UNA MIRADA POR LA VENTANA

Vivir en el fin del mundo

La fuerte ráfaga de un viento helado recibe al visitante con un abrazo de hielo que aturde. Funciona un poco como un anestésico para suavizarle el alcance de las sorpresas que tiene por delante. Sin embargo, el letrero de “Welcome to the Falkland Islands” consigue dar un atisbo.

La primera pista real es el susto que quienes viven fuera de territorios británicos se llevan cuando ven acercarse a toda prisa y, en contravía, a un “loco”. El sobresalto dura lo que se tarda en recordar que no se está en el mismo carril y que en las islas, igual que en Londres, se conduce por la izquierda.

A lo lejos, la Union Jack y la bandera local avisan al viajero que se acerca a Stanley, la capital de las islas.

Los indicios se acumulan y, al alcanzar las primeras casas, se hace evidente que esta es una comunidad británica que no tiene nada del sabor latinoamericano, excepto tal vez porque por la globalización, el supermercado ofrece tacos y tortillas mexicanas “Old El Paso”, junto a las Coca-Colas llevadas desde Gran Bretaña, como casi todo lo demás. Excepción notable es la de los vegetales y frutas (muy escasos), que viajan desde Chile o que se cultivan en la isla bajo el amparo de invernaderos y gracias a la hidroponía y la persistencia de los isleños.

Esta distancia cultural de las islas respecto a Latinoamérica es un rasgo distintivo de la comunidad. Si cambiaran los letreros y en vez de Falklands pusieran un nombre escocés o inglés, un extranjero no podría distinguir dónde es que fue a parar.

Para el grupo de periodistas centroamericanos fue muy evidente, y no quedó sombra de duda al adentrarse en el poblado.

Si bien para ellos fue una sorpresa, para los veteranos argentinos que llegaron en el mismo vuelo constituyó un shock. Algunos volvían a las islas por primera vez en 30 años, y nunca alcanzaron a llegar a Stanley.

El argentino Omar Acosta es un hombretón conversador y desinhibido que desde que se subió al avión en Puerto Cabello (Argentina) se notaba inquieto, ansioso por llegar, honrar a sus camaradas caídos y conocer esa parte de “su tierra”.

Un día después de llegar, habiendo recorrido a pie todo el pequeño pueblo, Acosta ya no estaba exultante, algo consiguió apagar un poco su chispa. Con la voz casi quebrada y haciendo un gran esfuerzo por contener las lágrimas cuajadas en sus enormes ojos verdes, comentó: esto es inglés, no hay nada argentino aquí.

Para más inri, su marcado acento creaba un vacío a su alrededor.

La gente es muy hospitalaria con los visitantes. Pero si hablas español, primero el trato es un poco frío hasta que aclaras que eres costarricense, guatemalteco o panameño. Es decir, que no eres argentino, o el eufemismo más común: “uno de los vecinos ruidosos”.

Cuenta uno de los lugareños que hasta hace un par de años, el ambiente era menos frío. “Son veteranos, perdieron amigos y familiares, tienen todo el derecho de venir a verlos, de buscar un ´cierre´, nadie les quiere cerrar la puerta. Pero hubo un grupo que vino con una pésima actitud, insultando a los falklandeses, faltándoles el respeto. “Eso es intolerable”, explicó Dick Sawle, un asambleísta que en sus tiempos de ocio se hace a la mar en su lanchita, rememorando sus tiempos de pescador.

Sawle explicó que los argentinos pueden viajar cuando gusten. No requieren de visa. La única limitante –explica– es que deben tener su boleto de ida y vuelta y hospedaje garantizado. “Es una comunidad pequeña y las condiciones climáticas son severas”.

Las islas Falkland/Malvinas son un archipiélago compuesto por unas 750 islas, en donde las dos más grandes (East y West Falklands) se ven desde al aire como una mariposa con las alas extendidas. Miden unos 12 mil 700 km2, una superficie mayor que la de Jamaica o Chipre.

3 mil personas de 54 naciones las pueblan. Unas 2 mil 700 viven en Stanley, la capital, el resto en lo que llaman “camp”, en el interior en las extensas fincas en donde se cría ganado ovino, vacuno y caballar.

Hay al menos 200 chilenos, pero la minoría más importante proviene de Santa Elena, otra islita perdida en el Atlántico, territorio británico de ultramar (la misma en que estuvo preso y murió Napoleón). Y sí, también hay argentinos, unas dos decenas, algunos casados con falklandeses, y muy poco visibles. Aunque aparecen en los reportes del censo, el grupo de periodistas no pudo identificar ninguno.

La vida allí es la de un pueblo, sencilla, calmada (la gente solo camina relativamente rápido en la calle más que nada por el acicate del viento frío que cala hasta los huesos). Muy diferente de las ciudades congestionadas por el tránsito vehicular, con gente que va o viene de alguna parte siempre con prisa. El ritmo es de vals, en lugar de merengue.

