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EL FUTURO DEL ÁRTICO, TERCERA PARTE

Repartiendo el helado

La situación política del Ártico ha estado marcada por el respeto a la ley internacional y las buenas relaciones entre los actores principales, algo que podría cambiar según avanza el deshielo.

A medida que desaparece el hielo del océano Ártico, el debate sobre su futuro como autopista marítima aumenta en intensidad. Por ahora, los escépticos parecen imponerse: dos de las rutas más interesantes –el pasaje del noroeste (PNO), por el Ártico canadiense, y la ruta que atraviesa del Polo Norte– permanecen bloqueadas, y lo estarán por varios años más. Por su parte, la vía más factible –la ruta marítima del norte (RMN), por el Ártico ruso– sufre aún de pobreza infraestructural, condiciones climáticas impredecibles y limitaciones dimensionales.

A simple vista, los argumentos parecen convincentes. Y sin embargo son incompletos, pues su naturaleza es exclusivamente económica. La economía, al fin y al cabo, es solo una de las tres dimensiones del poder geopolítico. Para poder entender el futuro del Ártico, entonces, es necesario analizar las otras dos –política y militar– y, sobre todo, entender la diferencia entre ellas, descrita por Ayn Rand como “la diferencia entre el poder del dinero y el poder de las armas”.

Los presuntos implicados

Los acontecimientos en el Ártico le están dando al mundo del siglo XXI la oportunidad de asistir a un proceso fascinante (y un poco anacrónico): el desarrollo político de una región entera del globo en la que nunca estuvo claro –porque nunca hizo falta– qué pertenecía a quién, y qué reglas se usarían para determinarlo. Ahora, de alguna manera, todo parece estar sobre la mesa. “Se pueden avistar un número de cambios en la geopolítica regional, desde la posible independencia de Groenlandia al creciente involucramiento de Estados no árticos como China”, señaló un informe reciente de Lloyd´s y Chatham House. Según el Instituto Finlandés de Asuntos Internacionales, el desarrollo ártico “probablemente reduzca la importancia e influencia del movimiento ambientalista, los pueblos indígenas y los pequeños Estados árticos en los asuntos regionales”. El efecto neto, concluyó, es un “Ártico global” que ya no puede ser percibido “como una región espacial o administrativamente confinada, sino que está cogiendo nuevas formas y dinámicas en medio de la política mundial contemporánea”.

A pesar de que los cambios en la región pueden tener repercusiones globales, apenas un puñado de países están directamente involucrados, y se pueden dividir en tres grupos principales. En primer lugar están los cinco Estados litorales: Rusia, Canadá, Estados Unidos (EU), Noruega y Dinamarca (por Groenlandia). A manera de círculos concéntricos, el segundo estaría formado por esos cinco más los tres países que, a falta de litoral, poseen territorio dentro del círculo Ártico: Finlandia, Suecia e Islandia. A estos países se les conoce coloquialmente como “los ocho árticos”. Finalmente, se puede identificar un tercer círculo compuesto por una serie de Estados no árticos –de China a la India, pasando por la Unión Europea (UE)– que, por motivos variados, han expresado interés en la región.

En esas circunstancias –múltiples intereses y marcos legales relativamente débiles–, la mesa parece estar puesta para futuros conflictos, quizá incluso armados. Canadá, Rusia y Dinamarca, por ejemplo, reclaman partes de la plataforma continental –rica en recursos– bajo el Polo Norte (ver mapa). Algo parecido pasa con las rutas marítimas: mientras que Rusia y Canadá consideran la RMN y el PNO, respectivamente, como vías internas –implicando permisos de tránsito–, otros países –como EU, la UE y China– las ven como rutas internacionales, sin necesidad alguna de autorización.

