ANÁLISIS

Vence la democracia en Egipto

Tras una historia de déspotas y dictaduras militares, Egipto eligió por primera vez en elecciones libres a su Presidente.

Los generales egipcios apenas han dejado margen de maniobra política al nuevo presidente, Mohamed Morsi. La mayor parte del poder sigue en sus manos, pero las primeras elecciones libres en el país han concedido algo indudable al nuevo jefe de Estado: legitimidad.

De ahí que la mayoría de los egipcios hablen hoy de una “victoria de la democracia”.

La fiesta ha terminado y todo ha vuelto a la normalidad. Hasta la madrugada duraron los festejos de decenas de miles se seguidores de Morsi en la simbólica plaza Tahrir de El Cairo, que vio nacer la revolución.

Pero desde este lunes, Morsi ya se tuvo que poner a trabajar para solucionar los problemas del país, una tarea que a primera vista no parece nada fácil.

Primero presidente Morsi quería comenzar con la formación de un amplio gobierno de coalición que tendrá enormes retos por delante.

El crecimiento económico colapsó tras la dimisión del expresidente Hosni Mubarak hace 16 meses, que dejó una herencia de incompetencia burocrática, corrupción y desigualdad social.

Una población relativamente joven necesita puestos de trabajo y mejores oportunidades educativas. Y una gran parte de la población vive por debajo de los límites de pobreza.

La sanidad y la educación enfrentan enormes problemas de financiación, mientras la corrupción exprime al Estado.

Además, los nuevos gobernantes tendrán que rendir cuentas ante una sociedad muchos más exigente y crítica tras la expulsión de Mubarak.

En esta nueva etapa histórica, los éxitos de la administración se someterán a una medición directamente ligada a que se logre dar solución a esos problemas. Pero el margen político de Mohamed Morsi y su futuro gabinete es escaso.

Antes y durante las elecciones, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas disolvió el Parlamento y limitó los poderes del presidente, al tiempo que se hizo con el poder legislativo y funciones presupuestarias.

Hoy día, los generales tienen el poder sobre los fondos públicos, explica el profesor de Historia Jalid Fahmi, de El Cairo, así que ahora Morsi depende totalmente de su benevolencia.

Es que el decreto constitucional emitido por los militares es “extraordinariamente precario”, dijo Fahmi al portal de Internet de Al Yazira.

“En el mejor de los casos, conducirá a la parálisis y en el peor, a una grave confrontación e inestabilidad en el país”, sentenció.

El poder de las armas de los militares se enfrentaría entonces al de movilización de los bien organizados Hermanos Musulmanes en las calles del país.

Los islamistas apenas participaron significativamente en las protestas masivas contra Mubarak. Con sus manifestaciones, los revolucionarios de entonces arrancaron concesiones democráticas a los militares, que procedieron una y otra vez en su contra con extrema brutalidad.

El resultado fueron cientos de muertos y al menos 12 mil personas sometidas a procesos dudosos ante tribunales militares. Muchas de ellas fueron a parar a la prisión.

Los Hermanos Musulmanes se mantuvieron en su mayoría alejados de esos sucesos, por lo que los revolucionarios no hablan bien de ellos. Pero al mismo tiempo, muchos de ellos reconocían el potencial de la agrupación cuando se trataba de defender los logros democráticos conseguidos.

En la plaza Tahrir algunos grupos revolucionarios y los Hermanos Musulmanes forjaron recientemente una alianza contra las últimas modificaciones de la Constitución.

El activista Shadi al Ghazali Harb dijo que se trataba de “la última oportunidad” de los Hermanos Musulmanes para mostrar su posición. Pero el éxito de la Primavera Árabe no se mide necesariamente por al éxito de los revolucionarios que echaron al antiguo régimen del poder.

Tras una historia de déspotas y dictaduras militares, Egipto ha elegido por primera vez en elecciones libres a su presidente. Incluso la Iglesia copta, que desconfía de los islamistas y apoyaba al opositor de Morsi, el exmilitar Ahmed Shafiq, habló el domingo de una “victoria de la democracia”.

Para las monarquías autocráticas del mundo árabe todo ello tiene una dimensión intranquilizadora, pues les resulta sospechosa la cercanía al pueblo y el trabajo de base de la organización. Pero incluso el rey Abdullah de Arabia Saudí y otros gobiernos del golfo felicitaron a Morsi con corrección protocolaria. Eso sí, en el centro de sus felicitaciones situaron llamativamente su deseo de estabilidad.

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