos. Ahora, el mundo tendrá que volver a acostumbrarse a la volatilidad en los precios petroleros. Y aunque para algunos estamos asistiendo al fin de la “era del petróleo”, la caída de precios nos ha vuelto a recordar que el oro negro, como columna vertebral de la economía global, continúa, y continuará –al menos por un par de décadas más–, definiendo la situación geopolítica global.

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Cortesía/Sinaproc

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