Todo cierra temprano. Para los panameños, habituados a la vida de 24 horas, resulta casi inconcebible que los negocios cierren a las 4:30 p.m. o 5:00 p.m. Y que el súper solo esté disponible hasta las 8:00 p.m. y los fines de semana a las 6:00 p.m. De hecho, después de esa hora es muy inusual toparse en la calle con algún transeúnte.

Varias noches, después de reuniones que se extendían más allá del ocaso, parte del grupo regresaba al hotel a pie para conocer, estirar las piernas y, francamente, para ocupar el tiempo y no irse a aburrir encerrados. Era como una bandada de pájaros raros que, en lugar de volar, caminaba por el centro de la calle, como pingüinos llenándola de voces y risas, sin temor a pasar un mal rato, excepto quizás por un mal paso y una caída estrepitosa.

La comunidad no teme, duerme tranquila porque el delito es algo meramente anecdótico. Hay 18 policías. Durante la gira, la cárcel solo albergaba tres presos, dos por delitos menores. Solo uno por delito serio cometido en la década de 1970, pero juzgado y condenado hará unos tres años. La gente no asegura las puertas. Incluso, durante la noche, las puertas permanecen sin cerrojo.

Como periodistas, el grupo estaba ansioso de abordar a los colegas de la isla para saber de dónde sacan noticias.

La directora del periódico local, el semanario Penguin News, Sharon Jaffray –la séptima generación de su familia–, explicó que lidian con la escasez de escándalos y delincuencia, dándole una perspectiva local a las noticias internacionales.

Igual ocurre con la Falkland Islands Television y la Falkland radio. Por ejemplo, en la edición del 19 de octubre de 2012, en la tapa del Penguin News aparecían tres noticias locales: La visita de un ejecutivo de una empresa petrolera; el viaje de una delegación isleña a una reunión internacional de turismo y la “grande”, la denuncia de que la policía no estaba haciendo cumplir la norma que prohíbe vender tabaco a los menores de 18 años, todo un escándalo local.

Aunque se trabaja mucho, en general la gente tiene más de un empleo, se dan un tiempito los viernes y sábados para relajarse, reunirse con los amigos y festejar hasta las 11:00 p.m. En Stanley hay unos seis bares que sirven a locales, turistas y a los soldados francos. Los que parecían más concurridos eran el Global Tavern y el Victory bar.

También hay tiempo para el deporte. Tienen una liga de hockey sobre piso que ya ha salido a competir. Y aunque “todavía” no han conseguido ningún campeonato, el director del equipo Marcus Morrison, de 32 años, se declara satisfecho por el papel de embajador que el equipo asume en esas ocasiones.

El amor. Bueno, es un poco difícil encontrar pareja, confió Stacey Bragger – periodista treintañero y soltero de la Falkland radio– en una comunidad en donde todos saben todo de todos. Pero siempre está la posibilidad cuando se sale a estudiar de encontrar una compañera que desee asentarse en su “pedacito del paraíso”.

Para el grupo de periodistas de gira en las islas, la principal sombra, además de la “poca acción”, la puso lo difícil que era acceder a la señal de internet.

El “ancho” de banda es tan estrecho (menos de 1 mega) que resulta casi una contradicción. Un ejemplo, el hotel Waterfront es uno de los hot spot de la isla, pero cuando los nueve periodistas intentaban conectarse era imposible; casi como si nueve malabaristas intentaran caminar en la cuerda floja a la vez. “Es uno de nuestros pendientes”, explicó Jamie Fotheringham, encargado del diseño de políticas de desarrollo. Pero el aislamiento físico hace incosteable la infraestructura necesaria, así que por ahora, hay que conformarse con la limitada capacidad del satélite.

Lección. Un lugareño, que no entendía muy bien las ansias de “vivir conectados”, espetó: el hombre no nace con esos aparatos pegados. Cierto, él vive en las Falklands.

 Versos contra las bombas

Los acordes de la guitarra eléctrica y la batería del concierto anterior recién se habían apagado cuando esta figura menuda, de cabello oscuro muy corto, se acomodó en silencio en una esquina del local sobre una silla y empezó a rasguear su guitarra.

Luego, la dulce voz de Dae Peck llenó el recinto con una potencia que detuvo todas las conversaciones e hizo girar todas las cabezas en esa dirección.

Tras días de hablar con funcionarios y gente común en Stanley tratando de aprehender mejor su realidad, su forma de pensar y sentir, unos pocos versos nos abrieron los ojos. En ellos Peck condensó una historia de casi dos siglos. Es una declaración de vida, presentada al mundo no a gritos, sino con una dulzura matizada por la dureza de sus palabras; presentada con una melodía suave que envuelve una decisión inquebrantable de no cejar en la defensa de lo que saben es “su tierra”.

Dae Peck era una niña hace 30 años cuando los argentinos intentaron “recobrar” las islas.