Estos y otros choques de intereses continúan siendo objeto de análisis. Y aunque el potencial de conflicto está ahí, los Estados árticos han manejado sus asuntos de manera pacífica y eficiente. Por un lado, como señala el Centro de Estudios de Seguridad del ETH Zúrich, “el costo de un conflicto militar sería muy alto en comparación con las inciertas ganancias”. Y por otro, y quizá más importante, los países que comparten el círculo Ártico exhiben niveles relativamente altos de estabilidad política y económica. En el Ártico, escribió Scott Borgerson en Foreign Affairs, “el interés compartido en las ganancias (económicas) ha sobrepasado al instinto de competir por territorio”.

Manteniendo la fiesta en paz

Las palabras de Borgerson no son las de un romántico idealista. De hecho, se han visto corroboradas con acciones concretas, como el tratado fronterizo firmado en 2010 entre Rusia y Noruega a raíz de una disputa cerca de las islas Svalbard; o la propuesta de que Canadá y Dinamarca se repartan equitativamente la isla Hans, un pedazo de roca que llevan peleándose desde hace décadas.

Curiosamente, las acciones bilaterales son aún minoría en una región en la que los pocos marcos legales existentes están siendo usados de manera casi ejemplar. En el aspecto marítimo, el más importante es la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CDM), de la que forman parte unos 170 países del mundo (incluyendo a Panamá). Firmada y ratificada por todos los países del litoral ártico menos EU, la CDM fue reconocida en la Declaración de Ilulissat (Groenlandia) –en 2008– como el marco referencial sobre el que se resolverían las disputas marítimas en la región. Washington, al firmar esa declaración, ha dado a entender de que, al menos en aguas árticas, se someterá a las reglas internacionales. Fuera de la CDM, la Organización Marítima Internacional trabaja en un Código Polar vinculante que establecerá reglas claras de navegación.

En la Declaración de Ilulissat, los cinco países costeros también reconocieron al Consejo Ártico (CA) como la institución multilateral más importante de la región. Fundado en 1996 para promover la coordinación entre sus miembros –los mencionados “ocho árticos”, incluyendo representantes de las poblaciones aborígenes–, el CA ha experimentado desde entonces una fascinante evolución, culminando en la más reciente reunión anual, celebrada en mayo en Kiruna (Suecia). Allí, ocurrieron dos cosas extraordinarias: por primera vez, el desarrollo económico adquirió un estatus dominante en la agenda. Y en segundo lugar, se admitió a una serie de países como observadores, unos de manera permanente –China, Francia, Alemania, India, Italia, Japón, Corea del Sur, Holanda, Polonia, Singapur, España y el Reino Unido– y otros, como la UE y Turquía, con necesidad de previa autorización para asistir a cada reunión.

Cada loco con su tema

Pero a medida que avanza el deshielo y aumenta la complejidad del panorama, la situación podría cambiar. La UE, que realiza el 90% de su comercio por mar, y que consume el 25% de los hidrocarburos árticos, el 80% del pescado islandés y el 60% del noruego, intentará proyectar sus intereses a través de los Estados escandinavos, con los que tiene relaciones complejas.

Dinamarca, el único país miembro de la UE (aunque no de la eurozona) con costa ártica, está en una posición particular. La isla-continente de Groenlandia, en donde apenas viven 60 mil personas, es cada vez vista con más interés por el resto del mundo, gracias a sus enormes reservas de petróleo, mineral de hierro y las llamadas “tierras raras”. Además, la tensa relación política con Copenhague –desde 1979 la isla ha estado incrementando su autonomía– ha llevado a muchos a predecir que, si algún día la economía local convierte en irrelevantes los 600 millones de dólares anuales que recibe de los daneses, Groenlandia podría convertirse en el primer país independiente producto del cambio climático.

Los demás países –árticos o no– intentan, cada uno según su capacidad, proteger sus intereses. Noruega, que tiene un tercio de su territorio por encima del círculo Ártico, está en pleno proceso de modernización del segundo batallón de su ejército, que ahora será llamado “batallón ártico”. Canadá ha anunciado sus reclamos en la plataforma polar. India, por su parte, se ha concentrado en su “interés científico”, construyendo una estación en las islas Svalbard –junto a China y Corea del Sur–, haciendo planes para construir un rompehielos y formando parte –también como observador– del Comité Científico Ártico Internacional, basado en Potsdam, Alemania. Similarmente, Corea del Sur –uno de los principales constructores de barcos– ha mostrado su interés científico y ya cuenta con su propio rompehielos.

