el nuevo tablero del ajedrez geopolítico

Syriana

La cruel guerra civil y las armas químicas sirias han dado paso a una fascinante batalla por influencia global entre Moscú y Washington.

En 2005, el director y guionista Stephen Gaghan y la Warner Bros. produjeron Syriana, un thriller en el que se exponen las contradicciones y efectos –políticos, económicos, legales y sociales– de la geopolítica del petróleo en Oriente Medio. Contrario a lo que se podría pensar, la acción del largometraje no transcurre en Siria, sino en un país que permanece indefinido. Sin embargo, el título no es casualidad. “Syriana –explicó el exagente de la CIA Robert Baer, autor de la novela (See No Evil) que inspiró a Gaghan– es una metáfora para la intervención extranjera en Oriente Medio”. Y hasta hace poco, el website oficial de la película aseguraba que “Syriana es un término real, usado por los think tanks en Washington para describir un remodelamiento hipotético” de dicha región.

Syriana fue una producción exitosa. Recibió excelentes críticas y recaudó casi 94 millones de dólares en ganancias. Pero la ficción, como dijo Albert Camus, es la mentira a través de la cual contamos la verdad. Y como obra de ficción, Syriana estaba destinada a ser superada por la realidad. La realidad que hoy comienza en Siria –ahora sí– pero que cada vez más abarca al mundo entero.

La propuesta y sus consecuencias

Quizá Siria, con su posición estratégica, está destinada a ilustrar metáforas; sus asuntos condenados a trascender fronteras. Porque todo el tema tiene cada vez menos que ver con Siria. Para entender por qué, debemos empezar por el último giro de la saga. A principios de semana, la diplomacia rusa lanzaba la idea de poner el arsenal químico sirio bajo control internacional para su eventual destrucción. A medida que la idea se convertía en un game changer se iban revelando datos sobre su origen. Según el Asia Times Online, sirios, rusos e iraníes trabajaron en la iniciativa la semana anterior. La ya famosa “metida de pata” de John Kerry el lunes en Londres dio la oportunidad a los rusos de introducir el plan, y los casi inmediatos signos de aprobación de Damasco, Teherán, Beijing, París, Londres y la ONU terminaron de enterrar los planes bélicos de Washington.

Tampoco es que en la Casa Blanca se dieran de cabeza contra las paredes. A pesar de sus esfuerzos de control de daños, lo cierto es que Barack Obama enfrentaba un voto complicadísimo en el Congreso y la propuesta rusa le proporcionó una salida de la jaula retórica en la que se había metido.

A partir de ese momento, los detalles dejan de importar tanto. Mientras Kerry y Lavrov discuten en Ginebra y Siria se convierte en el mejor amigo de la ONU, podemos considerar algunas cosas más importantes. Por ejemplo, que la guerra sigue y que el eje “prorrebelde” ya ha aumentado sus esfuerzos para armar y entrenar a la oposición, mientras que Assad ha iniciado un acercamiento con los kurdos sirios para mantener a raya a Turquía.

O también, que el repentino internacionalismo de Damasco ha desviado la atención hacia los demás países que no han ratificado la Convención sobre Armas Químicas, entre los cuales se destaca Israel. Tel Aviv, que ya dejó claro que no tiene intenciones de ratificarla, tiene también armas nucleares, hecho que constituía la principal justificación del arsenal sirio. El cómo uno debe sobrevivir sin armas frente a un vecino hostil y armado hasta los dientes es un misterio que aún nadie puede –ni quiere– resolver.

Pocos esperan que, como sugirió Noam Chomsky, el asunto resulte en un plan de desarme en Oriente Medio. La razón es que el desprecio israelí hacia las organizaciones y convenciones internacionales encuentra patrocinio y reflejo en Washington. Para este último, sin embargo, la propuesta rusa ha sido un golpe en la línea de flotación. Obama y Kerry, que habían declarado alegremente que la ONU era innecesaria en todo esto, ahora apoyan el “control internacional” del arsenal de Assad. Y si bien es necesario y legítimo cuestionar la viabilidad del plan ruso –largo, caro y logísticamente complicado–, valdría también preguntarse si el método estadounidense –a bombazo limpio– habría sido realmente más efectivo.

Pero quizá la consecuencia más significativa de la iniciativa del Kremlin es la legitimación de Assad. Washington, que ya había echado a andar la trituradora mediática –incluyendo las imprescindibles imágenes de niños muertos y las referencias a Hitler–, ahora se encuentra obligado a confiar en ese mismo régimen para llevar a cabo un plan que, en el mejor de los casos, tomará un año. En pocas palabras, Assad no va para ningún lado, y la iniciativa rusa va de la mano con el proceso de Ginebra 2.0 para alcanzar un acuerdo político en Siria.

BARACK y VLADIMIR

Será interesante ver cómo esa legitimación sobrevive en los próximos días, cuando se espera que el reporte de los investigadores de la ONU ofrezca –sin nombrar culpables– fuertes indicios de la mano del Gobierno sirio en los ataques de Ghouta. Tampoco se descarta algún tipo de “contraataque” por parte de la oposición –y los servicios extranjeros de inteligencia que la apoyan– ante la desaparición de la opción militar. En la prensa rusa ya se habla de un ataque químico a Israel por parte de los rebeldes, algo incluso mencionado por Vladimir Putin en su ya famoso editorial del jueves en The New York Times.

Dicho editorial representa la última jugada rusa en el nuevo juego sirio. Independientemente de lo que suceda, la realidad es que el conflicto se ha convertido en un tablero en el que EU y Rusia dirimen una fascinante batalla por influencia global. Olvidemos las armas químicas, el destino de Assad, la destrucción de ciudades milenarias o el sufrimiento infinito de los familiares de las víctimas, y los más de 2 millones de refugiados. Hoy por hoy, Siria es el escenario de una partida de ajedrez geopolítica, pero sus jugadores principales usan el bluff, una reconocida táctica de póquer.