La experiencia la marcó. Para exorcizar los demonios que vomitaban bombas, escribió esta canción que esa noche compartió con un grupo de periodistas que llegaban intentando desechar los prejuicios para entender su posición.

Puede acceder a la canción completa en prensa.com

Historias de honor grabadas en lápidas

La muerte es la gran igualadora. Todos vamos a morir.

Esa verdad insoslayable, sin embargo, se hace más difícil de aceptar cuando quien muere es apenas promesa.

En las islas, aunque separados por “verdades” que se contradicen, muchas de esas promesas se vieron truncadas por una guerra que también tuvo una vida breve.

Uno de los aspectos más emotivos de la gira a las islas es la visita a los cementerios de los veteranos de ambos bandos.

El omnipresente e implacable viento que barre el archipiélago ulula entre las cruces y las lápidas mientras el visitante entra en la tierra sagrada para honrar a los muertos, aunque no sean suyos. Son los hijos, los padres, hermanos, nietos, sobrinos, primos de alguien.

Los rosarios, las boinas, las flores de plástico y tela que alguien acomodó cuidadosamente dan cuenta de que se les recuerda, se les ama o se les agradece el sacrificio.

En el cementerio que llaman “británico” están los cuerpos de 14 de los soldados que venidos de muy lejos murieron en defensa de aquellos a los que consideraban sus conciudadanos.

El sitio está limpio, bien cuidado, todas las tumbas tienen flores, y varias coronitas con una suerte de amapolas (florecitas rojas con el centro negro) destacan en el monumento principal, que le recuerda al visitante que muchos de los británicos caídos tienen el mar como tumba.

Las lápidas de piedra caliza tienen grabados los nombres, rango y especialidad de los caídos, pero lo más conmovedor es el detalle de las edades. El más joven tenía 19 años y el mayor 42.

En el camposanto “argentino”, las hileras de cruces blancas se yerguen como flores de cemento de cuatro pétalos que, a diferencia de las silvestres, no se doblan bajo el viento. 237 cruces, 237 jóvenes soldados que cruzaron el mar en pos de un sueño nacional: “reunificar” su país. Argentina perdió 649 hombres en la guerra, pero solo estos yacen en los páramos de las islas que ellos llaman Malvinas porque sus parientes creen que ya están en casa. No importa que quien firmara la orden fuera un carnicero, el ideal de los combatientes era puro.

Como en el británico, las fechas de nacimiento grabadas en las lápidas dan cuenta de las vidas jóvenes comprometidas. No obstante, en este caso, lo más sobrecogedor es que 123 de estos hombres no pudieron recuperar aún sus identidades. Una piedra marca su sitio de descanso, con una jaculatoria terriblemente triste: “Soldado argentino, solo conocido por Dios”.

Pero así como hay lápidas que hablan de locura, muerte y desperdicio de vidas segadas por la guerra, otras cuentan historias de heroísmo.

En el cementerio de Stanley, las tumbas hablan de niños y adolescentes arrebatados por la enfermedad en el siglo XIX, así como de matronas y esposas que “serán recordadas por siempre”, así como de distinguidos caballeros, troncos de familias fallecidos a edades avanzadas. Sin embargo, hay otras historias de honor y entrega sin fanfarrias.

En una esquina, casi escondida, hay una lápida que habla de heroísmo y abnegación. Marca la tumba de la enfermera Barbara Marion Chick quien, a los 34 años, murió en el hospital local mientras trataba de rescatar a sus pacientes de entre las llamas. Aquellos que sobrevivieron hicieron una colecta y dejaron constancia de su agradecimiento, rematando con un mensaje contundente: “El dolor no es para siempre; el amor, sí”.

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Rescatistas panameños se encuentran en México, con el objetivo de reforzar las labores de rescate y asistencia humanitaria.
Cortesía/Sinaproc

TRAS SISMO DE 7.1 GRADOS Panamá lidera uno de los equipos de rescate en México

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Así lo dio a conocer el director general del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc), José Donderis, quien detalló el apoyo que está brindando el grupo de socorristas panameños, conformado por 35 especialistas.

El equipo de rescatistas panameños participó este miércoles 20 de septiembre en tareas de rescate en estructura colapsadas en el área de Linda Vista, en la ciudad de México. Allí se localizaron tres cuerpos y este jueves acaban de ser reasignados a dos sectores más, contó Donderis.

 


"Esperamos localizar a personas con vida en las próximas 48 horas, ya las tareas de rescate en superficie terminaron", agregó el funcionario.

Donderis dijo también que se prepara a un segundo equipo USAR (Urban Search And Rescue) Panamá, que fue asignado al área entre las calles de Quéretaro y Medellín. Este equipo va a trabajar en conjunto con los bomberos del estado de Tijuana, detalló el jefe del Sinaproc.

Más de 50 sobrevivientes han sido rescatados de varios sitios de desastre en ciudad de México, desde que el sismo de magnitud 7.1 sacudió la tarde del martes el centro del país, dejando hasta ahora al menos 245 muertos y mil 900 heridos.



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