Cuestión de potencias

Luego están los tres monstruos del mundo: China, Rusia y EU. Uno de los mayores desafíos será el manejo de los intereses de Beijing, que –como expresó el contraalmirante Yin Zhuo en 2010– considera que el Ártico “le pertenece a todas las personas del mundo” y que, por ende, “ninguna nación tiene soberanía sobre él”.

Además del alto perfil científico, la importante inversión infraestructural y la posición de observador en el CA, China se ha autodeclarado “potencia naval” y “Estado con intereses árticos”. Las razones son eminentemente geoestratégicas: por un lado, Beijing quiere reafirmarse como potencia global, lo que involucra mantener intereses en todo el planeta. Según un informe del gubernamental Instituto Chino de Estudios Internacionales, algunos “expertos militares” creen que “dominar el Ártico es controlar el punto cumbre en los asuntos militares del mundo”. Y por el otro, el insaciable dragón necesita acceso a los recursos árticos. En junio de 2012, Dinamarca recibió la primera visita de un jefe de Estado chino –el entonces presidente Hu Jintao– de su historia. El tema principal, por supuesto, era Groenlandia y sus recursos. Y en abril, Islandia se convirtió en el primer país europeo en firmar un TLC con Beijing.

Washington, por su parte, mantiene una de las posiciones más enigmáticas con respecto al tema. Apenas este mayo, la Casa Blanca publicó la Estrategia Nacional para la Región Ártica, un documento de solo 13 páginas –descrito por el Instituto Ártico como “una larga lista de deseos”, dada su falta de presupuesto– que ya ha sido criticado por su enfoque en la explotación de hidrocarburos –se calculan 30 mil millones de barriles de petróleo y 220 billones de pies cúbicos de gas en Alaska– y su despreocupación –apenas una oración– por las consecuencias ecológicas. Con solo un rompehielos en estado aceptable y otro más orientado a la investigación, los estadounidenses lucen peor preparados que muchas naciones sin costa ártica. En el aspecto militar –concentrados en cazar “terroristas” en tierras más cálidas– la situación es aún peor. Y desde el punto de vista político, el país ni siquiera ha firmado la CDM, y su ratificación podría acarrear el enésimo show de parálisis política washingtoniana. “El Ártico es la nueva región emergente, y EU no tiene plan de acción”, escribió Melissa Bert, capitana de la guardia costera estadounidense, en The New York Times.

Finalmente está Rusia, cuyo rol dominante en la región la ha llevado a ser descrita por el exalmirante y experto ártico danés Nil Wang como “el niño grande en el patio”.

La relación rusa con el Ártico es mucho más intensa que la del resto de actores relevantes. Mientras que apenas el 1.5% de los rusos vive en la región, la realidad es que la gran mayoría de las ciudades árticas importantes están en Rusia. Hasta cinco de ellas –Arkhangelsk, Murmansk, Norilsk, Noyabrsk y Novy Urengoy– superan los 100 mil habitantes. Luego está el rol económico: el Ártico representa el 10-15% del PIB y el 25% de las exportaciones del país, sin contar los 8 billones de dólares en hidrocarburos que se estima hay bajo su suelo.

A simple vista, es evidente que Moscú tiene más en juego que nadie en la región. Y si bien ha tenido un comportamiento correcto en la arena internacional –con apoyo completo a la CDM y al CA–, su verdadero juego se está llevando a cabo en la arena militar. Poco a poco, Rusia está construyendo su superioridad en el área. En el Kremlin saben que el juego es a largo plazo y el premio puede ser la reorganización geopolítica del planeta entero.

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