El primero en usarlo fue Obama con su ya infame “línea roja”. En el momento más torpe de su carrera política, el presidente se arrinconó en su propia retórica. La consulta a Congreso le dio tiempo, y cuando este se acababa, Putin le mostró una segunda salida en forma de la propuesta diplomática rusa.

Putin salvó a Obama de su propio bluff. Pero el precio a pagar ha sido altísimo. Porque el presidente ruso, brillante ajedrecista, ha puesto a Obama en jaque. Si la diplomacia sigue funcionando, será interesante ver cuánto demoran los que criticaban a Obama por querer ir a la guerra en hacerlo por su debilidad y pérdida de liderazgo ante Moscú.

Si ataca, Obama será igualmente criticado y le será prácticamente imposible desenredarse del conflicto sirio. Moscú y Teherán se encargarán de que así sea.

Eso nos lleva al presidente ruso. Él también está haciendo uso del bluff, pero de una manera mucho más sofisticada. Para entender el bluff de Putin hay que establecer una línea que va desde la caída de la Unión Soviética (URSS) hasta el presente.

Tras la debacle de la URSS, Rusia emergió como un país débil e inseguro. El bloque occidental, liderado por Washington, comenzó a golpearlo geopolíticamente, absorbiendo a varios países de la periferia rusa en la Unión Europea y/o la OTAN, y patrocinando movimientos y “revoluciones” prodemocráticos (léase pro-Washington) en Rusia y otras repúblicas exsoviéticas. El golpe más duro llegó en Kosovo, en donde la OTAN ignoró por completo los intereses de Moscú.

Por cosas como Kosovo fue que Vladimir Putin llegó al poder. Desde su llegada al Kremlin Putin ha trabajado para asegurar los intereses geopolíticos rusos. Empezó por la represión de los movimientos disidentes en casa, a los que veía como agentes extranjeros, y siguió con el gran golpe sobre la mesa, la invasión a Georgia en 2008. A partir de ahí, las revoluciones “de colores” se han ido revirtiendo –principalmente en Ucrania– y la influencia rusa, beneficiada por la obsesión estadounidense por Oriente Medio, ha ido aumentando a lo largo de su periferia.

La misión de Putin es clara: Rusia debe ser visto como un par de EU en la arena internacional. Para lograrlo, el presidente ha utilizado una estrategia brillante: ha jugado a ser una potencia global sin serlo. Ese es su gran bluff. Rusia, en el fondo, sigue siendo un país con una economía unidimensional, rehén del mercado energético mundial, con un grave declive demográfico y unas Fuerzas Armadas incapaces de proyectar poder mucho más allá de su periferia inmediata. Por eso el presidente ruso intenta redefinir nuestra manera de entender el poder. Y lo está logrando.

El desafío euroasiático

Pero esto, como han apuntado algunos analistas, no es ni mucho menos el principio de otra Guerra Fría. Obama puede desnudar el bluff de Putin. Para ello, debe atacar a Siria, un acto ante el que Rusia no podría hacer absolutamente nada (aparte de operaciones clandestinas). Pero eso muy probablemente significaría volver a enredarse en Oriente Medio, recreando las condiciones que propiciaron el avance ruso de los últimos años. Ahí reside la brillantez de Putin. Haga lo que haga Obama, él siempre gana.

Porque la rivalidad ruso-estadounidense no tiene ni remotamente que ver con Siria, sino con el futuro del mercado energético y del continente europeo. Rusia, cuya economía depende casi exclusivamente de sus exportaciones energéticas, ve con preocupación cómo EU se está convirtiendo en un productor –y exportador– de energía. Por ello debe apresurarse a crear realidades que le permitan sobrevivir cuando el peso energético estadounidense –y su propia crisis demográfica– empiecen a hacer estragos.

Europa es clave en todo esto. Para entender por qué, debemos considerar la perspectiva más amplia de lo que está ocurriendo, ejemplificada a la perfección en la reunión trilateral que mantuvieron los presidentes de Rusia, China e Irán durante la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghai este fin de semana en Kirguistán. Lo que se perfila, muy a grosso modo, no es una nueva Guerra Fría, sino un desafío del bloque euroasiático –del que Europa puede ser parte– al sistema político-económico impuesto por EU desde 1945.

Ese sistema, basado en el dólar y en el comercio marítimo –garantizado por el dominio estadounidense de los océanos– podría tambalearse ante un nuevo modelo de cooperación euroasiática basado en otras divisas y en los ductos energéticos, carreteras, ferrocarriles y líneas de telecomunicaciones –la llamada “nueva ruta de la seda”– que ya están siendo construidos a lo largo y ancho de Eurasia.

Siria, en conclusión, es solo el principio de lo que se prevé como un período apasionante del devenir mundial. Mañana la ONU dará su reporte y Assad volverá a ser demonizado. El mundo aguardará ansioso a que Damasco revele, durante la semana, su inventario de armas químicas. Para entonces, quizá Putin (¿con ayuda de Beijing y Teherán?) ya esté trabajando en su próximo golpe diplomático: la solución al programa nuclear iraní.

Pero eso es solo la punta del iceberg de un desafío geopolítico que los grandes estrategas reconocerían. Sir Halford Mackinder, con su teoría del Heartland, habría disfrutado sentándose con Putin, Xi y Rouhani en Bishkek. Y A.T. Mahan, el gran ideólogo de la geoestrategia de las potencias marítimas, sería el mejor asesor que Obama podría tener en estos momentos. Las líneas maestras ya están casi delineadas. Y pase lo que pase, habrá que recordar que todo comenzó en Siria.

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